El origen de la tragedia - Friedrich Nietzsche
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En lo que se refiere a Arquíloco, la investigación erudita
ha descubierto que fue él quien introdujo en la literatura la
canción popular (Volkslied), y que es este hecho
el que le otorga en la estimación general de los griegos aquella
posición única junto a Homero. Mas ¿qué
es la canción popular, en contraposición a la epopeya,
plenamente apolínea? No otra cosa que el perpetuum vestigium
[vestigio perpetuo] de una unión de lo apolíneo y
lo dionisíaco; su enorme difusión, que se extiende a todos
los pueblos y que se acrecienta con frutos siempre nuevos, es para nosotros
un testimonio de la fuerza de ese doble instinto artístico de
la naturaleza: el cual deja sus huellas en la canción popular
de manera análoga a como los movimientos orgiásticos de
un pueblo se perpetúan en su música. Más aún,
tendría que ser demostrable también históricamente
que todo período que haya producido en abundancia canciones populares
ha sido a la vez agitado de manera fortísima por corrientes dionisíacas,
a las que siempre hemos de considerar como sustrato y presupuesto de
la canción popular.
Mas para nosotros la canción popular es ante todo el espejo
musical del mundo, la melodía originaria, que ahora anda a la
búsqueda de una apariencia onírica paralela y la expresa
en la poesía. La melodía es, pues, lo primero y universal,
que, por ello, puede padecer en sí también múltiples
objetivaciones, en múltiples textos. Ella es también,
en la estimación ingenua del pueblo, más importante y
necesaria que todo lo demás. La melodía genera de sí
la poesía, y vuelve una y otra vez a generarla; no otra cosa
es lo que quiere decirnos la forma estrófica de la canción
popular: fenómeno que yo he considerado siempre con asombro,
hasta que finalmente encontré esta explicación. Quien
examine a la luz de esta teoría una colección de canciones
populares, por ejemplo el Cuerno maravilloso del muchacho, encontrará
innumerables ejemplos de cómo la melodía, que continuamente
está dando a luz cosas, lanza a su alrededor chispas-imágenes,
las cuales revelan con su policromía, con sus cambios repentinos,
más aún, con su loco atropellamiento, una fuerza absolutamente
extraña a la apariencia épica y a su tranquilo discurrir.
Desde el punto de vista de la epopeya, ese desigual e irregular mundo
de imágenes de la lírica ha de ser sencillamente condenado:
y esto es lo que hicieron ciertamente en la edad de Terpandro los solemnes
rapsodas épicos de las festividades apolíneas.
En la poesía de la canción popular vemos, pues, al lenguaje
hacer un supremo esfuerzo de imitar la música: por ello con Arquíloco
comienza un nuevo mundo de poesía, que en su fondo más
íntimo contradice al mundo homérico. Con esto hemos señalado
la única relación posible entre poesía y música,
entre palabra y sonido: la palabra, la imagen, el concepto buscan una
expresión análoga a la música y padecen ahora en
sí la violencia de ésta. En este sentido nos es lícito
distinguir dos corrientes capitales en la historia lingüística
del pueblo griego, según que la lengua haya imitado el mundo
de las apariencias y de las imágenes, o el mundo de la música.
