El origen de la tragedia - Friedrich Nietzsche
Ensayo de autocrítica
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Sea lo que sea aquello que esté a la base de este libro problemático:
una cuestión de primer rango y máximo atractivo tiene
que haber sido, y además una cuestión profundamente personal
- testimonio de ello es la época en la cual surgió, pese
a la cual surgió, la excitante época de la guerra
francoalemana de 1870-1871. Mientras los estampidos de la batalla de
Wörth se expandían sobre Europa, el hombre caviloso y amigo
de enigmas a quien se le deparó la paternidad de este libro estaba
en un rincón cualquiera de los Alpes, muy sumergido en sus cavilaciones
y enigmas, en consecuencia muy preocupado y despreocupado a la vez,
y redactaba sus pensamientos sobre los griegos, -núcleo
del libro extraño y difícilmente accesible a que va a
estar dedicado este tardío prólogo (o epílogo).
Unas semanas más tarde: y también él se encontraba
bajo los muros de Metz, no desembarazado aún de los signos de
interrogación que había colocado junto a la presunta "jovialidad"
de los griegos y junto al arte griego; hasta que por fin, en aquel mes
de hondísima tensión en que en Versalles se deliberaba
sobre la paz, también él consiguió hacer la paz
consigo mismo, y mientras convalecía lentamente de una enfermedad
que había contraído en el campo de batalla, comprobó
en sí de manera definitiva el "nacimiento de la tragedia
en el espíritu de la música". - ¿En
la música? ¿Música y tragedia? ¿Griegos
y música de tragedia? ¿Griegos y la obra de arte del pesimismo?
La especie más lograda de hombres habidos hasta ahora, la más
bella, la más envidiada, la que más seduce a vivir, los
griegos - ¿cómo?, ¿es que precisamente ellos tuvieron
necesidad de la tragedia? ¿Más aún - del
arte? ¿Para qué - el arte griego?...
Se adivina el lugar en que con estas preguntas quedaba colocado el
gran signo de interrogación acerca del valor de la existencia.
¿Es el pesimismo, necesariamente, signo de declive, de ruina,
de fracaso, de instintos fatigados y debilitados? - ¿como lo
fue entre los indios, como lo es, según todas las apariencias,
entre nosotros los hombres y europeos "modernos"? ¿Existe
un pesimismo de la fortaleza? ¿Una predilección
intelectual por las cosas duras, horrendas, malvadas, problemáticas
de la existencia, predilección nacida de un bienestar, de una
salud desbordante, de una plenitud de la existencia? ¿Se
da tal vez un sufrimiento causado por esa misma sobreplenitud? ¿Una
tentadora valentía de la más aguda de las miradas, valentía
que anhela lo terrible, por considerarlo el enemigo, el digno enemigo
en el que poder poner a prueba su fuerza?, ¿en el que ella quiere
aprender qué es "el sentir miedo"? ¿Qué
significa, justo entre los griegos de la época mejor, más
fuerte, más valiente, el mito trágico? ¿Y
el fenómeno enorme de lo dionisíaco? ¿Qué
significa, nacida de él, la tragedia? - Y por otro lado: aquello
de que murió la tragedia, el socratismo de la moral, la dialéctica,
la suficiencia y la jovialidad del hombre teórico - ¿cómo?,
¿no podría ser justo ese socratismo un signo de declive,
de fatiga, de enfermedad, de unos instintos que se disuelven de modo
anárquico? ¿Y la "jovialidad griega" del helenismo
tardío, tan sólo un arrebol de crepúsculo? ¿La
voluntad epicúrea contra el pesimismo, tan sólo
una precaución del hombre que sufre? Y la ciencia misma, nuestra
ciencia - sí, ¿qué significa en general, vista
como síntoma de vida, toda ciencia? ¿Para qué,
peor aún, de dónde - toda ciencia? ¿Cómo?
