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En torno a la primera meditación metafísica de Descartes |
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En la primera de las Meditaciones metafísicas, no en vano titulada "De las cosas que se pueden poner en duda", René Descartes desarrolla un planteamiento esencial de su teoría del conocimiento: la implantación de la duda con respecto a todo lo aparentemente conocido como estado inicial de sospecha, desconfianza o escepticismo, necesario para acceder a la verdad. Con vistas en semejante objetivo, que no se refiere sino al punto de partida de un largo viaje, el filósofo francés ofrece luces sobre los aspectos más importantes de un camino que, no menos ambicioso en la consideración de su destino final que en las condiciones exigidas de entrada al caminante, promete conducir indefectiblemente hacia el conocimiento. La necesidad de establecer la duda como principio de la búsqueda cognoscitiva, queda revelada al momento en que Descartes reconoce que muchas de las cosas que ha tenido como verdaderas durante su vida no han sido sino falsas opiniones que, asumidas como premisas ciertas, sólo han logrado multiplicar sus falsas creencias. De allí que el filósofo plantee el cuestionamiento de absolutamente todas y cada una de las cosas asumidas irreflexivamente como ciertas, con el fin de construir así un verdadero conocimiento, una verdadera ciencia, firmemente desde sus basamentos (1). Para alcanzar esa meta, Descartes señala que en lugar de examinar cada una de las creencias personales, es preciso poner directamente en duda los principios básicos de los que éstas dependen. De esta manera, una vez puestos en tela de juicio tales principios a través de la más mínima desconfianza -cosa que equivale a tenerlos por falsos hasta determinar con certeza lo contrario- podrá descartarse automáticamente la veracidad de todas las opiniones que dependan de ellos; y así, como un gran edificio, la construcción de falsas creencias se vendrá abajo, por completo, al instante en que queden destruidos sus cimientos (2). Ahora bien, esta consideración sobre la desconfianza cognoscitiva no es, de ninguna manera, un elemento filosófico aisladamente introducido por Descartes en las Meditaciones metafísicas. En dos obras anteriores ya la duda se presenta de manera más o menos evidente como exigencia al pretendiente de la verdad. Por una parte, en las Reglas para la dirección del espíritu, figura como enunciado de la segunda norma el hecho de que "Debemos ocuparnos únicamente de aquellos objetos que nuestro espíritu parece conocer de un modo cierto e indudable", esto es, que ha de desecharse, en tanto conocimiento legítimo, todo hecho que despierte la más mínima duda (3). Así también, por otra parte, la duda se entiende como único principio posible del camino hacia el conocimiento en el Discurso del método, al momento en que se observa como primer precepto metodológico el "no recibir jamás ninguna cosa como verdadera que yo no la conociese como tal" (4). Esta postura queda finalmente reiterada en Los principios de la filosofía, posterior a Meditaciones metafísicas, cuyos dos primeros enunciados establecen que "Quien busca la verdad debe dudar, en lo posible una vez en su vida de todas las cosas", y que "También se deben tener las cosas dudosas por falsas" (5). Por lo visto, la duda que se implanta en la primera de las Meditaciones metafísicas como punto de partida en la búsqueda de la verdad constituye un aspecto característico de la filosofía cartesiana y, más específicamente, un elemento determinante de una particular visión epistemológica. Pero, ¿qué clase de visión es ésta? O bien: ¿qué necesidad hay de llamar tan urgentemente a la adopción de una postura de desconfianza para tomar el camino hacia la verdad? ¿Cuán engañosas pueden ser las falsas creencias que menciona Descartes?, y, en último término, ¿cómo se fundan tales creencias falsas?, ¿qué tan propenso está el ser humano a caer en ellas? Definitivamente, sólo aclarando estas preguntas es posible determinar cómo combatir la falsedad y cómo emprender lúcidamente la marcha hacia la verdad. Precisamente con este objeto, Descartes toca lo referente al origen de las