Basta con reflexionar un poco más profundamente sobre la diferencia
que en cuanto a color, estructura sintáctica, vocabulario se
da entre el lenguaje de Homero y el de Píndaro para comprender
el significado de esa antítesis; más aún, se nos
hará palpablemente claro que entre Homero y Píndaro tienen
que haber resonado las melodías orgiásticas de la flauta
de Olimpo, las cuales todavía en tiempos de Aristóteles,
en medio de una música infinitamente más desarrollada,
arrastraban a los hombres a un entusiasmo ebrio, y sin duda en su efecto
originario incitaron a todos los medios de expresión poética
de los contemporáneos a imitarlas. Recordaré aquí
un conocido fenómeno de nuestros días, que a nuestra estética
le parece escandaloso. Una y otra vez experimentamos cómo una
sinfonía de Beethoven obliga a cada uno de los oyentes a hablar
sobre ella con imágenes, si bien la combinación de los
diversos mundos de imágenes engendrados por una pieza musical
ofrece un aspecto fantasmagórico y multicolor, más aún,
contradictorio: ejercitar su pobre ingenio sobre tales combinaciones
y pasar por alto el fenómeno que verdaderamente merece ser explicado
es algo muy propio del carácter de esa estética. Y aun
cuando el poeta musical (Tondichter) haya hablado sobre su obra
a base de imágenes, calificando, por ejemplo, una sinfonía
de pastorale, o un tiempo de "escena junto al arroyo",
y otro de "alegre reunión de aldeanos", todas estas
cosas son, igualmente, nada más que representaciones simbólicas,
nacidas de la música - y no, acaso, objetos que la música
haya imitado -, representaciones que en ningún aspecto pueden
instruirnos sobre el contenido dionisíaco de la música,
más aún, que no tienen, junto a otras imágenes,
ningún valor exclusivo. Este proceso por el que la música
se descarga en imágenes hemos de trasponerlo ahora nosotros a
una masa popular fresca y juvenil, lingüísticamente creadora,
para llegar a entrever cómo surge la canción popular estrófica,
y cómo la capacidad lingüística entera es incitada
por el nuevo principio de imitación de la música.
Por tanto, si nos es lícito considerar la poesía lírica
como una fulguración imitativa de la música en imágenes
y conceptos, podemos ahora preguntar: "¿como qué
aparece la música en el espejo de las imágenes
y de los conceptos?". Aparece como voluntad, tomada esta
palabra en sentido schopenhaueriano, es decir, como antítesis
del estado de ánimo estético, puramente contemplativo,
exento de voluntad. Aquí se ha de establecer una distinción
lo más nítida posible entre el concepto de esencia y el
concepto de apariencia (Erscheinung): pues, por su propia esencia,
es imposible que la música sea voluntad, ya que, si lo fuera,
habría que desterrarla completamente del terreno del arte - la
voluntad es, en efecto, lo no-estético en sí -; pero aparece
como voluntad. Para expresar en imágenes la apariencia de la
música el lírico necesita todos los movimientos de la
pasión, desde los susurros del cariño hasta los truenos
de la demencia; empujado a hablar de la música con símbolos
apolíneos, el lírico concibe la naturaleza entera, y a
sí mismo dentro de ella, tan sólo como lo eternamente
volente, deseante, anhelante. Sin embargo, en la medida en que interpreta
la música con imágenes, él mismo reposa en el mar
sosegado y tranquilo de la contemplación apolínea, si
bien todo lo que él ve a su alrededor a través del medium
de la música se encuentra sometido a un movimiento impetuoso
y agitado. Más aún, cuando el lírico se divisa
a sí mismo a través de ese mismo medium, su propia
imagen se le muestra en un estado de sentimiento insatisfecho: su propio
querer, anhelar, gemir, gritar de júbilo es para él un
símbolo con el que interpreta para sí la música.
Éste es el fenómeno del lírico: como genio apolíneo,
interpreta la música a través de la imagen de la voluntad,
mientras que él mismo, completamente desligado de la avidez de
la voluntad, es un ojo solar puro y no turbado.
Todo este análisis se atiene al hecho de que, así como
la lírica depende del espíritu de la música, así
la música misma, en su completa soberanía, no necesita
ni de la imagen ni del concepto, sino que únicamente los soporta
a su lado. La poesía del lírico no puede expresar
nada que no esté ya, con máxima generalidad y vigencia
universal, en la música, la cual es la que ha forzado al lírico
a emplear un lenguaje figurado. Con el lenguaje es imposible alcanzar
de modo exhaustivo el simbolismo universal de la música, precisamente
porque ésta se refiere de manera simbólica a la contradicción
primordial y al dolor primordial existentes en el corazón de
lo Uno primordial, y, por tanto, simboliza una esfera que está
por encima y antes de toda apariencia. Comparada con ella, toda apariencia
es, antes bien, sólo símbolo; por ello el lenguaje,
en cuanto órgano y símbolo de las apariencias, nunca ni
en ningún lugar puede extraverter la interioridad más
honda de la música, sino que, tan pronto como se lanza a imitar
a ésta, queda siempre únicamente en un contacto externo
con ella, mientras que su sentido más profundo no nos lo puede
acercar ni un solo paso, aun con toda la elocuencia lírica.