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Apuntes en torno a la Sesión I.XII (29·01·2003) José Luis Omaña · joseomana@yahoo.com
________________________________________ Un lema: "no puede haber seminario sin vino". Si no acudimos a Dionisos, Apolo tampoco nos asistirá. Entonces las sesiones transcurrirán sin música, sin voces amantes de lo trágico. Sólo sonarán nuestras palabras, planas, sin cuerpo y sometidas, a lo sumo, al placer de la conversación cotidiana: cualquier otra forma de satisfacción sensual nos será vedada. Tendremos que conformarnos con seguir moviendo un poco las mesas, sacarlas del orden habitual, como intentando sacudir el aula, el espacio, a ver si algo se le saca. Luego seguiremos intentando iniciar una suerte de rito que posee conciencia de artilugio, de artificio. Como de costumbre alguien leerá algún texto que posteriormente será comentado, acción que culminará, si el ejercicio es llevado a buen término, con un silencio respetuoso. En el peor de los casos -supóngase que el ensayo ritual conlleve a ciertos malestares del alma- se cerrarán los libros y todo será pospuesto hasta la semana siguiente, como esperando que los días alivien un dolor intelectual que raya en lo espiritual. A la salida del seminario cada participante seguirá resguardando una sensación compartida: en la frialdad de los salones continuaremos siendo adoradores de lo trágico inmersos en el templo del mundo teórico. ¿Mal necesario? *** Otro lema, o más bien la continuación del anterior: "si no hay vino realmente tampoco hay seminario". Esta lúcida intuición fue confirmada entre champiñones al ajillo, cremitas para untar, algún son cubano y cinco botellas de vino. Con la excusa de recuperar una que otra clase perdida, el seminario decidió adherirse a métodos -etílicos- tradicionales de acercamiento directo a lo divino. Con el descorche, Dionisos por fin asomó ligeramente algunos de sus rizos. Gracias a esta delicadeza del dios, las palabras y los silencios fueron surgiendo en medio de la tertulia con una sonoridad particular, con cierta musicalidad. Alejados del recinto erigido para el Demón preferido de Occidente, la lectura pautada para aquella tarde se fue dejando seducir por lo trágico. Los rostros de los seminaristas iban adquiriendo un característico color rojizo -típico de aquellos que habitan en regiones muy elevadas-, los champiñones habían dado lo mejor de sí, sólo quedaba una de las cinco botellas, y Nietzsche nos decía que era tarea suprema del arte "el redimir al ojo de penetrar con su mirada en el horror de la noche y el salvar al sujeto, mediante el saludable bálsamo de la apariencia, del espasmo de los movimientos de la voluntad." *** Se sabe que un libro siempre resguarda un cuerpo dentro de sí, con su manera de moverse y de mirar, de ser para cada ojo un individuo diferente, un cuerpo diferente. Generalmente en la obra del poeta se hace presente una corporeidad particular que no resuena en las voces del filósofo. El cuerpo de la filosofía no quiere ser poético, le teme sobre todo a ser seducido por los posibles silencios de la palabra, a dejarse atrapar por un poder que le sobrepasa. Existe una "manera de filosofía", según nos comenta María Zambrano, "la más venerable", que intenta "referirse a la totalidad de las cosas, no para desprenderse de ellas sino para confirmarlas. No para evadirnos del mundo sino para sostenerlo". Hasta aquí el filósofo iría de la mano del poeta -sería necesaria la voluntad de libertad y la violencia de la filosofía para resquebrajar esta unión. (1) Apresuradamente podríamos decir que en las últimas líneas del capítulo veinte de El nacimiento de la tragedia, Nietzsche se nos descubre a la vez poeta y filósofo -abandonado y consagrado a una fuerza suprema, pero también afanado por redimir una voluntad de libertad. Vacila en colocarle un rostro único a la inmensidad, a la nada, y de esta indecisión surge ante nosotros una manera diferente de escribir, una en la que los dos grandes polos de la palabra -el poético y el filosófico- confluyen en el amor. ________________________________________ (1) María Zambrano: Filosofía y poesía. Fondo de Cultura Económica. 1998. p. 122 |
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