Escritos preparatorios para «El origen de la tragedia»
- Friedrich Nietzsche
El drama musical griego
No sólo recuerdos y resonancias de las artes dramáticas
de Grecia podemos detectar en nuestro teatro de hoy: no, las formas
fundamentales de éste hunden sus raíces en el suelo
helénico bien en un crecimiento natural, bien como
consecuencia de un préstamo artificial. Sólo los
nombres se han modificado y han cambiado de sitio en varios aspectos:
de manera semejante a como el arte musical de la Edad Media continuaba
poseyendo realmente las escalas musicales griegas, incluso con los nombres
griegos, sólo que, por ejemplo, lo que los griegos llamaron
locrio es calificado, en los tonos eclesiásticos, de dórico
Con confusiones similares tropezamos en el terreno de la terminología
dramática: lo que el ateniense entendía por tragedia
nosotros lo subsumiremos acaso en el concepto de gran ópera:
al menos esto es lo que hizo Voltaire en una carta al cardenal Quiriní
En cambio, en nuestra tragedia un heleno apenas reconocería nada
que pudiera corresponder a su tragedia; pero sí se le ocurriría
que la estructura entera y el carácter básico de la tragedia
de Shakespeare están tomados de la denominada comedia nueva
de él. Y de hecho, es de ella de la que se han derivado,
en enormes espacios de tiempo, los misterios y moralidades latino-germánicas
y, finalmente, la tragedia de Shakespeare: de modo similar a como no
se podrá desconocer en la forma externa del escenario
de Shakespeare el parentesco genealógico con la comedia ática
nueva. Así, pues, mientras que aquí hemos de reconocer
un desarrollo que avanza de manera natural, y que se continúa
durante milenios, aquella genuina tragedia de la Antigüedad, la
obra de arte de Esquilo y de Sófocles, ha sido inoculada al arte
moderno de un modo arbitrario. Lo que hoy nosotros llamamos
ópera, que es una caricatura del drama musical antiguo, ha
surgido por una imitación simiesca directa de la Antigüedad:
desprovista de la fuerza inconsciente de un instinto natural, formada
de acuerdo con una teoría abstracta, se ha portado cual si fuera
un homunculus producido artificialmente, como el malvado
duende de nuestro moderno desarrollo musical. Aquellos aristocráticos,
cultos y eruditos florentinos que, a comienzos del siglo XVII, provocaron
la génesis de la ópera, tenían el propósito
claramente expresado de renovar aquellos efectos que la música
había tenido en la Antigüedad, según tantos testimonios
elocuentes. ¡Cosa extraña! Ya el primer pensamiento puesto
en la ópera fue una búsqueda de efecto. Con tales experimentos
quedan cortadas o, al menos, gravemente mutiladas las raíces
de un arte inconsciente, brotado de la vida del pueblo. Así en
Francia el drama popular fue suplantado por la denominada tragedia clásica,
es decir, por un genero surgido nada más que por vía docta,
destinado a contener sin mezcla alguna la quintaesencia de lo trágico.
También en Alemania quedó socavada a partir de la Reforma
la raíz natural del drama, la comedia de carnaval; desde entonces
apenas se ha vuelto a intentar crear de nuevo una forma nacional, en
cambio se ha pensado y poetizado de acuerdo con las pautas vigentes
en naciones extranjeras. Para el desarrollo de las artes modernas la
erudición el saber v la sabihondez conscientes constituyen el
auténtico estorbo: todo crecer y evolucionar en el reino del
arte tienen que producirse dentro de una noche profunda. La historia
de la música enseña que la sana evolución progresiva
de la música griega quedó de súbdito máximamente
obstaculizada y perjudicada en la Alta Edad Media cuando, tanto en la
teoría como en la práctica, se volvió de manera
docta a lo antiguo. El resultado fue una atrofia increíble del
gusto: en las continuas contradicciones entre la presunta tradición
y el oído natural se llegó a no componer ya música
para el oído, sino para el ojo. Los ojos debían admirar
la habilidad contrapuntística del compositor: los ojos debían
reconocer la capacidad expresiva de la música. ¿Cómo
se podía lograr esto? Se dio a las notas el color de las cosas
de que en el texto se hablaba, es decir, verde cuando lo que se mencionaba
eran plantas, campos, viñedos, rojo púrpura cuando eran
el sol y la luz. Esto era música-literatura, música para
leer. Esto que aquí nos parece un claro absurdo, en el terreno
de que aquí voy a hablar sólo unos pocos vieron en seguida
que lo era. Yo afirmo, en efecto, que el y el Sófocles
que nosotros conocemos nos son conocidos únicamente como poetas
del texto, como libretistas, es decir, que precisamente nos son desconocidos.