¿Acaso es el cientificismo nada más que un miedo al pesimismo
y una escapatoria frente a él? ¿Una defensa sutil obligada
contra la verdad? ¿Y hablando en términos morales,
algo así como cobardía y falsedad? ¿Hablando en
términos no-morales, una astucia? Oh Sócrates, Sócrates,
¿fue ése acaso tu secreto? Oh ironista misterioso,
¿fue ésa acaso tu - ironía? - -
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Lo que yo conseguí aprehender entonces, algo terrible y peligroso,
un problema con cuernos, no necesariamente un toro precisamente, en
todo caso un problema nuevo: hoy yo diría que fue el
problema de la ciencia misma - la ciencia concebida por vez
primera como problemática, como discutible. Pero el libro en
que entonces encontraron desahogo mi valor y mi suspicacia juveniles
- ¡qué libro tan imposible tenía que surgir
de una tarea tan contraria a la juventud! Construido nada más
que a base de vivencias propias prematuras y demasiado verdes, todas
las cuales estaban junto al umbral de lo comunicable, colocado en el
terreno del arte - pues el problema de la ciencia no puede
ser conocido en el terreno de la ciencia -, acaso un libro para artistas
dotados accesoriamente de capacidades analíticas y retrospectivas
(es decir, para una especie excepcional de artistas, que hay que buscar
y que ni siquiera se querría buscar...), lleno de innovaciones
psicológicas y de secretos de artista, con una metafísica
de artista en el trasfondo, una obra juvenil llena de valor juvenil
y de juvenil melancolía, independiente, obstinadamente autónoma
incluso allí donde parece plegarse a una autoridad y a una veneración
propia, en suma, una primera obra, también en el mal sentido
de la expresión, que, pese a su problema senil, adolece de todos
los defectos de la juventud, sobre todo de su "excesiva longitud",
de su "tormenta y arrebato" (Sturm und Drang): por
otra parte, teniendo en cuenta el éxito que obtuvo (especialmente
en el gran artista a que ella se dirigía como para un diálogo,
en Richard Wagner), un libro probado, quiero decir, un libro
que, en todo caso, ha satisfecho "a los mejores de su tiempo".
Ya por esto debería ser tratado con cierta deferencia y silencio;
a pesar de ello yo no quiero reprimir del todo el decir cuán
desagradable se me aparece ahora, cuán extraño está
ahora ante mí dieciséis años después - ante
unos ojos más viejos, cien veces más exigentes, pero que
en modo alguno se han vuelto más fríos, ni tampoco más
extraños a aquella tarea a la que este temerario libro osó
por vez primera acercarse - ver la ciencia con la óptica
del artista, y el arte, con la de la vida...
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Dicho una vez más, hoy es para mí un libro imposible
- lo encuentro mal escrito, torpe, penoso, frenético de imágenes
y confuso a causa de ellas, sentimental, acá y allá azucarado
hasta lo femenino, desigual en el tempo [ritmo], sin voluntad
de limpieza lógica, muy convencido, y por ello, eximiéndose
de dar demostraciones, desconfiando incluso de la pertinencia de
dar demostraciones, como un libro para iniciados, como una "música"
para aquellos que han sido bautizados en la música, que desde
el comienzo de las cosas están ligados por experiencias artísticas
comunes y raras, como signo de reconocimiento para quienes sean
in artibus [en cuestiones artísticas] parientes de sangre,
- un libro altanero y entusiasta, que de antemano se cierra al profanum
vulgus [vulgo profano] de los "cultos" más aún
que al "pueblo", pero que, como su influjo demostró
y demuestra, tiene que ser también bastante experto en buscar
sus compañeros de entusiasmo y en atraerlos hacia nuevos senderos
ocultos y hacia nuevas pistas de baile. Aquí hablaba en todo
caso, - esto se admitió con tanta curiosidad como repulsa - una
voz extraña, el discípulo de un "dios desconocido"
todavía, que por el momento se escondía bajo la capucha
del docto, bajo la pesadez y el desabrimiento dialéctico del
alemán, incluso bajo los malos modales del wagneriano; había
aquí un espíritu que sentía necesidades nuevas,
carentes aún de nombre, una memoria rebosante de preguntas, experiencias,
secretos, a cuyo margen estaba escrito el nombre Dioniso como un signo
más de interrogación: aquí hablaba - así
se dijo la gente con suspicacia - una especie de alma mística
y casi menádica, que con esfuerzo y de manera arbitraria, casi
indecisa sobre si lo que quería era comunicarse u ocultarse,
parecía balbucear en un idioma extraño. Esa "alma
nueva" habría debido cantar - ¡y no hablar!
