<%@LANGUAGE="VBSCRIPT" CODEPAGE="1252"%> El pianista
 
menú principal
literatura
 

 

El pianista

I. Pellegrini, el Maestro

Pellegrini me animó a asistir a las audiciones de la orquesta, cuando ésta apenas se formaba. Yo sabía que era bueno, había practicado más de diez horas diarias durante el último año, sin embargo, no imaginaba mi nombre figurando entre los integrantes de la Filarmónica Londinense.

Al entrar al pequeño cuarto jamás pensé que podría luego salir algo turbado y poder decirle a mi querido Blüthner lo que había logrado. Cuando entré al viejo apartamento de Pellegrini, que me había adoptado como a su propio hijo, lo encontré como dormido en el diván con unas partituras en su pecho.

Pero sabía que no dormía, porque no roncaba.

 

Ya en noviembre se cumplía un mes de ese día, el mejor y peor día de mi vida. Sin Pellegrini, había demasiado silencio en la pieza que de por sí ya era oscura y melancólica. Hasta Blüthner, mi piano, lloraba. Durante los días y las noches yo tocaba incesantemente el maravilloso Clair de Lune de Beethoven para evitar escuchar el desesperante silencio. No podía dormir ni comer, ni estar muerto.

 

Sin embargo llegó un momento en que tocaba las teclas del piano y ya no estaban colocadas allí las notas que yo buscaba, me preguntaba qué trataba de hacer Blüthner. -¿Qué demonios?- gritaba con rabia, me paraba, pateaba el baúl de mis partituras y volvía a sentarme en el banco. Intentaba de nuevo, pero las escalas estaban desordenadas, algunos bemoles en las teclas blancas. -¿Qué demonios, qué demonios quieres Blüthner? ¿Estás cansado, maldita sea?- enfurecido tomé mi sobretodo y salí de la habitación.

 

Agitado bajé las escaleras de caracol como bajando a otro estado de conciencia. Habían pasado casi cuatro semanas desde la última vez que vi gente, cosas vivas. A mí me costaba pensar que en el estado en que me encontraba entonces pudiese pasar desapercibido por las calles. Me encontraba sucio, muy cansado y acabado. De seguro aparentaba mucha más edad de la que en realidad tenía. Caminé un rato por Evelyn Road hasta que me crucé a una joven cuya imagen me impactó, puesto que era ella la cosa más viva de todas las que había visto.

No era la primera vez que la veía, al menos tenía la impresión de haberlo hecho antes en algún lugar. Ella llevaba una boina roja en la cabeza que apenas dejaba ver unos mechones de cabello oscuro. Mientras caminaba distraída, iba leyendo una partitura. La leía concentrada como en un libro de suspenso, con la más apasionada atención. No pude evitar seguirla. La hubiera podido seguir a un metro de distancia y ella no lo hubiera notado, estaba entregada a su lectura. Esta chica tenía la música en su cabeza, como Beethoven. Y ella... era aún mejor que la música.

La seguí un buen rato pero la perdí de vista. Caminé un trecho más hasta detenerme frente a la mansión de los Fitzgerald, honorable y adinerada familia de Londres. En esta época del año todos los conocidos de los Fitzgerald y sobretodo los más triviales como los amigos de los amigos de los amigos de la familia, se volvían de pronto muy simpáticos y educados a fuerza del interés que les producía la fiesta anual de disfraces que ellos organizaban. Todos los invitados se convertían luego en gente distinguida y honorable mientras que los no-invitados se resignaban a renunciar a la elegante vida burguesa. Sin embargo esas celebraciones me tenían sin cuidado, aunque sabía que como miembro de la Filarmónica era posible que me invitaran y entonces sí podría realizarme en el único interés que yo tenía en ellos: su hija.

