El origen de la tragedia - Friedrich Nietzsche
19
El contenido más íntimo de esa cultura socrática
no es posible calificarlo con mayor agudeza que denominándola
la cultura de la ópera: pues es en este campo donde la cultura
ha hablado con particular ingenuidad acerca de su querer y conocer,
llenándonos de asombro cuando comparamos la génesis de
la ópera y el hecho del desarrollo de la misma con las eternas
verdades de lo apolíneo y de lo dionisíaco. Recordaré
en primer término la génesis del stilo rappresentativo
y del recitado. ¿Es creíble que esta música de
ópera completamente volcada hacia lo exterior, incapaz de devoción,
haya podido ser acogida y albergada con favor entusiasta, como si fuera,
por así decirlo, el renacimiento de toda verdadera música,
por una época de la que acababa de alzarse la música inefablemente
sublime y sagrada de Palestrina? Y, por otro lado, ¿quién
haría responsable del gusto por la ópera, que se difundió
con tanto ímpetu, únicamente a la sensualidad, ávida
de distracciones, de aquellos círculos florentinos y a la vanidad
de sus cantantes dramáticos? Que en la misma época, más
aún, en el mismo pueblo se despertase, junto al edificio abovedado
de las armonías de Palestrina, en cuya construcción había
trabajado toda la Edad Media cristiana, aquella pasión por un
modo semimusical de hablar, es algo que yo sólo consigo explicármelo
por una tendencia extraartística actuante en la esencia
del recitado.
Al oyente deseoso de percibir con claridad la palabra bajo el canto
se adapta el cantante hablando más que cantando, acentuando con
este semicanto la expresión patética de la palabra: mediante
esta acentuación del pathos el cantante facilita la comprensión
de la palabra y supera aquella mitad de música que todavía
queda. El auténtico peligro que ahora le amenaza es que alguna
vez otorgue a destiempo preponderancia a la música, con lo que
el pathos del discurso y la claridad de la palabra tendrían
que perecer en seguida: mientras que, por otro lado, el cantante siente
siempre el instinto de descargarse en la música y de exhibir
su voz de manera virtuosista. Aquí acude en su ayuda el "poeta",
que sabe ofrecerle suficientes ocasiones para interjecciones líricas,
para repeticiones de palabras y sentencias, etc.: en estos pasajes el
cantante puede ahora descansar en el elemento puramente musical, sin
atender a la palabra. Este alternarse de discurso afectivamente insistente,
pero cantado sólo a medias, y de interjección cantada
del todo, que está en la esencia del stilo rappresentativo,
este esfuerzo, que alterna con rapidez, por actuar unas veces sobre
el concepto y sobre la representación, y otras sobre el fondo
musical del oyente, es algo tan completamente innatural y tan íntimamente
opuesto a los instintos artísticos así de lo dionisíaco
como de lo apolíneo, que es preciso inferir un origen del recitado
situado fuera de todos los instintos artísticos. De acuerdo con
esta descripción, hay que definir el recitado como una mezcolanza
de declamación épica y de declamación lírica,
mezcolanza que, desde luego, no es en modo alguno una mezcla íntimamente
estable, que en cosas tan completamente dispares no se podía
obtener, sino una conglutinación totalmente externa, de mosaico,
algo de lo que no hay ningún modelo ni en el campo de la naturaleza
ni en el de la experiencia. Pero no fue ésa la opinión
de aquellos inventores del recitado: antes bien, ellos mismos, y
con ellos su época, creyeron que con aquel stilo rappresentativo
quedaba resuelto el misterio de la música antigua, único
por el cual se podía explicar el enorme efecto de un Orfeo, de
un Anfión, más aún, también de la tragedia
griega. El nuevo estilo fue considerado como la resurrección
de la más eficaz de todas las músicas, la música
griega antigua: más aún, dada la concepción general
y completamente popular del mundo homérico como mundo primordial,
érale lícito a la gente entregarse al sueño de
que ahora había bajado de nuevo hasta los comienzos paradisíacos
de la humanidad, en la que también la música tenía
que haber poseído necesariamente aquella pureza, poder e inocencia
insuperados de que los poetas sabían hablar tan conmovedoramente
en sus comedias pastoriles. Penetramos aquí con la mirada en
el devenir más íntimo de ese género artístico
propiamente moderno, la ópera: una necesidad poderosa crea aquí
por la fuerza un arte, pero es una necesidad de índole no estética:
la nostalgia del idilio, la creencia en una existencia ancestral del
hombre artístico y bueno. El recitado fue considerado como el
redescubierto lenguaje de aquel primer hombre; la ópera, como
el reencontrado país de aquel ser idílica o heroicamente
bueno, que en todas sus acciones obedece a la vez a un instinto artístico
natural, que, en todo lo que ha de decir, canta al menos un poco, para
cantar en seguida a plena voz, a la más ligera excitación
afectiva. A nosotros nos es ahora igual que con esta recreada imagen
del artista paradisíaco los humanistas de entonces combatiesen
la vieja idea eclesiástica acerca del hombre corrompido y perdido
de suyo: de tal modo que hubiera que entender la ópera como el
dogma, opuesto a aquél, acerca del hombre bueno, dogma con el
que se habría encontrado a la vez un medio de consuelo contra
aquel pesimismo hacia el cual quienes más fuertemente atraídos
se sentían, dada la horrenda inseguridad de todas las circunstancias,
eran precisamente los espíritus serios de aquel tiempo. Bástenos
con haber visto que la magia propiamente dicha y, con ello, la génesis
de esta nueva forma de arte residen en la satisfacción de una
necesidad totalmente no-estética, en la glorificación
optimista del ser humano en sí, en la concepción del hombre
primitivo como hombre bueno y artístico por naturaleza: ese principio
de la ópera se ha transformado poco a poco en una exigencia
amenazadora y espantosa, que, teniendo en cuenta los movimientos socialistas
del presente, nosotros no podemos ya dejar de oír. El "hombre
bueno primitivo" quiere sus derechos: ¡qué perspectivas
paradisíacas!