Qué lástima que lo que yo tenía entonces que decir
no me atreviera a decirlo como poeta: ¡tal vez habría sido
capaz de hacerlo! O, al menos, como filólogo: - ¡pues todavía
hoy para el filólogo está casi todo por descubrir y desenterrar
aún en este campo! Sobre todo el problema de que aquí
hay un problema, - y de que, ahora y antes, mientras no tengamos
una respuesta a la pregunta "¿qué es lo dionisíaco?",
los griegos continúan siendo completamente desconocidos e inimaginables...
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Sí, ¿qué es lo dionisíaco? - En este libro
hay una respuesta a esa pregunta - en él habla alguien que "sabe",
el iniciado y discípulo de su dios. Tal vez ahora yo hablaría
con más cautela y menos elocuencia acerca de una cuestión
psicológica tan difícil como es el origen de la tragedia
entre los griegos. Una cuestión fundamental es la relación
del griego con el dolor, su grado de sensibilidad, - ¿permaneció
idéntica a sí misma esa relación?, ¿o se
invirtió? - la cuestión de si realmente su cada vez más
fuerte anhelo de belleza, de fiestas, de diversiones, de nuevos
cultos, surgió de una carencia, de una privación, de la
melancolía, del dolor. Suponiendo, en efecto, que precisamente
esto fuese verdadero - y Pericles (o Tucídides) nos lo da a entender
en el gran discurso fúnebre -: ¿de dónde tendría
que proceder el anhelo contrapuesto a éste y surgido antes en
el tiempo, el anhelo de lo feo, la buena y rigurosa voluntad,
propia del heleno primitivo, de pesimismo, de mito trágico, de
dar imagen a todas las cosas terribles, malvadas, enigmáticas,
aniquiladoras, funestas que hay en el fondo de la existencia, - de dónde
tendría que provenir entonces la tragedia? ¿Acaso del
placer, de la fuerza, de una salud desbordante, de una plenitud
demasiado grande? ¿Y qué significado tiene entonces, hecha
la pregunta fisiológicamente, aquella demencia de que surgió
tanto el arte trágico como el cómico, la demencia dionisíaca?
¿Cómo? ¿Acaso no es la demencia, necesariamente,
síntoma de degeneración, de declive, de una cultura demasiado
tardía? ¿Existen acaso - una pregunta para médicos
de locos - neurosis de la salud?, ¿de la juventud y
juvenilidad de los pueblos? ¿A qué apunta aquella síntesis
de dios y macho cabrío que se da en el sátiro? ¿En
razón de qué vivencia de sí mismo, para satisfacer
a qué impulso tuvo el griego que imaginarse como un sátiro
al entusiasta y hombre primitivo dionisíaco? Y en lo que se refiere
al origen del coro trágico: ¿hubo acaso arrebatos endémicos
en aquellos siglos en que el cuerpo griego florecía, y el alma
griega desbordaba de vida? ¿Visiones y alucinaciones que se transmitían
a comunidades enteras, a asambleas enteras reunidas para el culto? ¿Y
si ocurriera que los griegos tuvieron, precisamente en medio de la riqueza
de su juventud, la voluntad de lo trágico y fueron pesimistas?,
¿que fue justo la demencia, para emplear una frase de Platón,
la que trajo las máximas bendiciones sobre la Hélade?,
¿y que, por otro lado, y a la inversa, fue precisamente en los
tiempos de su disolución y debilidad cuando los griegos se volvieron
cada vez más optimistas, más superficiales, más
comediantes, también más ansiosos de lógica y de
logicización del mundo, es decir, a la vez "más joviales"
y "más científicos"? ¿Y si tal vez, a
despecho de todas las "ideas modernas" y los prejuicios del
gusto democrático, pudieran la victoria del optimismo,
la racionalidad predominante desde entonces, el utilitarismo
práctico y teórico, así como la misma democracia,
de la que son contemporáneos, - ser un síntoma de fuerza
declinante, de vejez inminente, de fatiga fisiológica? ¿Y
precisamente no - el pesimismo? ¿Fue Epicuro un optimista
- precisamente en cuanto hombre que sufría? - - Ya se
ve que es todo un fardo de difíciles cuestiones el que este libro
cargó sobre sus espaldas - ¡añadamos además
su cuestión más difícil! ¿Qué significa,
vista con la óptica de la vida, - la moral?...