falsas creencias en la primera de las Meditaciones metafísicas. En este sentido, el filósofo no titubea al momento de responsabilizar a los órganos sensoriales de la confusión entre lo verdadero y lo falso. Sostiene, de hecho, que todos los conocimientos que ha juzgado indudables durante su vida le han sido proporcionados por los sentidos, pero que en realidad tales órganos no siempre le han suministrado datos ciertos, de manera que no deben admitirse como fuentes confiables de la verdad sino, muy por el contrario, como fuentes del error (6). Para argumentar este planteamiento, Descartes establece un vínculo entre la experiencia sensorial y la experiencia del sueño: así como mientras duerme, el ser humano juzga sus aventuras oníricas como absolutamente reales, sin dejar lugar alguno para la duda, igualmente podría ocurrir que durante la vigilia, aquello que se admite como verdadero no sea más que una ilusión altamente engañosa, aparentemente incuestionable (7). Más adelante, en la sexta de las Meditaciones metafísicas, Descartes explica cómo originalmente se había servido de los sentidos en la búsqueda de la verdad y cómo, progresivamente, éstos habían ido desprestigiándose como caminos hacia esta meta. Seguidamente, el filósofo desarrolla las razones por las cuales se habían ido desvirtuando los órganos sensoriales como fuentes del conocimiento a lo largo de su vida, aludiendo fundamentalmente a tres argumentos básicos. En primer lugar, la existencia de ilusiones perceptivas, entre las que se mencionan no sólo las referidas a los sentidos externos (como la visión), sino también las referidas a los internos (como el dolor); en segundo lugar, la ya mencionada indistinción entre los estados de sueño y de vigilia, que produce la confusión entre lo que se siente estando despierto y lo que se siente estando dormido; y, en tercer y último lugar, la posibilidad de considerar que el ser humano por naturaleza esté siempre predispuesto al error en la búsqueda de la verdad (8). Así como la consideración de la duda en tanto fase inicial de la búsqueda de la verdad, esta desconfianza hacia los sentidos es un aspecto recurrente y esencial en la teoría del conocimiento de Descartes, no sólo presente en las Meditaciones metafísicas. Ya en las Reglas para la dirección del espíritu, se supedita abiertamente la facultad sensorial a aquella del entendimiento en tanto vía segura hacia la verdad (9). Luego, en el Discurso del método se plantea, como medida metodológica imprescindible para alcanzar al conocimiento, el obviar en la medida de lo posible las experiencias sensoriales; cabe mencionar que aquí se explica que única y exclusivamente cuando se ha alcanzado cierto grado de conocimiento, cuando se tiene ya un basamento seguro, tales experiencias pueden ser eficazmente tomadas en consideración en la búsqueda de la verdad (10). Finalmente, Los principios de la filosofía reiteran en líneas generales los argumentos anteriormente presentados en las Meditaciones metafísicas, dando cuenta a través del cuarto precepto de "Por qué podemos dudar de las cosas sensibles" (11). Queda claro, pues, que para Descartes los sentidos no son de ningún modo proveedores de información certera sino que, más bien, figuran como principales responsables de la admisión de lo falso por verdadero y de la proliferación de las falsas creencias entre los hombres. Teniendo esto en consideración, parece inevitable preguntar: ¿Si no es de los sentidos, de qué facultad humana va a asirse Descartes en su ambiciosa empresa de búsqueda de la verdad? ¿Cuáles son, en última instancia, los criterios de verdad considerados en esta peculiar postura epistemológica? Si bien, Descartes no va a tocar este asunto en la primera de las Meditaciones metafísicas, vale la pena reflexionar brevemente sobre él, ya que podría terminar de esclarecer algunos aspectos que sí conciernen a dicha meditación. En su legado filosófico, no casualmente etiquetado de racionalista, Descartes muestra sistemáticamente una profunda fe en la razón, el entendimiento o el denominado buen sentido, como facultad que permite distinguir lo verdadero de lo falso y que, en último término, promete ser una vía confiable hacia el conocimiento; los criterios