Pues mientras que en el campo de la música hace ya mucho tiempo
que hemos superado esa fantasmagoría docta que es una música
para leer, en el campo de la poesía la innaturalidad del poema-libreto
domina de manera tan exclusiva, que cuesta reflexión decirse
hasta qué punto somos por necesidad injustos con Píndaro,
y Sófocles, más aún, por qué
propiamente no los conocemos. Cuando los llamamos poetas, queremos decir
precisamente poetas del libro: mas justo con esto perdemos toda intelección
de su esencia, la cual se nos descubre únicamente cuando alguna
vez, en una hora intensa y rica de fantasía, hacemos desfilar
ante nuestra alma la ópera de un modo tan idealizado, que se
nos da precisamente una intuición del drama musical antiguo.
Pues por muy desfiguradas que se encuentren todas las proporciones en
la denominada gran ópera, aun cuando ésta sea producto
de la dispersión, no del recogimiento, esclava de la peor de
las versificaciones y de una música indigna: aun cuando aquí
todo sea mentira y desvergüenza: no hay, con todo, ningún
otro medio de hacerse una idea clara sobre Sófocles más
que intentando adivinar, a partir de esa caricatura, su imagen primordial
y eliminando con el pensamiento, en una hora de entusiasmo, todo lo
torcido y desfigurado. Esa imagen de la fantasía tiene que ser
investigada entonces con cuidado, y confrontada en cada una de sus partes
con la tradición de la Antigüedad, para que no superhelenicemos
acaso lo helénico y nos inventemos una obra de arte que no tiene
patria alguna en ningún lugar del mundo. Es éste un peligro
nada pequeño. Pues hasta no hace mucho tiempo se consideró
como un axioma incondicional del arte que toda plástica ideal
tiene que ser incolora, que la escultura antigua no permite el empleo
del color. Muy lentamente, y con la más vehemente resistencia
de aquellos hiperhelenos, se ha ido abriendo paso la visión policroma
de la plástica antigua, según la cual ésta no tiene
que ser imaginada desnuda, sino revestida con una capa de color. De
manera semejante goza de universal simpatía la tesis estética
de que una unión de dos y más artes no puede producir
una elevación del goce estético, sino que es, antes bien,
un extravío bárbaro del gusto. Pero esa tesis demuestra
a lo sumo la mala habituación moderna, que hace que nosotros
no podamos ya gozar como hombres enteros: estamos, por así decirlo,
rotos en pedazos por las artes absolutas, y ahora gozamos también
como pedazos, unas veces como hombres-oídos, otras veces como
hombres-ojos, y así sucesivamente. Confrontemos con esto la manera
como el genial Anselm Feuerbach se representa aquel drama antiguo como
arte total: «No es de extrañar -dice- que, dada su afinidad
electiva, que tiene unas razones profundas, las artes particulares acaben
fundiéndose de nuevo en un todo inseparable, que es una nueva
forma de arte. Los juegos olímpicos reunían en una unidad
político-religiosa a las tribus griegas separadas: el festival
dramático se parece a una festividad de reunificación
de las artes griegas. Su modelo estaba dado ya en aquellas festividades
de los templos en que la aparición plástica del dios era
celebrada, ante una devota muchedumbre, con bailes y cantos. Como allí,
también aquí el marco y la base lo forma la arquitectura,
mediante la cual la esfera poética superior queda visiblemente
apartada de la realidad. En la decoración vemos ocupado al pintor,
y en la suntuosidad de los trajes vemos desplegado todo el encanto de
un abigarrado juego de colores. Del alma del conjunto se ha hecho dueño
el arte poético; pero, una vez mas, no como una forma poética
aislada, cual ocurre en el culto del templo, no, por ejemplo, como himno.