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Ya en el "Prólogo a Richard Wagner" el arte - y
no la moral - es presentado como la actividad propiamente metafísica
del hombre; en el libro mismo reaparece en varias ocasiones la
agresiva tesis de que sólo como fenómeno estético
está justificada la existencia del mundo. De hecho el
libro entero no conoce, detrás de todo acontecer, más
que un sentido y un ultra-sentido de artista, - un "dios",
si se quiere, pero, desde luego, tan sólo un dios-artista completamente
amoral y desprovisto de escrúpulos, que tanto en el construir
como en el destruir, en el bien como en el mal, lo que quiere es darse
cuenta de su placer y su soberanía idénticos, un dios-artista
que, creando mundos, se desembaraza de la necesidad implicada
en la plenitud y la sobreplenitud, del sufrimiento
de las antítesis en él acumuladas. El mundo, en cada instante
la alcanzada redención de dios, en cuanto es la visión
eternamente cambiante, eternamente nueva del ser más sufriente,
más antitético, más contradictorio, que únicamente
en la apariencia sabe redimirse: a toda esta metafísica
de artista se la puede denominar arbitraria, ociosa, fantasmagórica
-, lo esencial en esto está en que ella delata ya un espíritu
que alguna vez, pese a todos los peligros, se defenderá contra
la interpretación y el significado morales de la existencia.
Aquí se anuncia, acaso por vez primera, un pesimismo "más
allá del bien y del mal", aquí se deja oír
y se formula aquella "perversidad de los sentimientos" contra
la que Schopenhauer no se cansó de disparar de antemano sus más
coléricas maldiciones y piedras de rayo, - una filosofía
que osa situar, rebajar la moral misma al mundo de la apariencia y que
la coloca no sólo entre las "apariencias" (en el sentido
de este terminus technicus idealista), sino entre los "engaños",
como apariencia, ilusión, error, interpretación, aderezamiento,
arte. Acaso donde mejor pueda medirse la profundidad de esta tendencia
antimoral es en el precavido y hostil silencio con que en el
libro entero se trata al cristianismo, - el cristianismo en cuanto es
la más aberrante variación sobre el tema moral que la
humanidad ha llegado a escuchar hasta este momento. En verdad, no existe
antítesis más grande de la interpretación y justificación
puramente estéticas del mundo, tal como en este libro se las
enseña, que la doctrina cristiana, la cual es y quiere ser sólo
moral, y con sus normas absolutas, ya con su veracidad de Dios por ejemplo,
relega el arte, todo arte, al reino de la mentira,
- es decir, lo niega, lo reprueba, lo condena. Detrás de semejante
modo de pensar y valorar, el cual, mientras sea de alguna manera auténtico,
tiene que ser hostil al arte, percibía yo también desde
siempre lo hostil a la vida, la rencorosa, vengativa aversión
contra la vida misma: pues toda vida se basa en la apariencia, en el
arte, en el engaño, en la óptica, en la necesidad de lo
perspectivístico y del error. El cristianismo fue desde el comienzo,
de manera esencial y básica, náusea y fastidio contra
la vida sentidos por la vida, náusea y fastidio que no hacían
más que disfrazarse, ocultarse, ataviarse con la creencia en
"otra" vida distinta o "mejor". El odio al "mundo",
la maldición de los afectos, el miedo a la belleza y a la sensualidad,
un más allá inventado para calumniar mejor el más
acá, en el fondo un anhelo de hundirse en la nada, en el final,
en el reposo, hasta llegar al "sábado de los sábados"
- todo esto, así como la incondicional voluntad del cristianismo
de admitir valores sólo morales me pareció siempre la
forma más peligrosa y siniestra de todas las formas posibles
de una "voluntad de ocaso"; al menos, un signo de enfermedad,
fatiga, desaliento, agotamiento, empobrecimiento hondísimos de
la vida, - pues ante la moral (especialmente ante la moral cristiana,
es decir, incondicional) la vida tiene que carecer de razón
de manera constante e inevitable, ya que la vida es algo esencialmente
amoral, - la vida, finalmente, oprimida bajo el peso del desprecio y
del eterno "no", tiene que ser sentida como indigna
de ser apetecida, como lo no-válido en sí. La moral misma
- ¿cómo?, ¿acaso sería la moral una "voluntad
de negación de la vida", un instinto secreto de aniquilación,
un principio de ruina, de empequeñecimiento, de calumnia, un
comienzo del final? ¿Y en consecuencia, el peligro de los peligros?...
