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Acta de la Sesión I.III (25·10·2002) José Luis Omaña · joseomana@yahoo.com
________________________________________ Poco a poco El origen de la tragedia nos va guiando por los terrenos de una filosofía particular. El reino de lo griego, de la sabiduría helénica, se va planteando en este libro de una manera inusual, poco común. Podríamos decir que, hasta ahora, Nietzsche ha intentado explorar lo que está en el fondo de la cultura griega más arcaica. No le ha interesado el período socrático y todo lo que nace a partir de él, al contrario, su investigación se centra en aquello que es motor último de la creación estética presocrática: los instintos naturales, los ánimos creativos, que subyacen tras la gran tragedia ática. Y mientras Nietzsche lee a los griegos, nosotros lo leemos a él. La sesión del 25 de octubre fue dedicada a los capítulos sexto y séptimo de El origen de la tragedia. A grandes rasgos el primero de estos capítulos analiza la relación entre la palabra que surge a partir de la imagen, del concepto, y la que nace del supremo esfuerzo por imitar a la música. Así Nietzsche nos propone a la epopeya en contraposición a Arquíloco y a la canción popular. En este último género, y al contrario de lo que sucede en la epopeya, la palabra "busca una expresión análoga a la música" (Nietzsche, 2000:71), padeciendo toda la violencia de ésta (es prudente recordar que para Nietzsche la música expresa de manera simbólica el dolor primordial, la contradicción primordial). El lírico, el genio apolíneo, será aquel que interprete a la música por medio de imágenes, velos que le permitirán "...reposar en el mar sosegado y tranquilo de la contemplación apolínea, si bien todo lo que él ve a su alrededor a través del medium de la música se encuentra sometido a un movimiento impetuoso y agitado." (Nietzsche, 2000:73) En el capítulo séptimo, Nietzsche nos dice que la tragedia surgió del coro, y que éste a su vez nace del coreuta sátiro. A partir de este comentario se plantean tres visiones diferentes de coro trágico, a saber: a) la que ve en él una representación constitucional del pueblo, b) la que propone Schlegel y que sitúa al coro como el espectador ideal, c) la propuesta de Schiller que entiende al coro como un muro viviente, barrera que le permite aislarse del mundo real para preservar así su libertad poética. (Nietzsche, 2000:77-78) Ahora bien, este coreuta sátiro lleva a Nietzsche a sugerir la cuestión del éxtasis dionisiaco de una manera poco tradicional. En el delirio de Dionisos el hombre se separa de la realidad para sumergirse en un estado letárgico. Pero cuando el mundo real vuelve a imponérsele, este hombre se sumerge en una náusea ante todo lo que le rodea. Ha conocido, y el conocer mata el obrar, no siente deseo de involucrarse de nuevo con lo cotidiano (Nietzsche, 2000:80). Únicamente el arte, en tanto velo ilusorio, tiende ante nuestro hombre una ficción que transforma aquella náusea en representaciones con las que se puede vivir. "El coro satírico del ditirambo es el acto salvador del arte griego…" (Nietzsche. 2000:81) A partir de estos temas el Seminario reflexionó en torno a diversas ideas. Intentaremos aquí recordar sólo algunas que nos parecen fundamentales: 1.- ¿Cómo el ojo solar, el ojo abandonado a la mera contemplación, puede liberar de la pasión si no conoce nada de ésta? No es posible estar permanentemente en un solo estado y a la vez poder ver la totalidad de las cosas. En este sentido el arte es el estadio intermedio entre lo absolutamente apolíneo y lo completamente dionisiaco. En los extremos el arte se anula, redunda. Lo artístico es aquello que se pasea entre un extremo y otro, conoce lo que se esconde en los rincones de los espíritus naturales. 2.- Ante la estética romántica de la contemplación, Nietzsche propone una estética que se involucra con las cosas. La experiencia creativa amerita siempre de un esfuerzo. El hombre contemplativo debe ser también un ser actuante: "el gusto por el paisaje es inseparable del andar". Es así que Nietzsche sitúa la verdad en el vivir cotidiano. El mundo de lo verdadero no es otro que el mundo empírico, de ahí que la tragedia se mueva en la realidad. 3.- Ante la noción clásica de Dionisos (relacionado con lo desgarrado, con el delirio de la renovación a través del descuartizamiento), Nietzsche parece planteamos una manera diferente de ver al espíritu de Baco, contraria a la visión que nos propone la tradición. Al salir del éxtasis, el iluminado por el dios de la vid ve en el mundo pura vanidad y no siente necesidad de sacarlo de su desquicio. Se ha convertido más bien en un espíritu conservador, inmerso en uno de los extremos de los instintos naturales. Acepta las cosas como son, se encuentra inmerso en un estado de inmovilidad y letargo. La vida no tiene ya sentido para él. Únicamente el arte, en tanto ente que se nutre de fuerzas opuestas, aparece entonces como redención, como ficción necesaria que hace tolerable la vida. El Seminario estuvo de acuerdo en que esta noción de Dionisos está estrechamente vinculada con cierto impulso que se encuentra en el fondo de la tragedia griega, el impulso del destino, ese sentimiento que dicta: "va a ocurrir lo que va a ocurrir". 4.- Cerraremos esta acta con un comentario del profesor Heymann: si buscamos un fundamento último en El origen de la tragedia, una única visión en el pensamiento de Nietzsche, nos perderemos también de la lectura del libro. ________________________________________ NIETZSCHE, Friedrich (2000). El nacimiento de la tragedia. Madrid: Alianza. |
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