 

Todo empezó una tarde de hace tres o cuatro meses en que bajaba por Grove Street que corta con Evelyn Road y me detuve unos metros antes de llegar a la esquina. Era una música como ninguna otra que hubiese oído. Era algo de Chopin pero tocado de una manera especial. No sabía quién tocaba pero aquello salía de la enorme mansión. Luego volví otras tardes, y a veces tenía la dicha de coincidir con la música.

Un día confesé a Pellegrini lo que había estado sucediendo y fue él quien me explicó que aquella música que yo escuchaba venía de la hija de los Fitzgerald que había vuelto a Londres después de una larga estadía fuera. Desde entonces había querido conocerla, pero no encontraba la ocasión ni el valor de presentarme.

 

II. Otto Klemperer

Después de contemplar la mansión sentí repentinamente que Pellegrini me indicaba que fuera con Otto Klemperer por el asunto de la Filarmónica que yo había olvidado por completo. ¡Cuántas veces pudieron haber tocado a la puerta sin que yo escuchara! No tenía otra motivación para hacerlo que el recuerdo de Pellegrini. Y bien, decidí apresurarme hacia el domicilio de Klemperer, a donde había ido antes por la audición.

 

-¿Me recuerda?- pregunté y conseguí en el hombre, un extraño parecido con Pellegrini que el día de la audición no había notado.

-Sí, creo recordarlo...- admitió Klemperer -pero pensé que estaba muerto.

-Sí tal vez lo estaba- dije para mí mismo pero noté que él lo escucho -Quiero decir, fue mi maestro quien murió.

-Lo lamento. En verdad lamento que ni siquiera ahora después de la muerte del pobre Pellegrini le pueda dar usted el gusto de tocar con la Filarmónica.

-¿Quiere decir...?- le interrumpí.

-Exacto, eso quiero decir, que ha perdido su oportunidad ¿Acaso piensa que no hay otros pianistas tan capacitados y obviamente más responsables y menos desvergonzados que usted, que se merecen el puesto que ha despreciado?

-¿Despreciado? ¿A qué se refiere?

-¿Acaso no se ha dado cuenta de la grosería que es el presentarse en mi hogar de esta forma, para reclamarme algo que...?

Le interrumpí de nuevo -¿Reclamarle?

-Es usted un desvergonzado y un incompetente y lamento decirle que está usted fuera. ¡Fuera!

-¡Por Dios! ¿Acaso ya tienen un sustituto?

-No pronuncie el sagrado nombre en mi presencia, de seguro es usted un profanador de la fe cristiana. Lárguese, ya le he explicado.

-Oiga, le ruego otra oportunidad, una última oportunidad, Sr. Klemperer. Míreme, yo necesito el trabajo y prometo no defraudarlo.

El hombre se quedó callado como reflexionando.

 

Al rato de silencio y de su  mirada de rencor y misericordia a la vez, Otto Klemperer se dirigió a mi con un tono definitivo:

-Espere aquí-. Entró a su casa y cerró la puerta de la entrada. Aguardé durante algunos minutos hasta que oí los pasos que bajaban una escalera y Klemperer abrió la puerta.

-Tiene usted la suerte de que yo haya cometido una estupidez enorme- dijo y continuó -días después de la audición le di buenas referencias suyas a Henri Fitzgerald y me comprometí a ponerlos en contacto. Su hija estudió piano en París hasta el verano pasado cuando tuvo que regresar a Londres. Aún no consigue un tutor, y bien... cometí el error de pensar que tal vez usted necesitaría el dinero. No creo que usted sepa lo que significa sentido de la responsabilidad pero en todo caso debo ponerle en contacto con el Sr. Fitzgerald.

Entonces Klemperer sacó de su bolsillo un sobre blanco y me lo entregó -Esto le será de mayor utilidad a usted que a mí- dijo y entró a su casa con actitud de que no volvería a salir de ella.

 

Extrañado examiné el sobre que tenía escrito el nombre de Klemperer en el anverso y lo abrí.

