<%@LANGUAGE="VBSCRIPT" CODEPAGE="1252"%> No hay nada sino ella
 
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No hay nada sino ella

No hay nada sino ella y una calle y yo que la miramos. No hay sino su caminar; su hambre; sus ojos cansados y nuevos; su piel llena de secretos lunares; y unos labios entreabiertos que me devoran sin saber siquiera que existo. Quietos, el asfalto y yo sentimos hasta el fondo cada uno de sus pasos, intranquilos e irremediables; sufrimos como nadie, porque no hay más nadie, el color de su mirada, de su derrota y su victoria, de la odiosa vestimenta que la cubre y nos la niega desnuda. Nos basta ella, ella que no puede dejar de ser ella.

Los últimos años no la han tratado del todo bien pero esto no ha de convertirse en causa de nuestra compasión, todo lo contrario. Lo sucedido ha sucedido a voluntad de ella, porque nuestra protagonista no es pasiva y ha destituido al clásico y sólo aparentemente todopoderoso Autor-Dios. Por eso en el fondo, el pavimento y yo sólo podemos sentirnos orgullosos de su dura pelea; después de todo no son comunes los seres que se atreven a lanzarse al vacío para hacerse a la medida de sus propias necesidades literarias. La libertad aterra, no hay duda, y desterrar al Autor-Dios no es más que un salto al vacío.

Y cada tarde la noto más hermosa, cada pelea me la revela más hermosa, más rebelde y lejana a los destinos preconstruidos por un autor popular, alabado ciegamente por el mundo, por el mediocre o exhausto o cobarde mundo que ya no quiere saber más de autoreflexión y autocrítica y posibilidad infinita de cambio pues el infinito no puede pensarse, produce dolor de cabeza y vértigo, sensaciones en fin tan incómodas...

El pavimento calla porque sabe que en este instante yo me muevo hacia ella, no frontal sino lateralmente, para llevar a cabo el ansiado ritual. Camino naturalmente dejando caer mis brazos y con un ligero e instantáneo giro de mi muñeca toco casi casualmente su mano por menos de un segundo, durante la eternidad, la blanca mano que se suma a la continuación del movimiento de un cuerpo que me ignora por completo; hacia delante, siempre hacia delante.

Y es pura y perfecta y no importa cuanto trate de ensuciarse nada puede tocarla. Ni el humo de la atmósfera ni el pobre Autor-Dios destronado que soy podemos tocarla a ella que por el contrario lo toca todo sin proponérselo, lo crea y lo destruye todo con su rojo corazón y con cada paso acaba el orden del mundo para establecer otro, nuevo, infinitamente más hermoso. Y bastan ella y su lúcido andar para salvar al mundo y salvarme a mí, pues la belleza es Dios.