Contra la moral, pues, se levantó entonces, con este
libro problemático, mi instinto, como un instinto defensor de
la vida, y se inventó una doctrina y una valoración radicalmente
opuestas de la vida, una doctrina y una valoración puramente
artísticas, anticristianas. ¿Cómo denominarlas?
En cuanto filólogo y hombre de palabras las bauticé, no
sin cierta libertad - ¿pues quién conocería el
verdadero nombre del Anticristo? - con el nombre de un dios griego:
las llamé dionisíacos. -
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¿Se entiende cuál es la tarea que yo osé rozar
ya con este libro?... ¡Cuánto lamento ahora el que no tuviese
yo entonces el valor (¿o la inmodestia?) de permitirme, en todos
los sentidos, un lenguaje propio para expresar unas intuiciones
y osadías tan propias, - el que intentase expresar penosamente,
con fórmulas schopenhauerianas y kantianas, unas valoraciones
extrañas y nuevas, que iban radicalmente en contra tanto del
espíritu de Kant y de Schopenhauer como de su gusto! ¿Cómo
pensaba, en efecto, Schopenhauer acerca de la tragedia? "Lo que
otorga a todo lo trágico el empuje peculiar hacia la elevación"
- dice en El mundo como voluntad y representación, II,
495- "es la aparición del conocimiento de que el mundo,
la vida no pueden dar una satisfacción auténtica, y, por
tanto, no son dignos de nuestro apego: en esto consiste el
espíritu trágico -, ese espíritu lleva, según
esto, a la resignación". ¡Oh, de qué
modo tan distinto me hablaba Dioniso a mí! ¡Oh, cuán
lejos de mí se hallaba entonces justo todo ese resignacionismo!
- Pero en el libro hay algo mucho peor, que yo ahora lamento más
aún que el haber oscurecido y estropeado con fórmulas
schopenhauerianas unos presentimientos dionisíacos: a saber,
¡el haberme echado a perder en absoluto el grandioso
problema griego, tal como a mí se me había aparecido,
por la injerencia de las cosas modernísimas! ¡El haber
puesto esperanzas donde nada había que esperar, donde todo apuntaba,
con demasiada claridad, hacia un foral! ¡El haber comenzado a
descarriar, basándome en la última música alemana,
acerca del "ser alemán", como si éste se hallase
precisamente en trance de descubrirse y de reencontrarse a sí
mismo - y esto en una época en que el espíritu alemán,
que no hacía aún mucho tiempo había tenido la voluntad
de dominar sobre Europa, la fuerza de guiar a Europa, acababa de presentar
su abdicación definitiva e irrevocable, y, bajo la pomposa
excusa de fundar un Reich, realizaba su tránsito a la
mediocrización, a la democracia y a las "ideas modernas"!
De hecho, entre tanto he aprendido a pensar sin esperanza ni indulgencia
alguna acerca de ese "ser alemán", y asimismo acerca
de la música alemana de ahora, la cual es romanticismo
de los pies a la cabeza y la menos griega de todas las formas posibles
de arte: además, una destrozadora de nervios de primer rango,
doblemente peligrosa en un pueblo que ama la bebida y honra la oscuridad
como una virtud, es decir, en su doble condición de narcótico
que embriaga y, a la vez, obnubila. - Al margen, claro está,
de todas las esperanzas apresuradas y de todas las erróneas aplicaciones
a la realidad del presente con que yo me eché a perder entonces
mi primer libro, permanecerá en lo sucesivo el gran signo de
interrogación dionisíaco, tal como fue en él planteado,
también en lo que se refiere a la música: ¿cómo
tendría que estar hecha una música que no tuviese ya un
origen romántico, como lo tiene la música alemana - sino
un origen dionisíaco?...
