El origen de la tragedia - Friedrich Nietzsche
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También el arte dionisíaco quiere convencernos del eterno
placer de la existencia: sólo que ese placer no debemos buscarlo
en las apariencias, sino detrás de ellas. Debemos darnos cuenta
de que todo lo que nace tiene que estar dispuesto a un ocaso doloroso,
nos vemos forzados a penetrar con la mirada en los horrores de la existencia
individual - y, sin embargo, no debemos quedar helados de espanto: un
consuelo metafísico nos arranca momentáneamente del engranaje
de las figuras mudables. Nosotros mismos somos realmente, por breves
instantes, el ser primordial, y sentimos su indómita ansia y
su indómito placer de existir; la lucha, el tormento, la aniquilación
de las apariencias parécennos ahora necesarios, dada la sobreabundancia
de las formas innumerables de existencia que se apremian y se empujan
a vivir, dada la desbordante fecundidad de la voluntad del mundo; somos
traspasados por la rabiosa espina de esos tormentos en el mismo instante
en que, por así decirlo, nos hemos unificado con el inmenso placer
primordial por la existencia y en que presentimos, en un éxtasis
dionisíaco, la indestructibilidad y eternidad de ese placer.
A pesar del miedo y de la compasión, somos los hombres que viven
felices, no como individuos, sino como lo único viviente,
con cuyo placer procreador estamos fundidos.
La historia de la génesis de la tragedia griega nos dice ahora,
con luminosa nitidez, que la obra de arte trágico de los griegos
nació realmente del espíritu de la música: mediante
ese pensamiento creemos haber hecho justicia por vez primera al sentido
originario y tan asombroso del coro. Pero al mismo tiempo tenemos que
admitir que el significado antes expuesto del mito trágico nunca
llegó a serles transparente, con claridad conceptual, a los poetas
griegos, y menos aún a los filósofos griegos; sus héroes
hablan, en cierto modo, más superficialmente de como actúan;
el mito no encuentra de ninguna manera en la palabra hablada su objetivación
adecuada. Tanto la articulación de las escenas como las imágenes
intuitivas revelan una sabiduría más profunda que la que
el poeta mismo puede encerrar en palabras y conceptos: esto mismo se
observa también en Shakespeare, cuyo Hamlet, por ejemplo, en
un sentido semejante, habla más superficialmente de como actúa,
de tal modo que no es de las palabras, sino de una visión y apreciación
profundizada del conjunto, de donde se ha de inferir aquella doctrina
de Hamlet antes citada. En lo que se refiere a la tragedia griega, la
cual se nos presenta, ciertamente, sólo como drama hablado, yo
he sugerido incluso que esa incongruencia entre mito y palabra podría
inducirnos con facilidad a tenerla por más superficial e insignificante
de lo que es, y en consecuencia a presuponer también que ella
producía un efecto más superficial que el que, según
los testimonios de los antiguos, tuvo que producir: pues ¡qué
fácilmente se olvida que lo que el poeta de las palabras no había
conseguido, es decir, alcanzar la idealidad y espiritualización
supremas del mito, podía conseguirlo en todo instante como músico
creador! Nosotros, es cierto, tenemos que reconstruirnos la prepotencia
del efecto musical casi por vía erudita, para probar algo de
aquel consuelo incomparable que tiene que ser propio de la verdadera
tragedia. Incluso esa prepotencia musical, sólo si nosotros fuéramos
griegos la habríamos sentido como tal: mientras que en el desarrollo
entero de la música griega - infinitamente más rica que
la que a nosotros nos es conocida y familiar - creemos oír tan
sólo la canción juvenil del genio musical, entonada con
un tímido sentimiento de fuerza. Los griegos son, como dicen
los sacerdotes egipcios, los eternos niños, y también
en el arte trágico son sólo unos niños que no saben
qué sublime juguete ha nacido y - ha quedado roto entre sus manos.
Este esfuerzo del espíritu de la música por encontrar
una revelación figurativa y mítica, que va intensificándose
desde los comienzos de la lírica hasta la tragedia ática,
se interrumpe de pronto, apenas alcanzado un desarrollo exuberante,
y desaparece, por así decirlo, de la superficie del arte helénico:
mientras que la consideración dionisíaca del mundo nacida
de ese esfuerzo sobrevive en los Misterios y, a través de las
más milagrosas metamorfosis y degeneraciones, no deja de atraer
a sí las naturalezas más serias. ¿No volverá
a ascender algún día como arte desde su profundidad mítica?