Adentro había una pequeña tarjeta con borde dorado:

 

*

Henri Fitzgerald y familia

tienen el honor de invitarlo a la celebración de

la XII Fiesta Anual de Disfraces Fitzgerald

El sábado 29 de octubre

a las 9:30 de la noche

 

Favor portar la invitación

válida para una (1) persona

*

 

Esto sería al día siguiente y definitivamente yo debía ir. Pensé que tal vez Henri Fitzgerald podría vindicarme ante Klemperer y quién sabe si esto me permitiría permanecer en la Filarmónica. Al menos ésto debía intentar por la memoria de Pellegrini.

Sin embargo, confieso que la invitación también produjo en mí otro entusiasmo: un posible encuentro con la hija de los Fitzgerald.

 

Aunque esta invitación representaba una esperanza y debía en cierto modo tranquilizarme, esa noche no pude dormir, algo me daba vueltas en la mente: ¿Cuál sería mi disfraz?

Sin embargo al día siguiente ya había resuelto ese problema.

 

III. Claudia Fitzgerald

Al entrar al salón de la mansión Fitzgerald me mareé entre tantos colores y gente rara agitada entre vinos y boquillas que escupían humo, y en lugar de caminar instintivamente hacia un rincón más tranquilo, dejé que la multitud me llevara a donde de una u otra forma debía llegar. Una mujer disfrazada de Cleopatra me sonrió con una enorme y horrible sonrisa que mostraba un diente de oro y me hizo una señal con la muñeca para que la siguiera. No sé por qué, pero así lo hice hasta llegar a un salón más grande que el anterior, entonces perdí de vista a Cleopatra cuya sonrisa hambrienta y triste, delataba que era una mujerzuela. Me detuve un rato hasta que un chico pelirrojo apareció corriendo de entre la gente, se tropezó con mis piernas y se escondió tras ellas, me agaché para preguntarle qué le pasaba. Noté que el chico lloraba.

-¿Qué ocurre?

-Una niña se burló de mi disfraz y me quitó el sombrero de mi papá.

El chico no llevaba disfraz alguno pero pregunté para no ofenderlo mientras le secaba la cara con mi pañuelo: -¿Y de qué te has disfrazado para que a ella le pareciera gracioso?

-De Lucas Olmos.

-¿Quién es Lucas Olmos?

-Soy yo.

 

Sonreí y le di mi sombrero. Entonces proseguí mi camino hacia quién sabía dónde. Me vi interrumpido por arlequines sin gracia, por horribles princesas y niños hiperkinéticos que se reproducían en ciertos tramos del trayecto con nuevas versiones de los mismos disfraces con colores que se volvían cada vez más estridentes.

 

Cansado salí al jardín y me detuve en una de las fuentes para mojarme la cara. Cerré los ojos y llevé el agua en mis manos hasta que rompió con mi rostro. Al abrir los ojos y mientras se me desempañaba la imagen noté a alguien recostado de la fuente. Era Juana de Arco con su armadura puesta y un rostro mucho más hermoso y encantador que el que siempre había imaginado. Me sentí empalidecer.

-Extraño disfraz- dijo ella sonriendo.

-Gracias- dije algo asombrado y dudando si su comentario se trataba de un halago.

-Sé a lo que has venido- dijo ella -Creo que Klemperer desea probarte.

-¿Lo conoces?- pregunté.

-No exactamente, es conocido de mi padre.

-¿Tu padre?

-Henri Fitzgerald.

¡Dios, era ella: Claudia Fitzgerald!

-Sígueme- me dijo y caminamos por el jardín hasta llegar a una puerta de madera que estaba en el lado posterior de la casa. Forzó un poco una vieja cerradura hasta que ésta cedió y entró a un espacio oscuro. Allí descolgó y encendió una lámpara de aceite que había en un muro interior del cuarto que al iluminarse resultó ser un vestíbulo del que descendía una escalera de caracol. Cerró la puerta y la aseguró con la espada de su disfraz.