cartesianos de verdad -claridad y distinción- se refieren sin excepción a esta facultad humana. Así, por ejemplo, en las Reglas para la dirección del espíritu se afirma que sólo hay dos maneras confiables de alcanzar el conocimiento, estas son dos acciones del entendimiento: la intuición y la deducción; la primera se refiere a un concepto que se presenta a la razón fácil y distintamente, de manera totalmente incuestionable; la segunda, a toda consecuencia necesaria de lo ya conocido con certeza (12). En el Discurso del método se establece que el buen sentido o razón representa el poder humano de distinguir lo verdadero de lo falso y se plantea, explícitamente, que los criterios de verdad no son sino la claridad y la distinción (13). También en la cuarta de las Meditaciones metafísicas se tocan estas nociones como criterios de verdad (14). Para finalizar, en Los principios de la filosofía, Descartes reitera todo lo anterior al considerar que "Nunca nos equivocamos cuando asentimos sólo a lo percibido clara y distintamente" (15). Es precisamente esta fe en la razón aquello que explica que en la primera de las Meditaciones metafísicas, aun cuando se proponga poner en duda todo aquello que se da por conocido y los sentidos sean tildados de engañosos, jamás llega a cuestionarse la existencia de una verdad subyacente a las ilusiones o falsas creencias. Y es que, plantea Descartes, así como las imágenes de un sueño o las que presenta un pintor en su lienzo, aquello que se figura el hombre durante la vigilia y acerca de la realidad, debe tener en el fondo algún referente verdadero (16). Tal esencia verdadera no se encuentra en las cosas que Descartes denomina generales, como los cuerpos circunstancialmente observados, pues éstos pudieran perfectamente ser imaginarios, sino en otras, simples y universales (17). Estas cosas simples y universales, son aquellas que indefectiblemente se perciben como verdaderas tanto en el sueño como en la vigilia, así como en cualquier situación; son las cosas, pues, que constituyen el objeto de estudio de las matemáticas: la aritmética y la geometría (18). Esta confianza en la existencia de la verdad, así como en la posibilidad de alcanzar el conocimiento a través de la razón, está fundamentada cartesianamente en la existencia de Dios. Precisamente en la primera de las Meditaciones metafísicas, aunque sin darlo por sentado, se prevé la posibilidad de que Dios sea omnipotente y soberanamente bondadoso, con la capacidad y disposición de evitar que el ser humano sea presa del error en la búsqueda de la verdad (19). Esta idea de la existencia de Dios como garantía del conocimiento se desarrolla más a fondo en la cuarta de estas meditaciones, en la que se expone que la tendencia humana a errar tiene su razón última en una participación por parte de lo humano en la nada y de ninguna manera en lo divino (20). Todo este planteamiento también se encuentra desarrollado en la cuarta parte del Discurso del método; donde se entiende a Dios como perfección y se aclara que la falsedad, en tanto falta de perfección, no puede de ninguna manera acreditarse a lo divino (21); así como en Los principios de la filosofía, cuyos enunciados XXIX y XXXI establecen respectivamente que "Dios no es causa de errores" y que "Nuestros errores, con respecto a Dios, sólo son negaciones..." (22). Así pues, se justifica la postura que adopta Descartes definitivamente, una vez desarrollada en profundidad su teoría del conocimiento. La figura de Dios, por un lado, muy lejana a la de un ser concebido en términos tradicionalmente religiosos, representa la garantía de la verdad. El acceso al conocimiento, por otro lado, sólo es posible por medio de la facultad racional del ser humano, capaz de detectar la verdad clara y distintamente, a través de la intuición y la deducción. Y en estas condiciones, absolutamente seguro de la existencia de Dios y del poder de su entendimiento, el filósofo encuentra sentido a encaminarse hacia la verdad; se trata, sin duda, de una empresa ambiciosa, pero realizable. No obstante, de entrada, el ser humano no puede tener certeza de la existencia de Dios, no según la duda radical que Descartes propone asumir con respecto a todo -las pruebas