Aquellos relatos, tan esenciales al drama griego, del angelos y
del exangelos o de los mismos personajes que actúan, nos
retrotraen a la epopeya. En las escenas apasionadas y en el coro tiene
su lugar la poesía lírica, y, ciertamente, según
todas sus gradaciones, desde la erupción inmediata del sentimiento,
en interjecciones, desde la flor delicadísima de la canción,
hasta el himno y el ditirambo. Con la recitación, el canto y
la música de flauta, y con el paso cadencioso del baile no queda
aún cerrado del todo el circulo. Pues si la poesía constituye
el elemento fundamental y más íntimo del drama, a
su encuentro sale, en esta su nueva forma, la escultura.» Hasta
aquí Feuerbach Es seguro que es en presencia de tal obra
de arte donde nosotros tenemos que aprender el modo de gozar como
hombres enteros: mientras que puede temerse que, aun colocados ante
ella, nosotros nos dividiríamos en pedazos para asimilarla. Yo
creo incluso que si alguno de nosotros fuese trasladado de repente a
una representación festiva ateniense, la primera impresión
que tendría sería la de un espectáculo completamente
bárbaro y extraño. Y esto, por muchas razones. A pleno
sol, sin ninguno de los misteriosos efectos del atardecer y de
la luz de las lámparas, en la más chillona realidad vería
un inmenso espacio abierto completamente lleno de seres humanos:
las miradas de todos, dirigidas hacia un grupo de varones enmascarados
que se mueven maravillosamente en el fondo y hacia unos pocos muñecos
de dimensiones superiores a la humana, que, en un escenario largo
y estrecho, evolucionan arriba y abajo a un compás lentísimo.
Pues qué otro nombre sino el de muñecos tenemos que dar
a aquellos seres que, erguidos sobre los altos zancos de los coturnos,
con el rostro cubierto por gigantescas máscaras que sobresalen
por encima de la cabeza y que están pintadas con colores violentos,
con el pecho y el vientre, los brazos y las piernas almohadillados y
rellenados hasta resultar innaturales, apenas pueden moverse, aplastados
por el peso de un vestido con cola que llega hasta el suelo y de una
enorme peluca. Además esas figuras han de hablar y cantar a través
de los orificios desmesuradamente abiertos de la boca, con un tono fortísimo
para hacerse entender por una masa de oyentes de más de 20.000
personas: en verdad, una tarea heroica, digna de un guerrero de Maratón.
Pero nuestra admiración se acrecienta cuando nos enteramos de
que cada uno de esos actores-cantantes tenía que pronunciar en
un esfuerzo de diez horas de. duración unos 1.600 versos, entre
los que había al menos seis partes cantadas, mayores y menores.
Y esto, ante un público que censuraba inexorablemente cualquier
exageración en el tono, cualquier acento incorrecto, en Atenas,
donde, según la expresión de Lessing, hasta la plebe poseía
un juicio fino y delicado. ¡Qué concentración y
entrenamiento de las fuerzas, qué prolongada preparación,
qué seriedad y entusiasmo en el hacerse cargo de la tarea artística
tenemos que presuponer aquí, en suma, qué actores ideales!
Aquí estaban planteadas tareas para los ciudadanos más
nobles, aquí no quedaba deshonrado, aun en el caso de fracasar,
un guerrero de Maratón, aquí el actor sentía que,
vestido con su ropaje, representaba una elevación por encima
de la forma cotidiana de ser hombre, y sentía también
dentro de sí una exaltación en la que las palabras patéticas
e imponentes de tenían que ser para él
un lenguaje natural.
Pero lleno de unción, igual que el actor, escuchaba también
el oyente: también sobre él se expandía
un estado de ánimo festivo inusitado, deseado largo tiempo. Lo
que a aquellos varones los empujaba al teatro no era la angustiada huida
del aburrimiento, la voluntad de liberarse por algunas horas, a cualquier
precio, de sí mismos y de su propia mezquindad. El griego huía
de la dísipante vida pública que le era tan habitual,
huía de la vida en el mercado, en la calle y en el tribunal,
y se refugiaba en la solemnidad de la acción teatral, solemnidad
que producía un estado de ánimo tranquilo e invitaba al
recogimiento: no como el viejo alemán, que, cuando alguna vez
rompía el círculo de su existencia íntima, lo que
deseaba era distracción, y la distracción auténtica
y divertida la encontraba en los debates jurídicos, que por eso
determinaron la forma y la atmósfera también de su drama.