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-Pero, señor mío, ¿qué es romanticismo
en el mundo entero si su libro no es romanticismo? ¿Es
que el odio profundo contra el "tiempo de ahora", contra la
"realidad" y las "ideas modernas", puede ser llevado
más lejos de lo que se llevó en su metafísica de
artista? - ¿la cual prefiere creer hasta en la nada, hasta en
el demonio, antes que en el "ahora"? ¿No se oye, por
debajo de toda su polifonía contrapuntística y de su seducción
de los oídos, el zumbido de un bajo continuo de cólera
y de placer destructivo, una rabiosa resolución contra todo lo
que es "ahora", una voluntad que no está demasiado
lejos del nihilismo práctico y que parece decir "¡prefiero
que nada sea verdadero antes de que vosotros tengáis
razón, antes de que vuestra verdad tenga razón!"?
Escuche usted mismo, señor pesimista y endiosador del arte, con
un oído un poco más abierto, un único pasaje escogido
de su libro, aquel pasaje que habla, no sin elocuencia, de los matadores
de dragones, y que sin duda tiene un sonido capcioso y embaucador para
oídos y corazones jóvenes: ¿o es que no es ésta
la genuina y verdadera profesión de fe de los románticos
de 1830 bajo la máscara del pesimismo de 1850?, tras de la cual
confesión se preludia ya el usual fínale de los
románticos, - quiebra, hundimiento, retorno y prosternación
ante una vieja fe, ante el viejo dios... ¿O es que ese su libro
de pesimista no es un fragmento de antihelenidad y de romanticismo,
incluso algo "tan embriagador como obnubilante", un narcótico
en todo caso, hasta un fragmento de música, de música
alemana? Escúchese: Imaginémonos una generación
que crezca con esa intrepidez de la mirada, con esa heroica tendencia
hacia lo enorme, imaginémonos el paso audaz de esos matadores
de dragones, la orgullosa temeridad con que vuelven la espalda a todas
las doctrinas de debilidad del optimismo, para "vivir resueltamente"
en lo entero y pleno: ¿acaso no sería necesario
que el hombre trágico de esa cultura, en su autoeducación
para la seriedad y para el horror, tuviese que desear un arte nuevo,
el arte del consuelo metafísico, la tragedia, como la
Helena a él debida, y que exclamar con Fausto:
¿Y no debo yo, con la violencia más llena de anhelo,
traer a la vida esa figura única entre todas?-.
"¿Acaso no sería necesario?"... ¡No,
tres veces no!, jóvenes románticos: ¡no sería
necesario! Pero es muy probable que eso finalice así,
que vosotros finalicéis así, es decir, "consolados",
como está escrito, pese a toda la autoeducación para la
seriedad y para el horror, "ametafísicamente consolados",
en suma, como finalizan los románticos, cristianamente... ¡No!
Vosotros deberíais aprender antes el arte del consuelo intramundano,
- vosotros deberíais aprender a reír, mis jóvenes
amigos, si es que, por otro lado, queréis continuar siendo completamente
pesimistas; quizás a consecuencia de ello, como reidores, mandéis
alguna vez al diablo todo el consuelismo metafísico - ¡y,
en primer lugar, la metafísica! O, para decirlo con el lenguaje
de aquel trasgo dionisíaco que lleva el nombre de Zaratustra:
Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba!
¡más arriba!, ¡y no me olvidéis tampoco
las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos
bailarines, y aún mejor: ¡sosteneos incluso sobre la
cabeza!
Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: yo mismo me
he puesto sobre mi cabeza esta corona, yo mismo he santificado mis
risas. A ningún otro he encontrado suficientemente fuerte hoy
para hacer esto.
Zaratustra el bailarín, Zaratustra el ligero, el que hace
señas con las alas, uno dispuesto a volar, haciendo señas
a todos los pájaros, preparado y listo, bienaventurado en su
ligereza: -
Zaratustra el que dice verdad, Zaratustra el que ríe verdad,
no un impaciente, no un incondicional, sí uno que ama los saltos
y las piruetas: ¡yo mismo me he puesto esa corona sobre mi cabeza!
Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡a vosotros,
hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el
reír; vosotros hombres superiores, aprendedme - ¡a
reír!
Así habló Zaratustra, cuarta parte