Ocúpanos aquí el problema de saber si el poder que logró
que la tragedia, al chocar contra su oposición, se hiciese añicos,
tendrá en todo tiempo suficiente fortaleza para impedir el redespertar
artístico de la tragedia y de la consideración trágica
del mundo. Si la tragedia antigua fue sacada de sus rieles por el instinto
dialéctico orientado al saber y al optimismo de la ciencia, habría
que inferir de este hecho una lucha eterna entre la consideración
teórica y la consideración trágica del mundo;
y sólo después de que el espíritu de la ciencia
sea conducido hasta su límite, y de que su pretensión
de validez universal esté aniquilada por la demostración
de esos límites, sería lícito abrigar esperanzas
de un renacimiento de la tragedia: como símbolo de esa forma
de cultura tendríamos que colocar el Sócrates cultivador
de la música, en el sentido antes explicado. En esta confrontación
yo entiendo por espíritu de la ciencia aquella creencia, aparecida
por vez primera en la persona de Sócrates, en la posibilidad
de sondear la naturaleza y en la universal virtud curativa del saber.
Quien recuerde las consecuencias inmediatas de ese espíritu
de la ciencia lanzado incansablemente hacia adelante, verá en
seguida que el mito fue aniquilado por él y que la poesía
quedó expulsada, por esta aniquilación, de su natural
suelo ideal, y fue en lo sucesivo una poesía apátrida.
Si hemos tenido razón al atribuir a la música la fuerza
de poder volver a hacer nacer de sí el mito, también el
espíritu de la ciencia habremos de buscarlo en la senda en que
él se enfrenta hostilmente a esa fuerza creadora de mitos que
la música posee. Esto acontece en el desarrollo del ditirambo
ático nuevo, cuya música no expresaba ya la esencia
interna, la voluntad misma, sino que sólo reproducía de
modo insuficiente la apariencia, en una imitación mediada por
conceptos: de esa música internamente degenerada se apartaron
las naturalezas verdaderamente musicales con igual repugnancia que tenían
por la tendencia de Sócrates, asesina del arte. El instinto,
que actuaba con seguridad, de Aristófanes dio sin duda en el
blanco cuando conjuntó en un mismo sentimiento de odio a Sócrates,
la tragedia de Eurípides y la música de los nuevos ditirámbicos,
y barruntó en los tres fenómenos los signos característicos
de una cultura degenerada. De una manera sacrílega aquel ditirambo
nuevo hizo de la música una copia imitativa de la apariencia,
por ejemplo, de una batalla, de una tempestad marina, y con ello la
despojó totalmente de su fuerza creadora de mitos. Pues si la
música intenta suscitar nuestro deleite tan sólo forzándonos
a buscar analogías externas entre un suceso de la vida y de la
naturaleza y ciertas figuras rítmicas y ciertas sonoridades características
de la música, si nuestro entendimiento debe contentarse con el
conocimiento de esas analogías, entonces quedamos rebajados a
un estado de ánimo en el que resulta imposible una concepción
de lo mítico; pues el mito quiere ser sentido intuitivamente
como ejemplificación única de una universalidad y verdad
que tienen fija su mirada en lo infinito. La música verdaderamente
dionisíaca se nos presenta como tal espejo universal de la voluntad
del mundo: el acontecimiento intuitivo que en ese espejo se refracta
amplíase en seguida para nuestro sentimiento hasta convertirse
en reflejo de una verdad eterna. A la inversa, tal acontecimiento intuitivo
queda despojado en seguida de todo carácter mítico por
la pintura musical (Tonmalerei) del ditirambo nuevo; ahora la
música se ha convertido en un mezquino reflejo de la apariencia,
y por ello es infinitamente más pobre que esta misma: con esa
pobreza la música rebaja más aún, para nuestro
sentimiento, la apariencia misma, hasta el punto de que ahora, por ejemplo,
una batalla imitada musicalmente de ese modo se agota en ruido de marchas,
sonidos de trompetas, etc., y nuestra fantasía queda detenida
justo en esas superficialidades. La pintura musical es, por tanto, en
todos los aspectos, el reverso de la fuerza creadora de mitos que es
propia de la verdadera música; con ella la apariencia se vuelve
más pobre de lo que es, mientras que con la música dionisíaca
la apariencia individual se enriquece y se amplifica hasta convertirse
en imagen del mundo. El espíritu no-dionisíaco logró
una gran victoria cuando, en el desarrollo del ditirambo nuevo, enajenó
a la música de sí misma y la rebajó a esclava de
la apariencia. Eurípides, que, en un sentido superior, tiene
que ser denominado una naturaleza completamente no-musical, es, justo
por esa razón, un partidario apasionado de la nueva música
ditirámbica, y, con la prodigalidad propia de un ladrón,
emplea todos sus efectismos y amaneramientos.