-Ven- dijo y comenzó a bajar las escaleras que acabaron en un largo pasillo subterráneo hecho de piedra. El ruido de una rata interrumpió el silencio y me hizo sobresaltar:

-Malditas ratas- comentó Claudia.

El pasillo nos condujo a una escalera similar a la anterior, entonces la subimos y llegamos a una puerta. Claudia sacó de su cuello una cadena con una llave que nos permitió el acceso.

Justo al abrir la puerta se apagó la lámpara que Claudia sostenía, nublándome la vista. -¡Las cerillas, dejé las cerillas!- exclamó ella, y al investigar su rostro entre las sombras descubrí algo increíble, la joven con traje de Juana de Arco no sólo era Claudia Fitzgerald sino que también era la joven de la boina roja ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Qué desgracia! ¡No sólo era talentosa sino que también era bonita! Ella entró al oscuro cuarto y se quedó quieta como esperando a que yo entrara y contemplara su contenido. La habitación tenía una ventana por la que entraba suficiente luz para adivinar en el centro de aquel espacio una silueta. Sin duda esa era la misma ventana que me había permitido conocer la música de Claudia.

No pude evitar acercarme y tocar la madera del hermoso piano. Era un Pleyel de cola. Era de ella sin duda, porque tenía en sus teclas las notas de su voz y su rostro, como quizás Blüthner también había tenido hasta hacía poco, las mías.

 

Me senté instintivamente en el banco pues sentí que eso era lo que Claudia esperaba y una vez allí fue imposible resistirme a tocarlo. Comencé tocando piezas tristes pero después se convirtieron en Allegros.

Me fui hundiendo en la música como atravesando miles de imágenes archivadas cuidadosamente en mi mente. Primero recordé las fotos de mi álbum de la infancia, en un país que casi no recordaba; pensé en lo duros que habían sido los primeros días en Londres, en el maravilloso día en que conocí a Pellegrini; luego me quedé estancado en la audición y en Pellegrini muerto; después me vi en casa de Klemperer que se reía de mi y me decía ¿Por qué no te disfrazas de pianista?; hasta que llegué a la imagen de Claudia parada en la puerta de la habitación contemplándome...

 

Yo me detuve y ella dijo:

-Y bien, ya Shakespeare ha dicho: “Nuestras fiestas han terminado”.

Estas personas -pensé- eran todas espíritus.

Ella prosiguió:

-Todos nos volveremos aire

y nos diluiremos como una visión

empalidecerán nuestros colores hasta volvernos sueño...

“Somos de la misma materia de que están hechos los sueños”, pensé.

 

-Estoy confundido- le dije, y ella se me acercó como un ángel o una bruja levitando y me besó los labios.

-Tú estás vivo- susurró.

 

IV. Lucas Olmos

Luego desperté con el ruido de la puerta. Un hombre gritaba mi nombre y exclamaba -¡Abra por favor!

Abrí la puerta medio somnoliento aún y el hombre que era Klemperer pero no tenía en realidad ningún parecido con Pellegrini se dirigió a mí:

-¿Me recuerda? Recién me he enterado de lo de Pellegrini y me he explicado su ausencia, en verdad lo siento. Me pregunto si estaría usted dispuesto a prepararse para un concierto que se ofrecerá el próximo mes para presentar formalmente a la Filarmónica ante el público.

 

Aquel día de diciembre la multitud aplaudió furiosa... al final del concierto, cuando fui con Klemperer que deseaba presentarme a algunas personas, se me acercó una hermosa joven con algo de acento francés:

-Toca usted como imagino que solía hacerlo Beethoven. Sabe, estudié nueve años de piano en París pero justo ahora busco un tutor, alguien que me ayude a proseguir mi formación mientras viva aquí en Londres, con mi padre... ¡Oh, disculpe!, aún no me presento: Claudia Fitzgerald.

Y sonriendo le besé la mano:

-Lucas Olmos.