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En torno al misterio y la voluntad poética |
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I. El Ser deja el Absoluto, se hace hombre, hace a Dios. Nadie hizo al misterio, el misterio siempre estuvo. Y en él, el Ser omnipotente en plena libertad de poiesis. Calma y comunión -indistinción- hasta que en algún momento el instinto poético actuó como por una especie de reflejo lúdico ante el hastío (del mismo modo en que al tomar el fruto prohibido y ofrecérselo a Adán, Eva se enfrentó al eterno aburrimiento edénico). Desde este instante, la voluntad creadora se manifestó indeterminada en dos esferas inseparables: la ética y la estética. A la primera correspondió el carácter decisivo de la voluntad y a la segunda, el aspecto formal de su decisión. Obviamente, la así concebida acción poética trajo como consecuencia la creación, pero también la creencia primigenia. Y es que inicialmente el Ser no era religioso, sencillamente era y no concebía nada externo a él con lo que tuviese que religar. Fue en el instante en que creó, en que separó de sí estéticamente a la realidad; cuando el Ser asumió el abandono de su participación en el Absoluto, asumió un divorcio en esencia inexistente y, al dejar la certidumbre de la comunión, se inició en la experiencia irracional de la fe. En este sentido pareciera revelarse que toda creación es, por naturaleza, religiosa y que toda religión es, necesariamente, poética.
II. El hombre busca a Dios. Al parecer, la creación constituye desde siempre una vía paralela de divorcio y conciliación con el Absoluto. La representación estética se hace manifestación de la pérdida de lo divino y asimismo funciona como vía de contacto con ello; es, a un tiempo, despojo y búsqueda, expropiación y apropiación. Y esta ambición religiosa de la creación resulta evidente en los progresivos intentos por atrapar al misterio original en una forma concreta de reconciliación, finita y humanamente asimilable. Una extraña reminiscencia en el espíritu pareciera indicar que el Absoluto percibido en su forma original, enorme e inaprensible (no desarmable en términos digeribles por la razón) produce un vértigo indescriptible que sólo puede ser nítidamente representado (recreado) por medio de la imagen. Sin duda, eso sugieren los primeros esfuerzos para alcanzar tan ambiciosa meta: la primera gran imagen, madre del verbo, pareciera ser el logos, especie de indecible primera palabra concebida en la Antigüedad como base de la existencia. Tras la concepción de esta especie de primer gran mito fundador, la imagen parece explotarse en función de la representación -separación-persecución- de lo divino de manera progresivamente más concreta. Ya la mitología griega da cuenta de una articulación más detallada de imágenes delimitadas de la divinidad. Es posible que sea el ansia de concretar la representación de lo divino -quizás por una especie de necesidad comunicativa (hombre-Dios) del acto estético- aquello que articula la imagen primitiva hasta convertirla en lenguaje verbal (que, en el mismo sentido, muta desde lo pictográfico hasta convertirse en un sistema abstracto de signos) y dotarla de aparente objetividad. Ciertamente, en primera instancia, la palabra puede inspirar mucha más certidumbre sobre su significado que las imágenes mitológicas. No obstante, la incertidumbre racional que produce la imagen primitiva pareciera estar acompañada por una suerte de certeza irracional; a la imagen solamente puede achacársele imprecisión desde la racionalidad pues en el nivel instintivo-sensitivo, ésta se revela absolutamente nítida. Así pues, luego de haber abandonado a la imagen en su manifestación primera, indecible, el hombre recurre a la palabra en su búsqueda religiosa del orden y elabora una producción lingüística que -sea de índole filosófico, artístico, moral o político, entre otros- pareciera responder a la necesidad primaria de articular al Absoluto en términos humanamente aprensibles y de concebir la existencia en función de tal ordenamiento. Pero, aparentemente, a medida que la persecución poética de lo divino se sirve del lenguaje verbal y hace a un lado a la imagen inenarrable, la posibilidad de un verdadero contacto con la divinidad se hace cada vez más incierta pues la palabra resulta por naturaleza ajena al inefable misterio y, a su vez, no