El origen de la tragedia - Friedrich Nietzsche
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Antes de llamar por su nombre a ese otro espectador detengámonos
aquí un instante para traer de nuevo a la memoria la impresión
antes descrita de algo discordante e inconmensurable en la esencia misma
de la tragedia esquilea. Pensemos en nuestra propia extrañeza
ante el coro y ante el héroe trágico de aquella tragedia,
a ninguno de los cuales sabíamos compaginar con nuestros hábitos
ni tampoco con la tradición - hasta que redescubrimos que esa
misma duplicidad es el origen y la esencia de la tragedia griega, la
expresión de dos instintos artísticos entretejidos entre
sí, lo apolíneo y lo dionisíaco.
Expulsar de la tragedia aquel elemento dionisíaco originario
y omnipotente y reconstruirla puramente sobre un arte, una moral y una
consideración del mundo no-dionisíacos - tal es la tendencia
de Eurípides, que ahora se nos descubre con toda claridad.
En el atardecer de su vida Eurípides mismo propuso del modo
más enérgico a sus contemporáneos, en un mito,
la cuestión del valor y del significado de esa tendencia. ¿Tiene
lo dionisíaco derecho a subsistir? ¿No se lo ha de extirpar
del suelo griego por la violencia? Sin duda, dícenos el poeta,
si ello fuera posible: pero el dios Dioniso es demasiado poderoso; el
adversario más inteligente de él - como Penteo en Las
bacantes - es insospechadamente víctima de su magia, y, transformado
por ella, corre luego hacia su fatalidad. El juicio de los dos ancianos
Cadmo y Tiresias parece ser también el juicio del anciano poeta:
la reflexión de los individuos más inteligentes, dice,
no consigue destruir aquellas viejas tradiciones populares, aquella
veneración eternamente propagada de Dioniso, más aún,
con respecto a tales fuerzas milagrosas conviene mostrar al menos una
simpatía diplomáticamente cauta: aun así, continúa
siendo siempre posible que el dios se escandalice de una participación
tan tibia y acabe transformando al diplomático - como hace aquí
con Cadmo - en un dragón. Esto es lo que nos dice el poeta que
se opuso a Dioniso con una energía heroica durante una larga
vida - para, al final de ella, cerrar su carrera con una glorificación
de su adversario y con el suicidio propio, como alguien que siente vértigo
y que, sólo para escapar al vértigo espantoso, que ya
resulta insoportable, se arroja desde lo alto de la torre. Esta tragedia
es una protesta contra la posibilidad de llevar a la práctica
su tendencia; ¡ay, y esa tendencia había sido llevada ya
a la práctica! Lo milagroso había sucedido: cuando el
poeta se retractó, ya su tendencia había vencido. Dioniso
había sido ahuyentado ya de la escena trágica, y lo había
sido por un poder demónico que hablaba por boca de Eurípides.
También Eurípides era, en cierto sentido, solamente una
máscara: la divinidad que hablaba por su boca no era Dioniso,
ni tampoco Apolo, sino un demón que acababa de nacer, llamado
Sócrates. Ésta es la nueva antítesis: lo
dionisíaco y lo socrático, y la obra de arte de la tragedia
pereció por causa de ella. Aunque Eurípides intente consolarnos
con su retractación, no lo logra: el más magnífico
de los templos yace en ruinas por el suelo; ¿de qué nos
sirve el lamento de quien lo destruyó y su confesión de
que fue el más bello de los templos? Y aunque en castigo Eurípides
haya sido transformado en un dragón por los jueces artísticos
de todos los tiempos - ¿a quién podría satisfacerle
esa mísera compensación?
Acerquémonos ahora a aquella tendencia socrática mediante
la cual Eurípides combatió la tragedia esquilea y la venció.
¿Hacia qué meta - ésa es la pregunta que ahora
tenemos que hacernos - pudo tender en general, en la más alta
idealidad de su ejecución, el propósito euripideo de fundar
el drama únicamente sobre lo no-dionisíaco? ¿Qué
forma de drama quedaba todavía, si éste no debía
nacer del regazo de la música, en aquella penumbra misteriosa
de lo dionisíaco? únicamente la epopeya dramatizada:
un sector artístico apolíneo en el cual el efecto trágico
es, ciertamente, inalcanzable. Lo que aquí cuenta no es el contenido
de los acontecimientos expuestos; más aún, yo afirmaría
que a Goethe le habría sido imposible hacer trágicamente
conmovedor, en su proyectada Nausicaa, el suicidio de este ser
idílico - suicidio destinado a ocupar el quinto acto -; tan descomunal
es la fuerza de lo épico-apolíneo, que con aquel placer
por la apariencia y con aquella redención mediante la apariencia
transforma mágicamente ante nuestros ojos las cosas más
horrorosas. El poeta de la epopeya dramática no puede fundirse
totalmente con sus imágenes, como tampoco puede hacerlo el rapsoda
épico: él continúa siendo siempre una intuición
tranquilamente inmóvil, que mira con unos ojos muy abiertos,
que ve las imágenes delante de sí. En su epopeya
dramatizada el actor continúa siendo siempre, en lo más
hondo, rapsoda; la solemnidad propia del soñar interior envuelve
todas sus acciones, de modo que jamás es del todo actor.