Por el contrario, el alma del ateniense que iba a ver la tragedia en
las grandes Dionisias continuaba teniendo en sí algo de aquel
elemento de que nació la tragedia. Ese elemento es el impulso
primaveral, que explota con una fuerza extraordinaria, un irritarse
y enfurecerse, teniendo sentimientos mezclados, que conocen, al aproximarse
la primavera, todos los pueblos ingenuos y la naturaleza entera. Como
es sabido, también nuestras comedias y nuestras mascaradas de
carnaval son en su origen festividades primaverales de ese tipo, que
sólo por razones eclesiásticas quedan trasladadas a una
fecha un poco anterior. Todo es aquí instinto profundísimo:
aquellos enormes cortejos dionisíacos de la Grecia antigua tienen
su analogía en los bailarines de San Juan y de San Vito de la
Edad Medía, los cuales iban de ciudad en ciudad bailando, cantando
y saltando, en masas cada vez mayores. Aun cuando la medicina de hoy
hable de ese fenómeno como de una epidemia popular de la Edad
Medía: nosotros retendremos únicamente que el drama antiguo
floreció a partir de una epidemia popular de ese tipo, y que
la desgracia de las artes modernas es no haber brotado de semejante
fuente misteriosa. No es un capricho ni una travesura arbitraria el
que, en los primeros comienzos del drama, muchedumbres excitadas de
un modo salvaje, disfrazadas de sátiros y silenos, pintados los
rostros con hollín, con minio y otros jugos vegetales, coronadas
de flores las cabezas, anduviesen errantes por campos y bosques: el
efecto omnipotente de la primavera, que se manifiesta tan de súbito,
incrementa aquí también las fuerzas vitales con tal desmesura,
que por todas partes aparecen estados extáticos, visiones y una
creencia en una transformación mágica de sí mismo,
y seres acordes en sus sentimientos marchan en muchedumbres por el campo.
Y aquí está la cuna del drama. Pues su comienzo no consiste
en que alguien se disfrace y quiera producir un engaño en otros:
no, antes bien, en que el hombre esté fuera de sí y se
crea a si mismo transformado y hechizado. En el estado del «hallarse-fuera-de-sí»,
en el éxtasis, ya no es menester dar más que un solo paso:
no retornamos a nosotros mismos, sino que ingresamos en otro ser, de
tal modo que nos portamos como seres transformados mágicamente.
De aquí procede, en última instancia, el profundo estupor
ante el espectáculo del drama: vacila el suelo, la creencia en
la indisolubilidad y fijeza del individuo. Y de igual modo que, en contraste
total con Lanzadera en el Sueño de una noche de verano
el entusiasta dionisíaco cree en su transformación, así
el poeta dramático cree en la realidad de sus personajes. Quien
no abrigue esa creencia, puede seguir perteneciendo, sin duda, a los
que agitan el tirso, a los diletantes, pero no a los verdaderos servidores
de Dioniso, los bacantes.
En la época de florecimiento del drama ático, algo de
esa vida natural dionisíaca perduraba todavía en el alma
de los oyentes. Estos no eran un perezoso, fatigado público abonado
todas las tardes, que llega al teatro con unos sentidos cansados y rendidos
de fatiga, para dejarse emocionar aquí. En contraposición
a este público, que es la camisa de fuerza de nuestro teatro
de hoy, el espectador-ateniense, cuando se situaba en las gradas del
teatro, continuaba teniendo sus sentidos frescos, matinales, festivamente
estimulados. Para él lo sencillo no era todavía demasiado
sencillo: su erudición estética consistía en los
recuerdos de felices días anteriores de teatro, su confianza
en el genio dramático de su pueblo era ilimitada. Pero lo más
importante es que eran tan raras las veces que sorbía la bebida
de la tragedia, que siempre la saboreaba como si fuera la primera vez.
En este sentido voy a citar las palabras del más importante arquitecto
vivo, el cual da su voto en favor de los frescos en el techo y de las
cúpulas pintadas. «Nada es más ventajoso -dice-
para la obra de arte que el que quede sustraída al contacto directo
y vulgar con lo inmediato y a la línea de visión habitual
del hombre. Por el hábito de ver cómodamente queda tan
embotado el nervio óptico, que el encanto y las proporciones
de los colores y las formas ya no los reconoce mas que como si estuvieran
detrás de un velo» Sin duda estará permitido reivindicar
algo análogo también para el raro goce del drama: les
favorece a los cuadros y a los dramas que se los mire con una actitud
y un sentimiento poco habituales: si bien tampoco queremos recomendar
ya con esto la vieja costumbre romana de permanecer de pie en el teatro.
Hasta ahora nos hemos venido fijando únicamente en el actor
y en el espectador. Pensemos también, en tercer lugar, en el
poeta (Poet): esta palabra la tomo aquí, claro está,
en su sentido más amplio, tal como la entendieron los griegos.
Es exacto que los trágicos griegos han ejercido sus inmensos
efectos sobre el arte moderno tan sólo en cuanto libretistas;
pero si bien esto es verdad, yo estoy convencido de que una representación
real e íntegra de una trilogía esquilea, con actores,
público y poetas áticos, tendría que producir realmente
un efecto anonadante, pues nos revelaría el hombre estético
con una perfección y una armonía tales que, frente a ellas,
nuestros grandes poetas aparecerían sin duda como estatuas bellamente
iniciadas, pero no trabajadas hasta el final.