Voy a añadir otra confirmación igualmente clara de mi
opinión de que la ópera está construida sobre los
mismos principios que nuestra cultura alejandrina. La ópera es
fruto del hombre teórico, del lego crítico, no del artista:
uno de los hechos más extraños en la historia de todas
las artes. Fue una exigencia de oyentes propiamente inmusicales la de
que es necesario que se entienda sobre todo la palabra: de tal manera
que, según ellos, sólo se podía aguardar una restitución
del arte musical si se descubría un modo de cantar en el que
la palabra del texto dominase sobre el contrapunto como el señor
domina sobre el siervo. Pues las palabras, se decía, superan
en nobleza al sistema armónico que las acompaña tanto
como el alma supera en nobleza al cuerpo. Con la rudeza lega e inmusical
de estas opiniones se trató en los comienzos de la ópera
la unión de música, imagen y palabra; en el sentido de
esta estética llegóse también, en los aristocráticos
círculos legos de Florencia, a los primeros experimentos por
parte de los poetas y cantantes patrocinados en ellos. El hombre artísticamente
impotente crea para sí una especie de arte, cabalmente porque
es el hombre no-artístico de suyo. Como ese hombre no presiente
la profundidad dionisíaca de la música, transforma el
goce musical en una retórica intelectual de palabras y sonidos
de la pasión en stilo rappresentativo y en una voluptuosidad
de las artes del canto; como no es capaz de contemplar ninguna visión,
obliga al maquinista y al decorador a servirle; como no sabe captar
la verdadera esencia del artista, hace que aparezca mágicamente
delante de él, a su gusto, el "hombre artístico primitivo",
es decir, el hombre que, cuando se apasiona, canta y dice versos. Se
traslada en sueños a una época en la que la pasión
basta para producir cantos y poemas: como si alguna vez el afecto hubiera
sido capaz de crear algo artístico. El presupuesto de la ópera
es una creencia falsa acerca del proceso artístico, a saber,
la creencia idílica de que propiamente todo hombre sensible es
un artista. En el sentido de esa creencia, la ópera es la expresión
de los legos en arte, que dictan sus leyes con el jovial optimismo propio
del hombre teórico.
Si deseásemos reunir en un concepto único las dos ideas
recién descritas que intervienen en la génesis de la ópera,
no nos quedaría más que hablar de una tendencia idílica
de la ópera: en lo cual habríamos de servirnos únicamente
del modo de expresarse y de la explicación de Schiller. O bien,
dice Schiller, la naturaleza y el ideal son objeto de duelo, cuando
aquélla es representada como perdida y éste como inalcanzado.
O bien ambos son objeto de alegría, en cuanto son representados
como reales. Lo primero produce la alegría en sentido estricto,
lo segundo, el idilio en el sentido más amplio. Aquí hemos
de llamar en seguida la atención sobre la característica
común de esas dos ideas que están en la génesis
de la ópera, característica consistente en que el ideal
no es sentido en ellas como inalcanzado, ni la naturaleza como perdida.