Vemos en actividad, en otro aspecto, la fuerza de ese espíritu
no-dionisíaco, dirigido contra el mito, al volver nuestras miradas
hacia el incremento en la tragedia, a partir de Sófocles, de
la representación de caracteres y del refinamiento psicológico.
El carácter no se dejará ya ampliar hasta convertirse
en tipo eterno, sino que, por el contrario, mediante artificiales matices
y rasgos marginales, mediante una nitidez finísima de todas las
líneas producirá un efecto tan individual que el espectador
no sentirá ya en modo alguno el mito, sino la poderosa verdad
naturalista y la fuerza imitativa del artista. También aquí
vemos la victoria de la apariencia sobre lo universal, así como
el placer por el preparado anatómico individual, respiramos ya,
por así decirlo, el aire de un mundo teórico, para el
cual el conocimiento científico vale más que el reflejo
artístico de una regla del mundo. El movimiento sobre la línea
de lo característico avanza con rapidez: mientras que todavía
Sófocles pinta caracteres enteros y somete el mito al yugo del
despliegue refinado de los mismos, Eurípides no pinta ya más
que grandes rasgos aislados de carácter, que saben manifestarse
en pasiones vehementes; en la comedia ática nueva no hay ya más
que máscaras con una sola expresión, viejos frívolos,
rufianes engañados, pícaros esclavos, repetidos incansablemente.
¿Adónde se ha escapado ahora el espíritu formador
de mitos propio de la música? Lo que de música queda todavía
es, o bien música para la excitación, o bien música
para el recuerdo, es decir, o bien un estimulante para nervios embotados
y gastados, o bien pintura musical. Para la primera apenas sigue contando
el texto colocado debajo: ya en Eurípides, cuando sus héroes
o coros comienzan a cantar, las cosas no marchan bien; ¿hasta
dónde se habrá llegado en sus insolentes sucesores?
Pero es en los desenlaces de los nuevos dramas donde más
claramente se revela el nuevo espíritu no-dionisíaco.
En la tragedia antigua se había podido sentir al final el consuelo
metafísico, sin el cual no se puede explicar en modo alguno el
placer por la tragedia: acaso sea en Edipo en Colono donde más
puro resuene el sonido conciliador, procedente de un mundo distinto.
Ahora que el genio de la música había huido de la tragedia,
ésta murió en sentido estricto: pues ¿de dónde
se podría extraer ahora aquel consuelo metafísico? Se
buscó, por ello, una solución terrenal de la disonancia
trágica; tras haber sido martirizado suficientemente por el destino,
el héroe cosechaba un salario bien merecido, en un casamiento
magnífico, en unas honras divinas. El héroe se había
convertido en un gladiador, al que, una vez bien desollado y cubierto
de heridas, se le regalaba en ocasiones la libertad. El deus ex machina
ha pasado a ocupar el puesto del consuelo metafísico. Yo no quiero
decir que la consideración trágica del mundo quedase destruida
en todas partes y de manera completa por el acosador espíritu
de lo no-dionisíaco: lo único que sabemos es que aquélla
tuvo que huir del arte y refugiarse, por así decirlo, en el inframundo,
degenerando en culto secreto. Pero sobre el amplísimo campo de
la superficie del ser helénico causaba estragos el soplo devastador
de aquel espíritu que se da a conocer en esa forma de "jovialidad
griega" de la que ya antes hemos hablado como de un senil e improductivo
placer de existir; esa jovialidad es el reverso de la magnífica
"ingenuidad" de los griegos antiguos, a la que se la ha de
concebir, según la característica dada, como la flor,
brotada de un abismo sombrío, de la cultura apolínea,
como la victoria que con su reflejo de la belleza alcanza la voluntad
helénica sobre el sufrimiento y sobre la sabiduría del
sufrimiento. La forma más noble de aquella otra forma de "jovialidad
griega", la alejandrina, es la jovialidad del hombre teórico:
ella ostenta los mismos signos característicos que yo acabo de
derivar del espíritu de lo no-dionisíaco, - el combatir
la sabiduría y el arte dionisíacos, el intentar disolver
el mito, el reemplazar el consuelo metafísico por una consonancia
terrenal, e incluso por un deus ex machina propio, a saber el
dios de las máquinas y los crisoles, es decir, las fuerzas de
los espíritus de la naturaleza conocidas y empleadas al servicio
del egoísmo superior, el creer en una corrección del mundo
por medio del saber, en una vida guiada por la ciencia, y ser también
realmente capaz de encerrar al ser humano individual en un círculo
estrechísimo de tareas solubles, dentro del cual dice jovialmente
a la vida: "Te quiero: eres digna de ser conocida".