En la Antigüedad griega al dramaturgo le estaba planteada su tarea
de la manera más difícil posible: una libertad cual la
disfrutan nuestros poetas escénicos en lo referente a elección
de materia, número de actores e innumerables otras cosas le parecería
al juez ático del arte una falta de disciplina. Todo el arte
griego está penetrado de la orgullosa ley de que sólo
lo más difícil constituye una tarea digna del varón
libre. Así, la autoridad y la gloria de una obra de arte plástico
dependían en gran manera de la dificultad de su realización,
de la dureza de la materia empleada. Entre las dificultades especiales
que hicieron que el camino hacia la fama dramática no llegase
a ser nunca muy ancho, cuéntanse el número limitado de
actores, el empleo del coro, el restringido ciclo de mitos, pero sobre
todo aquella virtud de pentatleta, la necesidad de poseer dotes productivas
de poeta y de músico, en la orquéstica y en la dirección,
y, por fin, de actor. Lo que constituye siempre para nuestros poetas
dramáticos el ancla de salvación es la novedad y, con
ello, lo interesante de la materia que han elegido para su drama. Piensan
igual que los improvisadores italianos, los cuales narran una historia
nueva hasta llegar a su punto culminante y a la máxima tensión,
y entonces están persuadidos de que ya nadie se irá antes
del final. Ahora bien, el retener hasta el final mediante el atractivo
de lo interesante era algo nunca oído entre los trágicos
griegos: las materias de sus obras maestras eran conocidas desde antiguo,
y, en forma épica y lírica, resultaban familiares desde
la infancia a los oyentes. El despertar verdadero interés por
un Orestes y un Edipo era ya una proeza heroica: pero ¡qué
restringidos, qué arbitrariamente limitados eran los medios que
era lícito emplear para suscitar ese interés! Aquí
entra en consideración sobre todo el coro, el cual era tan importante
para el poeta antiguo como lo eran para el trágico francés
los personajes aristocráticos que tenían sus puestos a
ambos lados de la escena y que, por así decirlo, transformaban
el escenario en una antecámara principesca. De igual modo que,
por consideración a ese singular «coro», que no intervenía
y, sin embargo, sí intervenía en la representación,
al trágico francés no le era lícito modificar los
decorados, de igual modo que el lenguaje y el gesto en el escenario
se guiaban por el modelo de ese «coro»: así el coro
antiguo exigía que la acción entera en todo drama se desarrollase
en público y que el lugar de acción de la tragedia fuese
un lugar abierto.
Es esta una exigencia temeraria: pues el acto trágico y la preparación
para el mismo no se los suele encontrar precisamente en la calle, sino
que donde mejor crecen es en lo oculto. Todo en público, todo
a plena luz, todo en presencia del coro -esa era la cruel exigencia.
No es que esto se hubiera expresado alguna vez como exigencia, en razón
de una sutileza estética cualquiera: antes bien, en el largo
proceso de desarrollo del drama. se había alcanzado ese nivel,
y se lo había mantenido, sabiendo por instinto que para el genio
eminente había aquí una tarea eminente a resolver. Es
sabido, en efecto, que la tragedia no fue originariamente más
que un gran canto coral: pero este conocimiento histórico nos
da de hecho lo, clave de ese raro problema. En los mejores tiempos el
efecto capital y de conjunto de la tragedia antigua continuaba descansando
en el coro: éste era el factor con que se tenía que contar
ante todo, al que no era lícito dejar de lado. Aquel nivel en
que se mantuvo el drama aproximadamente desde hasta Eurípides
es un nivel en que el coro había quedado ya tan en segundo plano
como para continuar dando justamente el colorido de conjunto. Un solo
paso más, y la escena dominó a la orquesta, la colonia
a la metrópoli; la dialéctica de los personajes escénicos
y sus cantos individuales pasaron a primer plano y se impusieron sobre
la impresión coral-musical de conjunto que había estado
vigente hasta entonces. Ese paso fue dado, y Aristóteles, contemporáneo
del mismo, lo fijó en su famosa definición, tan desorientadora,
y que no expresa en absoluto la esencia del drama esquileo.