Según ese modo de sentir, hubo una época primitiva del
ser humano en la que éste se hallaba junto al corazón
de la naturaleza, y en esa naturalidad había alcanzado a la vez,
en una bondad y una vida artística paradisíacas, el ideal
de la humanidad: de ese hombre primitivo perfecto descenderíamos
todos nosotros, más aún, seríamos todavía
su fiel trasunto: sólo que tendríamos que expulsar de
nosotros algunas cosas para reconocernos otra vez como ese hombre primitivo,
desprendiéndonos voluntariamente de la erudición superflua,
de la cultura excesiva. El hombre culto del Renacimiento se hacía
llevar de nuevo, por su imitación operística de la tragedia
griega, a tal acorde de naturaleza e ideal, a una realidad idílica,
utilizaba esa tragedia como Dante utilizó a Virgilio, para ser
conducido hasta las puertas del paraíso: mientras que, a partir
de aquí, él sigue avanzando por sí mismo y pasa
de una imitación de la suprema forma griega de arte a un "restablecimiento
de todas las cosas", a una reproducción del mundo artístico
originario del ser humano. ¡Qué confiada bondad de ánimo
la de estas aspiraciones temerarias, en el seno de la cultura teórica!
- explicable únicamente por la consoladora creencia de que "el
hombre en sí" es el héroe de ópera eternamente
virtuoso, el pastor que eternamente toca la flauta o canta, y que tiene
que acabar siempre reencontrándose a sí mismo como tal,
en el caso de que alguna vez se haya perdido de verdad a sí mismo
por algún tiempo, fruto únicamente de aquel optimismo
que se eleva cual una columna de perfume dulcemente seductora de la
hondura de la consideración socrática del mundo.
En los rasgos de la ópera no hay, pues, en modo alguno aquel
dolor elegíaco de una pérdida eterna, sino, más
bien, la jovialidad del eterno reencontrar, el cómodo placer
por un mundo idílico real, o que al menos podemos imaginar en
todo momento como real: acaso alguna vez se presienta aquí que
esa presunta realidad no es más que un jugueteo fantasmagórico
y ridículo, al que todo hombre capaz de confrontarlo con la terrible
seriedad de la verdadera naturaleza y de compararlo con las auténticas
escenas primitivas de los comienzos de la humanidad tendría que
increpar con asco de este modo: ¡Fuera ese fantasma! Sin embargo,
nos engañaríamos si creyéramos que simplemente
con un enérgico grito se podría ahuyentar como a un espectro
ese ser de broma que es la ópera. Quien quiera aniquilar la ópera
tiene que emprender la lucha contra aquella jovialidad alejandrina que
en ella habla con tanta ingenuidad acerca de su idea favorita, más
aún, cuya auténtica forma de arte es ella. Mas ¿qué
puede aguardarse para el arte mismo de la actuación de una forma
de arte cuyos orígenes no residen en modo alguno en el ámbito
estético, y que más bien se ha infiltrado como un intruso
en el ámbito artístico, desde una esfera a medias moral,
y sólo acá y allá ha podido engañar alguna
vez acerca de esa génesis híbrida? ¿De qué
savias se alimenta ese ser parasitario que es la ópera, si no
de las del verdadero arte? ¿No es presumible que, bajo sus seducciones
idílicas, bajo sus artes lisonjeras alejandrinas, la tarea suprema
y que hay que llamar verdaderamente seria del arte - el redimir al ojo
de penetrar con su mirada en el horror de la noche y el salvar al sujeto,
mediante el saludable bálsamo de la apariencia, del espasmo de
los movimientos de la voluntad - degenerará en una tendencia
vacía y disipadora hacia la diversión? ¿Qué
se hace de las verdades eternas de lo dionisíaco y de lo apolíneo,
con una mezcolanza de estilos como la que he mostrado que existe en
la esencia del stilo rappresentativo?, ¿donde la música
es considerada como un siervo, la palabra del texto como un señor,
donde la música es comparada con el cuerpo, la palabra del texto
con el alma?, ¿donde en el mejor de los casos la meta suprema
estará dirigida hacia una pintura musical transcriptiva, de modo
similar a como ocurrió en otro tiempo en el ditirambo ático
nuevo?, donde se ha despojado completamente a la música de su
verdadera dignidad, la de ser espejo dionisíaco del mundo, de
tal manera que lo único que le queda es remedar, como esclava
de la apariencia, la esencia formal de ésta, y producir un deleite
externo con el juego de las líneas y de las proporciones. Para
una consideración rigurosa, esa funesta influencia de la ópera
sobre la música coincide exactamente con el entero desarrollo
de la música moderna; el optimismo latente en la génesis
de la ópera y en la esencia de la cultura representada por ella
ha conseguido despojar a la música, con una rapidez angustiante,
de su destino universal dionisíaco e inculcarle un carácter
de diversión, de juego con las formas: con ese cambio sólo
sería lícito comparar acaso la metamorfosis del hombre
esquileo en el hombre jovial alejandrino.