garantiza en absoluto la revelación de lo divino ya que disfrazada con la objetividad de la relación significante-significado, atrae simultáneamente a un conjunto de referentes a la vez que muta cultural y espacialmente. De pronto, intentar atrapar la esencia del Absoluto a través de la palabra parece tan vano como intentar atrapar la belleza de una pintura por medio de su descripción literaria. Sin embargo, el verbo pareciera tener una doble capacidad de cierre y apertura. La primera responde a la concreción de ideas y sufre de falsa objetividad -por las razones anteriormente alegadas-; la segunda está fundada en la imagen como origen de la palabra y, tal como ésta, permite una especie de nitidez instintiva-emocional. En este sentido, la filosofía pareciera aprovecharse de la capacidad de la palabra para cerrar conceptos y sufrir de la indeterminación irremediable que porta como reminiscencia de su origen inenarrable; y la poesía, por su parte, pareciera alimentarse con ese residuo imaginario de la palabra, al borde de la letal determinación. Pero, independientemente de sus ambiciones, filosofía y poesía -así como toda creación verbal- se indiferencian en un destino común, determinado por el lenguaje, por su poder paralelo de cerramiento y apertura. Considerando lo anterior, el problema de la traducción de la experiencia del Absoluto y la imposibilidad de contacto a través de la creación estética, parece obedecer más que a una cualidad ineficiente del lenguaje a la naturaleza ética-estética de cada acción poética.
III. El hombre se hace Dios, el Ser vuelve al Absoluto. Definitivamente, la voluntad poética es indeterminada, parte de la completa libertad. Pero no toda creación, no cualquier decisión (ética) y manifestación (estética) parece ser capaz de revelarle al hombre la presencia de lo divino. De algún modo, únicamente ciertas creaciones trascienden en el tiempo y el espacio como testimonios de un acto poético atinado. El Romanticismo resulta verdaderamente lúcido al respecto y concibe una poesía que en su finitud acoge al Absoluto infinito sin reducción ni pérdida alguna. Esta noción sugiere la recuperación de la esencia imaginaria del lenguaje como único recurso explotable para el verdadero contacto entre el hombre y lo divino. En búsqueda de esta revelación, incluso los discursos filosóficos -siempre reverentes ante la razón- explotan la cualidad imaginaria de la palabra. En casos como el de Joseph George Hammann resulta evidente la evocación de imágenes; pero incluso la escritura de Emmanuel Kant, exaltadora del poder de cierre y aparente objetividad del lenguaje, parece ceñirse al eslabonamiento de signos para asegurar, a través de la composición de una estructura racional clara, el alcance de un estadio de revelación verbalmente imprecisa que surge al momento en que la palabra resulta insuficiente. La esencia imaginaria del lenguaje puede vincularse por extensión con la noción de símbolo de Friedrich Wilhem Joseph Shelling. Lo simbólico dota a la palabra del poder de apertura, le permite contener en la finitud a la forma infinita del Absoluto y propicia así la comunicación hombre-Dios. Así concebido, lo simbólico podría considerarse como expresión directa del ethos de la palabra, y de la representación estética en general, en tanto trasciende los límites de la materia y abre un canal de expresión emocionalmente nítida del Absoluto. En fin, parece ser la experiencia del símbolo, tal como la del ideal de poesía romántica, aquello que revela claramente la presencia de la divinidad, aquello que permite alcanzarla y retornar al sueño Absoluto, donde la diferenciación entre el hombre y Dios acaba, el ruido del mundo se torna silencio y el Ser se revela omnipotente en su estado primigenio de infinita libertad.
___________________________________ Bibliografía HAMMANN, Joseph George: Aesthetica in nuce - Una rapsodia en prosa cabalística en AAVV: Belleza y verdad - Sobre la estética entre la Ilustración y el Romanticismo. Barcelona, Alba Editorial, 1999. KANT, Emmanuel: Crítica de la facultad de juzgar. Caracas, Monte Ávila Editores, 1991. LEZAMA LIMA, José: La dignidad de la poesía en El reino de la imagen. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1981. SHELLING, Friedrich Wilhem Joseph y otros: Fragmentos para una teoría romántica del arte. Madrid, Editorial Tecnos, 1994. |