El primer pensamiento al proyectar un poema dramático tenía
que ser, por tanto, el inventar un grupo de varones o mujeres que estuviesen
estrechamente vinculados con los personajes de la acción: después
era necesario buscar ocasiones en las que pudieran hacer irrupción
sentimientos lírico-musicales masivos. En cierto modo el actor
miraba desde el coro a los personajes del escenario, y con él
lo hacía el público ateniense: nosotros, que no tenemos
mas que el libreto, miramos desde el escenario hacia el coro. El significado
de éste no es posible agotarlo con una comparación. Si
Schlegel lo calificó de «espectador ideal», esto
quiere decir únicamente que, en la manera como el coro concibe
los acontecimientos, el poeta sugiere a la vez la manera como, según
su deseo, debe concebirlos el espectador. Mas con esto se ha resaltado
bien únicamente un aspecto: sobre todo es importante que quien
representa al héroe le grite al espectador sus sentimientos a
través del coro como a través de un altavoz, con una ampliación
colosal. Aun cuando sea un grupo de personajes, musicalmente el coro
no representa, sin embargo, una masa, sino sólo un enorme individuo,
dotado de unos pulmones mayores que los naturales. No es éste
el sitio de indicar cuál es el pensamiento ético que hay
en la música coral unísona de los griegos: ella forma
la antítesis más poderosa del desarrollo de la música
cristiana, en la que la armonía, auténtico símbolo
de la mayoría, ha dominado durante largo tiempo, hasta el punto
de que la melodía quedó asfixiada y tuvo que volver a
ser descubierta de nuevo. El coro es el que ha prescrito los límites
a la fantasía poética que en la tragedia se patentiza:
el baile coral religioso, con su andante solemne, rodeaba de
barreras el espíritu inventivo de los poetas, tan travieso en
otras ocasiones: mientras que la tragedia inglesa, que no tiene esa
barrera, se comporta, con su realismo fantástico, de manera mucho
más impetuosa, mucho más dionisíaca, pero, en el
fondo, mucho más melancólica, aproximadamente como un
allegro beethoveniano. Propiamente la tesis más importante
en la economía del drama antiguo es que el coro tuviese varias
ocasiones grandes de entregarse a manifestaciones lírico-patéticas.
Pero esto está logrado con facilidad también en el más
breve fragmento de la leyenda: y por ello falta en absoluto todo lo
complicado, todo lo basado en intrigas todo lo combinado de manera sutil
y artificial, en suma, todo lo que constituye cabalmente el carácter
del drama moderno. En el drama musical antiguo no había nada
que la gente tuviera que calcular: en él incluso la astucia de
ciertos héroes del mito tiene en sí algo sencillo y honesto.
Nunca, ni siquiera en Eurípides, se transformó la esencia
del espectáculo en la esencia del juego de ajedrez mientras que
ciertamente lo ajedrecístico se convirtió en el rasgo
fundamental de la denominada comedia nueva. Por ello cada uno de los
dramas de los antiguos se parece, en su sencilla estructura, a un
solo acto de nuestras tragedias, y, desde luego, casi siempre al
quinto acto, el cual lleva a la catástrofe con pasos cortos y
rápidos. La tragedia clásica francesa, como no conocía
su modelo, el drama musical griego, más que precisamente como
libreto, y con la introducción del coro caía en perplejidades,
tuvo que admitir en sí un elemento totalmente nuevo, sólo
para llenar los cinco actos prescritos por Horacio ese lastre, sin el
que aquella forma de arte no se habría arriesgado a salir al
mar, era la intriga, es decir, un enigma a resolver para el entendimiento
y una palestra de las pasiones pequeñas, que en el fondo
no son trágicas: con esto su carácter se aproximó
significativamente al de la comedia ática nueva. Comparada con
ésta, la tragedia antigua era pobre de acción y de tensión:
incluso puede decirse que en sus etapas evolutivas anteriores no tenía
puestas sus miradas en modo alguno en el obrar sino en el padecer. La
acción se añadió cuando surgió el diálogo:
e incluso en la época de florecimiento del drama el obrar verdadero
y serio no fue presentado en escena descubierta. Qué otra cosa
fue originariamente la tragedia más que una lírica objetiva,
una canción cantada partiendo del estado de determinados seres
mitológicos, y, además, con el traje de los mismos. Al
principio un coro ditirámbico de varones disfrazados de sátiros
y silenos tenía que dar a entender qué era lo que le había
excitado de tal modo: aludía a un rasgo, rápidamente comprensible
para los oyentes, de la historia de las luchas y sufrimientos de Dioniso.