sobre la existencia de Dios sólo se exponen, de hecho, en la tercera de las Meditaciones metafísicas-. Debido a esto, en la primera de estas reflexiones, el filósofo se ve obligado a abstenerse de poner su confianza en este ser en tanto garantía de la verdad y del alcance del conocimiento; ha de suponerse, obligatoriamente, que no existe tal cosa como un Dios perfecto y bondadoso que haya creado al ser humano con la posibilidad natural de avanzar en el camino del conocer (23). En contraste a esto, y para defender la duda como estado inicial en la búsqueda de la verdad, Descartes propone asumir más bien la existencia de un Dios engañoso, una especie de genio maligno, frente al cual el ser humano debe proceder con especial desconfianza (24). Definitivamente, a través de la primera de las Meditaciones metafísicas, Descartes propone seguir un camino difícil en la búsqueda de la verdad, un camino que sólo puede partir de la absoluta incertidumbre, del cuestionamiento de cualquier cosa tenida por cierta. El filósofo invita a una suerte de viaje en el que, en principio, el caminante no puede poner su destino en manos de Dios; al arrebatar el sustento divino y sustituirlo por la duda, Descartes arrebata en última instancia la certeza de alcanzar el destino final, la garantía del conocimiento; en lugar de un Dios todopoderoso y lleno de bondad, nos ofrece la imagen de un genio maligno, entregado a engañar al hombre. Duro, casi inconcebible, pero es el único camino posible hacia la verdad: "…Pues estoy seguro, con todo, de que no puede haber peligro ni error en este camino y de que no será nunca excesiva la desconfianza que hoy demuestro…" (25). ___________________________________ (1) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 13 y 17; OZ, 216 y 220-221. Descartes comienza la "Primera meditación" explicando: "Hace ya algún tiempo que me he dado cuenta de que desde mis primeros años había admitido como verdaderas una cantidad de opiniones falsas y que lo que después había fundado sobre principios tan poco seguros no podía ser sino muy dudoso e incierto, de modo que me era preciso intentar seriamente, una vez en mi vida, deshacerme de todas las opiniones que hasta entonces había creído y empezar enteramente de nuevo desde los fundamentos si quería establecer algo firme y constante en las ciencias…". En el mismo sentido, plantea más adelante: "…me veo obligado a reconocer que de todas las opiniones que en otro tiempo había creído verdaderas, ni siquiera una de las que no pueda ahora dudar, no por inflexión o ligereza alguna, sino por razones muy fuertes y maduramente consideradas: de modo que es necesario que detenga y suspenda desde ahora mi juicio sobre esos pensamientos y que no les presente más crédito que el que prestaría a cosas que me parecieran evidentemente falsas, si deseo encontrar algo permanente y seguro en las ciencias." (2) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 13-14; OZ, 216-217. En dicha meditación se aclara: "…Pero no será necesario para cumplir este propósito probar que todas ellas [mis antiguas opiniones] son falsas, cosa que quizás jamás lograra llevar a cabo; pero -puesto que la razón me convence de que a las cosas que no son enteramente ciertas e indudables debo negarles crédito con tanto cuidado como aquellas que parecen manifiestamente falsas- bastará el menor motivo de duda que yo encuentre para hacer que las rechace a todas. Y para esto no es necesario que examine a cada una [de mis antiguas opiniones] en particular, lo que sería un trabajo infinito; pero ya que la destrucción de los fundamentos necesariamente arrastra consigo todo el resto del edificio, atacaré, por lo pronto, los principios sobre los cuales se apoyaban mis antiguas opiniones." (3) Véase Descartes, René: "Regla II" en Reglas para la dirección del espíritu, 1628. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, X, 37; OZ, 362. En tal regla se explica: "…por el título de esta regla, rechazamos todos los conocimientos sólo probables y establecemos que no se debe creer sino en los perfectamente conocidos y respecto de los cuales no se puede dudar…" (4) Véase Descartes, René: "Cuarta parte" en Discurso del método, 1637. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, V, 18; OZ, 149. Allí se plantea: "…no recibir jamás ninguna cosa como verdadera que yo no la conociese como tal: es decir, […] evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención; y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentara a mi espíritu tan clara y tan distintamente que no tuviese ninguna ocasión de ponerlo en duda." (5) Véase Descartes, René: "Primera Parte" Los principios de la filosofía, 1644. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, VIII, A, 37; OZ, 362. En el primer principio se establece: "...estamos apartados del conocimiento de la verdad por numerosas prejuicios, de los que, según parece, sólo podemos librarnos empeñándonos en dudar, una vez en la vida, de todas las cosas en que encontremos hasta la menor sospecha de incertidumbre." Sobre el segundo principio: "Más aun, también será útil tener por falsas aquellas cosas de que vamos a dudar para hallar con mayor claridad lo que es más cierto y fácil de conocer." (6) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 14; OZ, 217. Sobre lo dicho, el filósofo afirma: "Todo lo que he admitido hasta ahora como más verdadero y seguro lo he tomado de los sentidos o por los sentidos; pero he experimentado a veces que esos sentidos eran engañosos y es propio de la prudencia no confiar jamás enteramente en los que nos han engañado una vez." (7) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 14-15; OZ, 217-218. El filósofo establece: "…tengo que considerar aquí que soy hombre y, por consiguiente, que suelo dormir y representarme en sueños cosas iguales o a veces menos verosímiles que estos insensatos [cuyo cerebro está turbado y ofuscado por los negros vapores de la bilis] cuando están despiertos. […] Y deteniéndome en este pensamiento, veo tan manifiestamente que no existen indicios concluyentes ni señales lo bastante ciertas por medio de las cuales pueda distinguir con nitidez la vigilia del sueño, que me siento realmente asombrado; y mi asombro es tal que casi llega a convencerme de que duermo." (8) Véase Descartes, René: "Sexta meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 60-61; OZ, 275. Allí, Descartes afirma: "…muchas experiencias arruinaron poco a poco el crédito que había concedido a los sentidos" y luego observa detalladamente tales experiencias. En primer lugar, sobre las ilusiones perceptivas: "…a menudo había observado que las torres que de lejos me parecían redondas, de cerca me parecían cuadradas, y que estatuas colosales, elevadas sobre los puntos más altos de esas torres, parecían pequeñas al verlas desde abajo; y así, en una infinidad de ocasiones, he encontrado erróneos los juicios fundados sobre los sentidos externos, y no solamente sobre los sentidos externos, sino aun sobre los internos: pues ¿hay acaso nada más íntimo o interior que el dolor? Y, sin embargo, he sabido alguna vez por algunas personas que tenían los brazos y las piernas cortados que les parecía a veces sentir aún dolor en la parte que les había sido cortada…". En segundo lugar, sobre la indistinción entre vigilia y sueño: "…todo lo que siempre he creído sentir despierto he creído también que lo he sentido alguna vez estando dormido, y como no creo que las cosas que me parece que siento cuando duermo provienen de algunos objetos fuera de mí, no veía por qué debía dar crédito a las que me parece que siento estando despierto…" Y en tercer y último lugar, sobre la posible predisposición humana al error: "…no conociendo aún, o mejor, imaginando no conocer el autor de mi ser, no veía nada que pudiese impedir que hubiese sido hecho por la naturaleza de modo tal que me equivocase, incluso en las cosas que me parecieran más verdaderas." (9) Véase Descartes, René: "Regla X" en Reglas para la dirección del espíritu, 1628. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, X, 411; OZ, 79-80. En dicha regla se observa: "…En nosotros sólo existen cuatro facultades del conocer: el entendimiento, la imaginación, los sentidos y la memoria. Sólo el entendimiento puede percibir la verdad…" (10) Véase Descartes, René: "Cuarta parte" en Discurso del método, 1637. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, V, 63; OZ, 185. En esa parte, Descartes expone: "…observé, en lo referente a las experiencias, que son tanto más necesarias cuanto más se ha adelantado en el conocimiento, pues al comienzo es mejor no valerse sino de las que se presentan por sí mismas a nuestros sentidos y que no podemos ignorar, por poco que reflexionemos en ellas, que buscar más raras y abstrusas: la razón de esto es que esas más raras a menudo engañan cuando no se conocen todavía las causas de las más comunes y que las circunstancias de que dependen son casi siempre tan particulares y tan pequeñas que es muy difícil notarlas…" (11) Véase Descartes, René: "Primera Parte" Los principios de la filosofía, 1644. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, VIII, A, 6; OZ, 313-314. En el cuarto de estos principios se considera: "…mientras sólo nos dedicamos a buscar la verdad, dudaremos, en primer lugar, de que existan algunas cosas sensibles o imaginables: primero, porque hemos advertido que los sentidos a veces yerran y es prudente no confiar nunca demasiado en los que alguna vez nos engañaron; después, porque todos los días, en sueños, nos parecen sentir o imaginar innumerables cosas que no existen en ninguna parte; y al que así duda no se le presenta ningún signo por el que pueda distinguir con certeza el sueño de la vigilia." (12) Véase Descartes, René: "Regla III" y "Regla XII" en Reglas para la dirección del espíritu, 1628. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, X, 368-370 y 425; OZ, 42-44 y 92. En la "Regla III" se expone: "…vamos a enumerar aquí todos los actos de nuestro entendimiento por los cuales podemos llegar al conocimiento de las cosas, sin temor de errar; no admitimos más que dos, a saber: la intuición y la deducción. / Entiendo por intuición […] un concepto que forma la inteligencia pura y atenta sin ninguna duda y que nace sólo de la luz de la razón […] Así, cada cual puede ver por intuición, que existe, que piensa, que el triángulo está limitado sólo por tres lados, la esfera por una sola superficie, y otros hechos semejantes... / Por deducción entendemos todo lo que es consecuencia necesaria a partir de otras cosas conocidas por certeza… / Y estas son las vías más seguras que llevan a la ciencia, y el espíritu no debe admitir ninguna otra, sino que se debe rechazar a todas las demás como sospechosas y sujetas al error…" En la "Regla XII" se reafirma: "…no hay otra vía abierta a los hombres para llegar al conocimiento cierto de la verdad que la intuición evidente y la deducción necesaria..." (13) Véase Descartes, René: "Primera parte" y "Cuarta parte" en Discurso del método, 1637. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, V, 2 y 33; OZ, 135-136 y 161. En la "Primera parte" se expone: "El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo […] en lo que no es verosímil que todos se equivoquen; sino que más bien esto atestigua el poder de juzgar bien y distinguir lo verdadero de lo falso, que es probablemente lo que se llama buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y así que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que los otros, sino sólo de que conducimos nuestros pensamientos por diversos caminos y no consideramos las mismas cosas." En la "Cuarta parte" se dice, en el mismo sentido: "…Y habiendo notado que en todo esto: pienso, luego soy, no hay nada que me asegure que digo la verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es necesario ser, juzgué que podía tomar como regla general que las cosas que concebimos muy clara y muy distintamente son todas verdaderas, pero que sólo hay alguna dificultad en notar bien cuáles son las que concebimos distintamente." (14) Véase Descartes, René: "Cuarta meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 49-50; OZ, 261. Descartes afirma: "…no pueden existir otras [causas del error] que las que he explicado, pues siempre que contengo mi voluntad en los límites de mi conocimiento, de tal modo que no forma ningún juicio sino de las cosas que le son clara y distintamente representadas por el entendimiento, no puede ser que me engañe; porque toda representación clara y distinta es sin duda algo real y positivo..." (15) Véase Descartes, René: "Primera Parte" Los principios de la filosofía, 1644. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, VIII, A, 21-22; OZ, 329-330. En el enunciado XLIII se expone: "…es cierto que nunca admitiremos nada falso como verdadero si tan sólo prestamos asentimiento a lo que percibimos clara y distintamente…" Luego, en el enunciado XVI se explica "Qué es percepción clara, qué es percepción distinta" de la siguiente forma: "…Llamo clara a aquella [percepción] que está presente y manifiesta a la mente atenta: como decimos que vemos claramente las cosas que, presentes al ojo que las mira, lo impresionan con bastante fuerza y claridad. En cambio llamo distinta a la que siendo clara está tan separada y recortada de todas las demás que no contiene en sí absolutamente más que lo que es claro." (16) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 15; OZ, 218-219. Allí se plantea: "…es preciso por lo menos reconocer que las cosas que se nos representan en el sueño son como cuadros y pinturas que no pueden estar formados sino a semejanza de algo real y verdadero […] …en verdad, aun cuando los pintores se aplican con el mayor artificio a representar sirenas y sátiros mediante formas raras y extraordinarias, no les pueden atribuir, sin embargo, formas y naturalezas enteramente nuevas, sino que lo que hacen es solamente cierta mezcla y composición de miembros de diversos animales; o bien si su imaginación es quizá suficientemente extravagante para inventar algo tan nuevo que jamás podamos haber visto nada semejante, y que así su obra represente para nosotros algo puramente imaginado y absolutamente falso, por lo menos los colores, con que los componen, deben ser, sin duda, verdaderos." (17) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 15; OZ, 219. En dicha meditación se considera: "…aunque estas cosas generales, es decir, un cuerpo, los ojos, una cabeza, manos y otras por el estilo, puedan ser imaginarias, es preciso reconocer que hay cosas más simples y más universales, que son verdaderas y existentes, de cuya mezcla, ni más ni menos que de la mezcla de algunos colores verdaderos, están formadas todas estas imágenes de las cosas que residen en nuestro pensamiento, ya verdaderas y reales, ya imaginadas y fantásticas…" (18) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 16; OZ, 219. Descartes apunta: "…la aritmética, la geometría y las demás ciencias de esta naturaleza, que no tratan sino de cosas muy simples y muy generales, sin preocuparse demasiado si se encuentran en la naturaleza, o no, contienen algo de cierto e indudable. Pues aunque esté despierto o duerma, dos y tres juntos formarán siempre el número cinco, y el cuadrado jamás tendrá más de cuatro lados; y no parece que verdades tan claras puedan ser sospechosas de falsedad o incertidumbre alguna." (19) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 16; OZ, 220. En este sentido se afirma: "…quizá Dios no ha querido que fuese engañado de esta manera [por los sentidos], pues es soberanamente bueno…" (20) Véase Descartes, René: "Cuarta meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 43; OZ, 253. Allí, el filósofo plantea: "…experimento en mí mismo cierta facultad de juzgar, que sin duda he recibido de Dios, igual que todo lo demás que poseo; y como él no podría querer engañarme, es seguro que me la ha dado de modo que jamás pueda errar mientras la use como es debido […] la experiencia me hace conocer que estoy, sin embargo, sujeto a una infinidad de errores, de los cuales observo, al buscar más de cerca su causa, que no sólo se presenta a mi pensamiento una idea real y positiva de Dios, o bien de un ser soberanamente perfecto, sino también, por así decirlo, cierta idea negativa de la nada, es decir de lo que está infinitamente alejado de toda clase de perfección; y que soy como un medio entre Dios y la nada, es decir, que estoy situado de tal modo entre el ser soberano y el no ser, que no se encuentra, en verdad, nada en mí que me pueda conducir al error, en tanto me ha producido un ser soberano; pero que, si me considero como participando en cierto modo de la nada o del no ser, es decir, en tanto que no soy yo mismo el ser soberano, me encuentro expuesto a una infinidad de fallas, de modo que no debo sorprenderme si me engaño." También se plantea que: Así conozco que el error, en cuanto tal, no es algo real que depende de Dios, sino que es solamente un defecto y, por consiguiente, que no tengo necesidad para engañarme de alguna facultad que me haya sido dada por Dios particularmente para este defecto, sino que sucede que me engaño porque la facultad que Dios me ha dado para discernir lo verdadero de lo falso no es en mí infinita." (21) Véase Descartes, René: "Cuarta parte" en Discurso del método, 1637. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, V, 38-39; OZ, 164-165. Descartes plantea en esta parte: "…esto mismo que antes he tomado como una regla, a saber, que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas, sólo es segura porque Dios es o existe y que es un ser perfecto y que todo lo que está en nosotros procede de él. […] si con bastante frecuencia tenemos algunas ideas que encierren falsedad esto sólo puede ocurrirle a las que tienen algo confuso y oscuro, porque en esto participan de la nada, es decir, que en nosotros no son así confusas, sino porque no somos enteramente perfectos. […] es evidente que no repugna menos admitir que la falsedad o imperfección proceda de Dios en cuanto tal que admitir que la verdad o la perfección procede de la nada. […] si no supiéramos que todo lo que en nosotros es real y verdadero proviene de un ser perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas no tendríamos ninguna razón que nos asegurara que tienen la perfección de ser verdaderas." (22) Véase Descartes, René: "Primera Parte" Los principios de la filosofía, 1644. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, VIII, A, 16 y 17; OZ, 324 y 325. El principio XXIX, plantea que: "Dios no es causa de errores", reza así: "El primer atributo de Dios que aquí se presenta a la consideración consiste en que es sumamente veraz y fuente de toda luz; de tal modo que repugna en absoluto que nos engañe o que sea propia y positivamente causa de los errores a los que estamos sujetos…". El principio XXXI, que: "Nuestros errores, con respecto a Dios, sólo son negaciones…", observa: "…como a menudo sucede que nos engañemos aunque Dios no sea engañoso, es necesario advertir, para investigar el origen y la causa de nuestros errores y aprender a precavernos de nosotros mismos, que aquéllos […] no tienen necesidad del concurso real de Dios para ser producidos, sino que, cuando se relacionan con este último, son sólo negaciones…" (23) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 16; OZ, 219-220. Allí, el filósofo plantea: "…¿quién me podría asegurar que este Dios no ha hecho que exista tierra ninguna, ningún cielo, ningún cuerpo extenso, ninguna figura, ninguna magnitud, ningún lugar y que, sin embargo, yo tenga las sensaciones de todas estas cosas y que todo esto no me parezca existir sino como lo veo? E, igualmente, como a veces juzgo que los demás se equivocan, incluso en las cosas que piensan saber con mayor certidumbre, puede ser que él haya querido que yo me equivoque siempre que hago la suma de dos y tres, o que cuento los lados de un cuadrado, o que juzgo hacerla de algo aun más fácil, si es que se puede imaginar algo más fácil que esto." (24) Véase Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 17-18; OZ, 221-222. En tal meditación, el filósofo sostiene: "Supondré, pues, que existe, no por cierto un verdadero Dios, que es la soberana fuente de verdad, sino cierto genio maligno, tan astuto y engañador como poderoso, que ha empleado toda su habilidad en engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las cosas exteriores que vemos no son sino ilusiones y los engaños de los que se sirve para sorprender mi credulidad. […] Por esto cuidaré escrupulosamente de no dar crédito a ninguna falsedad y prepararé tan bien mi espíritu para todos los ardides de este gran engañador que, por poderoso y astuto que sea, jamás podrá imponerme nada." (25) Descartes, René: "Primera meditación" en Meditaciones metafísicas, 1641. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. AT, IX, 17; OZ, 221. ___________________________________ Descartes, René. Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Charcas, 1980. (Traducción de Ezequiel de Olazo y Tomás Zwanck). |