Pero si, en la ejemplificación sugerida con esto, hemos tenido
razón en relacionar la desaparición del espíritu
dionisíaco con una transformación y degeneración
sumamente llamativas, pero todavía no aclaradas, del hombre griego
- ¡qué esperanzas tienen que reanimarse en nosotros cuando
los auspicios más seguros nos garantizan un proceso inverso,
un despertar gradual del espíritu dionisíaco en nuestro
mundo actual! No es posible que la fuerza divina de Heracles se debilite
eternamente en la voluptuosa servidumbre a Ónfale. Del fondo
dionisíaco del espíritu alemán se ha alzado un
poder que nada tiene en común con las condiciones primordiales
de la cultura socrática y que no es explicable ni disculpable
a base de ellas, antes bien es sentido por esa cultura como algo inexplicable
y horrible, como algo hostil y prepotente, la música alemana,
cual hemos de entenderla sobre todo en su poderoso curso solar desde
Bach a Beethoven, desde Beethoven a Wagner. ¿Qué podrá
hacer el socratismo de nuestros días, ansioso de conocimientos,
con este demón surgido de profundidades inacabables? Ni partiendo
de los encajes y arabescos de la melodía operística, ni
con ayuda del tablero aritmético de la fuga y de la dialéctica
contrapuntística se encontrará la fórmula a cuya
luz tres veces potente fuese posible sojuzgar a ese demón y forzarle
a hablar. ¡Qué espectáculo el de nuestros estéticos
cuando ahora intentan golpear y atrapar con la red de una "belleza"
propia de ellos al genio de la música que ante sus ojos se mueve
con vida incomprensible, y hacen movimientos que no quieren ser juzgados
ni con el criterio de la belleza eterna ni con el de lo sublime. Basta
con ver una vez de cerca y en persona a estos protectores de la música,
cuando tan infatigablemente exclaman ¡belleza!, ¡belleza!,
ya sea que al decirlo se comporten como los hijos predilectos de la
naturaleza, mimados y formados en el seno de lo bello, ya sea que busquen,
más bien, una forma que encubra mendazmente su propia rudeza,
un pretexto estético para su propia frialdad, pobre en sentimientos:
y aquí pienso, por ejemplo, en Otto Jahn. Pero que el mentiroso
y el hipócrita tengan cuidado con la música alemana: pues
precisamente ella es, en medio de toda nuestra cultura, el único
espíritu de fuego limpio, puro y purificador, desde el cual y
hacia el cual, como en la doctrina del gran Heráclito de Éfeso,
se mueven en doble órbita todas las cosas: todo lo que nosotros
llamamos ahora cultura, formación, civilización tendrá
que comparecer alguna vez ante el infalible juez Dioniso.
Si luego recordamos cómo Kant y Schopenhauer dieron al espíritu
de la filosofía alemana, brotada de idénticas fuentes,
la posibilidad de aniquilar el satisfecho placer de existir del socratismo
científico, al demostrar los límites de éste, cómo
con esta demostración se inició un modo infinitamente
más profundo y serio de considerar los problemas éticos
y el arte, modo que podemos calificar realmente de sabiduría
dionisíaca expresada en conceptos: ¿a qué apunta
ahora el misterio de esa unidad entre la música alemana y la
filosofía alemana sino a una nueva forma de existencia, sobre
cuyo contenido podemos informarnos únicamente presintiéndolo
a base de analogías helénicas? Pues para nosotros que
estamos en la línea divisoria entre dos formas distintas de existencia,
el modelo helénico conserva el inconmensurable valor de que en
él están acuñadas también, en una forma
clásicamente instructiva, todas aquellas transiciones y luchas:
sólo que, por así decirlo, nosotros revivimos analógicamente
en orden inverso las grandes épocas capitales del ser helénico
y, por ejemplo, ahora parecemos retroceder desde la edad alejandrina
hacia el período de la tragedia. Aquí alienta en nosotros
el sentimiento de que el nacimiento de una edad trágica ha de
significar para el espíritu alemán únicamente un
retorno a sí mismo, un bienaventurado reencontrarse, después
de que, por largo tiempo, poderes enormes, infiltrados desde fuera,
habían forzado a vivir esclavo de su forma al que vegetaba en
una desamparada barbarie de la forma. Por fin ahora, tras su regreso
a la fuente primordial de su ser, le es lícito osar presentarse
audaz y libre delante de todos los pueblos, sin los andadores de una
civilización latina: con tal de que sepa aprender firmemente
de un pueblo del que es lícito decir que el poder aprender de
él constituye ya una alta gloria y una rareza que honra, de los
griegos. Y de esos maestros supremos, ¿cuándo necesitaríamos
nosotros más que ahora, que estamos asistiendo al renacimiento
de la tragedia y corremos peligro de no saber de dónde viene
ella, de no poder explicarnos adónde quiere ir?