Más tarde fue introducida la divinidad misma, con una doble finalidad:
por un lado, para hacer personalmente una narración de las aventuras
en que se encuentra metida en ese momento y que incitan a su séquito
a participar en ellas de manera vivísima. Por otro lado, durante
esos apasionados cantos corales Dioniso es en cierto modo la imagen
viviente, la estatua viviente del dios: y de hecho el actor antiguo
tiene algo del convidado de piedra de Mozart. Un musicólogo moderno
hace sobre esto la correcta observación siguiente: «En
nuestro actor disfrazado -dice- nos sale a nosotros al encuentro un
hombre natural, a los griegos en la máscara trágica les
salía al encuentro un hombre artificial, estilizado en héroe,
si se quiere. Nuestros profundos escenarios, en los cuales están
agrupados a menudo unos cien personajes, convierten las representaciones
con toda la vivacidad que pueden en pinturas coloreadas. El estrecho
escenario antiguo, con la pared del fondo muy adelantada, convertía
a las pocas figuras que allí había y que se movían
pausadamente en bajorrelieves vivientes o en vivientes imágenes
marmóreas del frontón de un templo. Sí un milagro
hubiese insuflado vida a las figuras marmóreas de la disputa
entre Atenea y Poseidón del frontón del Partenón,
habrían hablado sin duda el lenguaje de Sófocles.»
Retorno al punto de vista, antes sugerido, de que en el drama griego
el acento recae sobre el padecer, no sobre el obrar: ahora resultará
más fácil comprender por qué yo opino que nosotros
somos necesariamente injustos con y con Sófocles,
que propiamente no los conocemos. No tenemos, en efecto, ninguna
norma para controlar el juicio del público ático sobre
una obra poética, porque no sabemos, o sólo en mínima
parte sabemos, cómo se lograba que el sufrir, y en general la
vida afectiva en sus erupciones, produjese una impresión conmovedora.
Frente a una tragedia griega somos incompetentes porque en buena parte
su efecto principal, descansaba sobre un elemento que se nos ha perdido,
la música. A la posición de la música con respecto
al drama antiguo se le puede aplicar perfectamente la exigencia que
Gluck formuló en el famoso prólogo a su Alcestis.
La música estaba destinada a apoyar el poema, a reforzar la expresión
de los sentimientos y el interés de las situaciones, sin interrumpir
la acción ni perturbarla con ornamentos inútiles. Debía
ser para la poesía lo que son para un dibujo impecable y bien
ordenado la viveza de los colores y una mezcla feliz de sombra y luz,
que sirven únicamente para dar vida a las figuras sin destruir
los contornos. La música fue aplicada, por tanto, sólo
como medio para una finalidad: su tarea era la de trocar la pasión
del dios y del héroe en una fortísima compasión
en los oyentes. Sin duda esa misma tarea la tiene también la
palabra, mas para ésta es mucho más difícil resolverla
y sólo puede hacerlo con rodeos. La palabra actúa primero
sobre el mundo conceptual, y sólo a partir de él lo hace
sobre el sentimiento, más aún, con bastante frecuencia
no alcanza en modo alguno su meta, dada la longitud del camino. En cambio,
la música toca directamente el corazón, puesto que es
el verdadero lenguaje universal que en todas partes se comprende.
Es verdad que todavía hoy se encuentran difundidas opiniones
sobre la música griega según las cuales ésta no
habría sido de ninguna de las maneras semejante lenguaje universalmente
comprensible, sino que significaría, antes bien, un mundo sonoro
inventado por vía docta, abstraído de unas doctrinas acústicas,
y completamente extraño a nosotros. Acá y allá
la gente mantiene, por ejemplo, la superstición de que en la
música griega la tercera mayor fue sentida como una disonancia.
De tales ideas tenemos que liberarnos completamente, y no olvidar nunca
que la música de los griegos está mucho más próxima
a nuestro sentimiento que la de la Edad Media. Las composiciones antiguas
que se nos han conservado recuerdan totalmente, en su nítida
articulación rítmica, nuestras canciones populares: pero
fue de la canción popular de donde brotaron todo el arte poético
y toda la música antiguos. Es cierto que existe también
música instrumental pura: mas en ella se hacía valer únicamente
el virtuosismo. El griego genuino sentía siempre en ella algo
ajeno a su patria, algo importado del extranjero asiático. La
música propiamente griega es por completo música vocal:
el lazo natural entre el lenguaje de las palabras y el lenguaje de la
música no está roto todavía: y esto hasta tal grado.,
que el poeta era también necesariamente el que ponía música
a su canción. Los griegos no llegaban a conocer una canción
más que a través del canto: pero al oírlo sentían
también la unidad intimísima de palabra y música.
Nosotros, que nos hemos criado bajo el influjo de la grosería
artística moderna, bajo el aislamiento de las artes, apenas somos
ya capaces de disfrutar juntos el texto y la música. Nos hemos
habituado precisamente a disfrutar, por separado, el texto en la lectura
-por lo cual no nos fiamos de nuestro juicio cuando vemos recitar una
poesía, representar un drama, y pedimos el libro- y la música
en la audición. También encontramos soportable el texto
más absurdo con tal de que la música sea bella: algo que
a un griego le parecería propiamente una barbarie.