¿Qué relación mantiene con este ideal del drama
apolíneo la pieza euripidea? La misma que con el rapsoda solemne
de los viejos tiempos mantiene el rapsoda más joven que en el
Ión platónico describe su ser con estas palabras:
"Cuando recito algo triste, mis ojos se llenan de lágrimas;
mas cuando lo que recito es horroroso y espantoso, entonces los cabellos
de mi cabeza se me erizan y mi corazón se agita". Aquí
no advertimos ya nada de aquel épico perderse en la apariencia,
nada de la frialdad exenta de afectos del verdadero actor, que justo
en su actividad suprema es totalmente apariencia y placer por la apariencia.
Eurípides es el actor de corazón agitado, de cabellos
erizados; traza el plan como pensador socrático, lo ejecuta como
actor apasionado. Artista puro no lo es ni al proyectar ni al ejecutar.
De esta manera el drama euripideo es una cosa a la vez fría e
ígnea, tan capaz de helar como de quemar; le resulta imposible
alcanzar el efecto apolíneo de la epopeya, mientras que, por
otro lado, se ha liberado lo más posible de los elementos dionisíacos,
y ahora para producir algún efecto necesita nuevos excitantes,
los cuales no pueden encontrarse ya en los dos únicos instintos
artísticos, el apolíneo y el dionisíaco. Esos excitantes
son fríos pensamientos paradójicos - en lugar de
intuiciones apolíneas - y afectos ígneos - en lugar
de éxtasis dionisíacos -, y, desde luego, pensamientos
y afectos remedados de una manera sumamente realista, pero en modo alguno
inmersos en el éter del arte.
Habiendo visto, pues, que Eurípides no consiguió fundar
el drama únicamente sobre lo apolíneo, que, antes bien,
su tendencia no-dionisíaca se descarrió en una tendencia
naturalista y no-artística, nos será lícito ahora
aproximarnos a la esencia del socratismo estético, cuya
ley suprema dice más o menos así: "Todo tiene que
ser inteligible para ser bello"; lo cual es el principio paralelo
del socrático "Sólo el sapiente es virtuoso".
Con este canon en la mano examinó Eurípides todas las
cosas, y de acuerdo con ese principio las rectificó: el lenguaje,
los caracteres, la estructura dramatúrgica, la música
coral. Eso que nosotros solemos imputar frecuentemente a Eurípides
como defecto y retroceso poético, en comparación con la
tragedia sofoclea, eso es casi siempre producto de aquel penetrante
proceso crítico, de aquella racionalidad temeraria. El prólogo
euripideo va a servirnos de ejemplo de la productividad de ese método
racionalista. Nada puede ser más contrario a nuestra técnica
escénica que el prólogo con que se inicia el drama de
Eurípides. El hecho de que un personaje individual se presente
al comienzo de la pieza y cuente quién es él, qué
es lo que antecede a la acción, qué es lo que hasta entonces
ha ocurrido, más aún, qué es lo que ocurrirá
en el transcurso de la pieza, eso un autor teatral moderno lo calificaría
de petulante e imperdonable renuncia al efecto de la tensión.