Además de esta hermandad recién subrayada entre poesía
y arte musical, la música antigua tenía otras dos características,
su sencillez e incluso pobreza de armonía, y su riqueza de medios
de expresión rítmica. Ya he insinuado que el canto coral
se diferenciaba del canto solista únicamente por el número
de voces, y que sólo a los instrumentos de acompañamiento
les estaba permitida una muy restringida polifonía, es decir,
una armonía en sentido nuestro. La exigencia primera de todas
era que se entendiese el contenido de la canción interpretada:
y si se entendía realmente una canción coral de Píndaro
o de , con sus temerarias metáforas y saltos de
pensamiento: esto presupone un arte asombroso de interpretación
y, a la vez, una acentuación y una rítmica musicales extraordinariamente
características. Al lado de la estructura rítmico-musical
en períodos, que se movía en estrechísimo paralelismo
con el texto, iba por otra parte, como medio de expresión externa,
el movimiento del baile, la orquéstica. En las evoluciones de
los coreutas, que diseñaban ante los ojos de los espectadores
algo así como arabescos sobre la ancha superficie de la orquesta,
la gente sentía la música hecha visible en cierto modo.
Mientras la música incrementaba el efecto de la poesía,
la orquéstica aclaraba la música. Con esto se le originaba
al mismo tiempo al poeta y compositor la tarea de ser además
un maestro de ballet productivo.
Aquí hay que decir todavía unas palabras sobre los límites
de la música en el drama. El significado más hondo de
esos límites, que son el talón de Aquiles del drama musical
antiguo, puesto que en ellos comienza el proceso de disolución
de éste, no lo vamos a discutir hoy, ya que en mi próxima
conferencia pienso tratar de la decadencia de la tragedia antigua, y,
por tanto, también del punto que acabamos de insinuar. Baste
aquí con este hecho: no todo lo poetizado se podía cantar,
y a veces también se lo hablaba, como en nuestro melodrama, con
acompañamiento de música instrumental. Pero ese hablar
hemos de imaginárnoslo siempre como un semirecitado, de modo
que el peculiar sonido retumbante del mismo no introducía ningún
dualismo en el drama musical, antes, por el contrario, también
en el lenguaje se había impuesto el influjo dominante de la música.
Una especie de eco de ese tono de recitado lo tenemos en el denominado
tono de lección, con que en la Iglesia católica son leídos
los evangelios, las epístolas y muchas oraciones. «El sacerdote
lector hace, en las pausas y finales de las frases, ciertas flexiones
de voz, con lo que queda asegurada la claridad de la lectura y se evita
a la vez la monotonía. Pero en momentos importantes de la acción
sagrada la voz del clérigo se eleva, el pater noster,
el prefacio, la bendición se convierten en un canto declamatorio.»
En general, muchas cosas del ritual de la misa solemne recuerdan el
drama musical griego, sólo que en Grecia todo era mucho más
luminoso, más solar, en suma, más bello, pero también,
en cambio, menos íntimo, y estaba desprovisto de aquel simbolismo
enigmático e infinito propio de la Iglesia cristiana.
Con esto, estimadísima concurrencia, he llegado al final. Antes
he comparado al creador del drama musical griego con el pentatleta,
el atleta que participaba en cinco juegos: una imagen distinta nos aclarara
mejor el significado que tal pentatleta músico-dramático
tuvo para todo el arte antiguo. posee una importancia
extraordinaria para la historia de la indumentaria antigua en cuanto
que fue él quien introdujo el ropaje libre, la elegancia, esplendor
y gracia del vestido principal, mientras que, antes de él, los
griegos barbarizaban en sus vestidos y no conocían el ropaje
libre. El drama musical griego es, para todo el arte antiguo, ese ropaje
libre: todo lo no-libre, todo lo aislado de cada una de las artes queda
superado con él; en su común festividad sacrificial se
cantan himnos a la belleza y a la vez a la audacia. Sujeción
y, sin embargo, gracia, pluralidad y, sin embargo, unidad, muchas artes
en actividad suprema y, sin embargo, una sola obra de
arte - eso es el drama musical antiguo. Mas aquel a quien su contemplación
le traiga al recuerdo el ideal del reformador actual del arte, tendrá
que decirse simultáneamente que aquella obra de arte del futuro
no es por acaso un espejismo brillante, pero engañoso: lo que
nosotros esperamos del futuro, eso ha sido ya una vez realidad - en
un pasado de hace más de dos mil años.