Se sabe, en efecto, todo lo que va a suceder; ¿quién aguardará
a que suceda realmente? - dado que aquí no existe en modo alguno
la excitante relación que se da entre un sueño vaticinador
y una realidad que se presentará luego. Del todo distinta era
la reflexión que Eurípides se hacía. El efecto
de la tragedia, pensaba, no ha descansado jamás en la tensión
épica, en la atractiva incertidumbre acerca de qué acontecerá
ahora y luego: antes bien, en aquellas grandes escenas retórico-líricas
en las que la pasión y la dialéctica del protagonista
crecían hasta convertirse en ancho y poderoso río. Para
el pathos, no para la acción predisponía todo:
y lo que no predisponía para el pathos era considerado
reprobable. Mas lo que con mayor fuerza dificulta esa entrega placentera
a tales escenas es un eslabón que le falta al oyente, un agujero
en el tejido de la historia anterior; mientras el oyente tenga que seguir
haciendo cálculos sobre cuál es el significado de este
y aquel personaje, sobre cuáles son los presupuestos de este
y aquel conflicto de inclinaciones y propósitos, le resultará
imposible sumergirse del todo en el sufrimiento y la actuación
de los personajes principales, participar, perdido el aliento, en sus
sufrimientos y en sus temores. La tragedia esquileo-sofoclea empleaba
los medios artísticos más ingeniosos para, en las primeras
escenas, poner de una manera casual, por así decirlo, en manos
del espectador todos los hilos necesarios para la comprensión:
un rasgo en el que se acreditan aquellos nobles artistas que enmascaran,
por así decirlo, lo formal necesario y lo hacen aparecer
como casual. De todos modos, Eurípides creía observar
que durante aquellas primeras escenas el espectador se hallaba en una
inquietud peculiar, queriendo resolver el problema matemático
de cálculo que era la historia anterior, de tal forma que para
él se perdían las bellezas poéticas y el pathos
de la exposición. Por eso Eurípides antepuso el prólogo
a la exposición y lo colocó en boca de un personaje al
que era lícito otorgar confianza: frecuentemente una divinidad
tenía que garantizar al público, en cierto modo, el decurso
de la tragedia y eliminar toda duda acerca de la realidad del mito:
de modo semejante a como Descartes no fue capaz de demostrar la realidad
del mundo empírico más que apelando a la veracidad de
Dios y a su incapacidad de mentir. Esa misma veracidad divina vuelve
Eurípides a necesitarla otra vez en la conclusión de su
drama, para asegurarle al público el futuro de sus héroes:
tal es la misión del famoso deus ex machina. Entre la
mirada épica al pasado y la mirada épica al futuro está
el presente lírico, dramático, el "drama" propiamente
dicho.
De esta manera, en cuanto poeta Eurípides es sobre todo el eco
de sus conocimientos conscientes; y justo eso es lo que le otorga un
puesto tan memorable en la historia del arte griego. Con frecuencia
tiene que haber pensado, con respecto a su creatividad crítico-productiva,
que él debería resucitar para el drama el comienzo del
escrito de Anaxágoras, cuyas primeras palabras dicen: "Al
comienzo todo estaba mezclado: entonces vino el entendimiento y creó
orden". Y si con su nus Anaxágoras apareció
entre los filósofos como el primer sobrio entre hombres completamente
borrachos, también Eurípides concibió sin duda
bajo una imagen similar su relación con los demás poetas
de la tragedia. Mientras el nus, ordenador y soberano único
del universo, siguió estando excluido de la creación artística,
todo se hallaba aún mezclado, en un caótico magma primordial;
así tuvo que juzgar Eurípides, así tuvo que condenar
él, como el primer "sobrio", a los poetas "borrachos".
Lo que Sófocles dijo de Esquilo, a saber, que éste
hace lo correcto, pero inconscientemente, no estaba dicho, desde luego,
en el sentido de Eurípides: el cual habría admitido únicamente
esto, que Esquilo, porque crea inconscientemente, crea
lo incorrecto. De la facultad creadora del poeta, en la medida en que
no es la inteligencia consciente, también el divino Platón
habla casi siempre sólo con ironía, y la equipara al talento
del adivino y del intérprete de sueños; pues el poeta,
dice, no es capaz de poetizar hasta que no ha quedado inconsciente y
ya ningún entendimiento habita en él. Eurípides
se propuso mostrar al mundo, como se lo propuso también Platón,
el reverso del poeta "irrazonable"; su axioma estético
"todo tiene que ser consciente para ser bello" es, como he
dicho, la tesis paralela a la socrática, "todo tiene que
ser consciente para ser bueno". De acuerdo con esto, nos es lícito
considerar a Eurípides como el poeta del socratismo estético.
Sócrates era, pues, aquel segundo espectador que no comprendía
la tragedia antigua y que, por ello, no la estimaba; aliado con él,
Eurípides se atrevió a ser el heraldo de una nueva forma
de creación artística. Si la tragedia antigua pereció
a causa de él, entonces el socratismo estético es el principio
asesino; y puesto que la lucha estaba dirigida contra lo dionisíaco
del arte anterior, en Sócrates reconocemos el adversario de Dioniso,
el nuevo Orfeo que se levanta contra Dioniso y que, aunque destinado
a ser hecho pedazos por las ménades del tribunal ateniense, obliga
a huir, sin embargo, al mismo dios prepotente: el cual, como hizo en
otro tiempo cuando huyó de Licurgo, rey de los edones, buscó
la salvación en las profundidades del mar, es decir, en las místicas
olas de un culto secreto, que poco a poco invadió el mundo entero.