Escritos preparatorios para «El origen de la tragedia»
- Friedrich Nietzsche
Sócrates y la tragedia
La tragedia griega pereció de manera distinta que todos los
otros géneros artísticos antiguos, hermanos de ella: acabó
de manera trágica, mientras que todos ellos fallecieron con una
muerte muy bella. Pues si está de acuerdo, en efecto, con un
estado natural ideal el dejar la vida sin espasmos, y teniendo una bella
descendencia, el final de aquellos géneros artísticos
antiguos nos muestra un mundo ideal de ese tipo; desaparecen y se van
hundiendo, mientras ya elevan enérgicamente la cabeza sus retoños,
más bellos. Con la muerte del drama musical griego surgió,
en cambio, un vacío enorme, que por todas partes fue sentido
profundamente; las gentes se decían que la poesía misma
se había perdido, y por burla enviaban al Hades a los atrofiados,
enflaquecidos epígonos, para que allí se alimentasen de
las migajas de los maestros. Como dice Aristófanes, la gente
sentía una nostalgia tan íntima tan ardiente, del último
de los grandes muertos, como cuando a alguien le entra un súbito
y poderoso apetito de comer coles. Mas cuando luego floreció
realmente un género artístico nuevo, que veneraba a la
tragedia como predecesora y maestra suya, pudo, percibirse con horror
que ciertamente tenía los rasgos de su madre, pero aquellos que
ésta había mostrado en su prolongada agonía. Esa
agonía de la tragedia se llama Eurípides, el género
artístico posterior es conocido con: el nombre de comedia ática
nueva. En ella pervivió la: figura degenerada de la tragedia,
como memorial de su muy arduo y difícil fenecer. Es conocida
la extraordinaria veneración de que Eurípides disfrutó
entre los poetas de la comedia ática nueva. Uno de los más
notables, Filemón, declaró que se dejaría ahorcar
al instante: si estuviera convencido de que el difunto continuaba teniendo
vida y entendimiento. Pero lo que Eurípides posee en común
con Menandro y Filemón, y lo que ejerció sobre éstos
un efecto tan ejemplar, podemos resumirlo brevísimamente en la
fórmula de que ellos llevaron el espectador al escenario. Antes
de Eurípides, habían sido seres humanos estilizados en
héroes, a los cuales se les notaba en seguida que procedían
de los dioses y semidioses de la tragedia más antigua. El espectador
veía en ellos un pasado ideal de Grecia y, por tanto, la realidad
de todo aquello que, en instantes sublimes, vivía también
en su alma. Con Eurípides irrumpió en el escenario el
espectador, el ser humano en la realidad de la vida cotidiana. El espejo
que antes había reproducido sólo los rasgos grandes y
audaces se volvió más fiel y, con ello, más vulgar.
El vestido de gala se hizo más transparente en cierto modo, la
máscara se transformó en semimáscara: las formas
de la vida cotidiana pasaron claramente a primer plano. Aquella imagen
auténticamente típica del heleno, la figura de Ulises,
había sido elevada por Esquilo hasta el carácter
grandioso, astuto y noble a la vez, de un Prometeo: entre las manos
de los nuevos poetas esa figura quedó rebajada al papel de esclavo
doméstico, bonachón y pícaro a la vez, que con
gran frecuencia se encuentra, como temerario intrigante, en el centro
del drama entero. Lo que, en Las ranas de Aristófanes,
Eurípides cuenta entre sus méritos, el haber hecho adelgazar
al arte trágico mediante una cura de agua y el haber reducido
su peso, eso es algo que se aplica sobre todo a las figuras de los héroes:
en lo esencial, lo que el espectador veía y oía en el
escenario euripideo era su propio doble, envuelto, eso sí, en
el ropaje de gala de la retórica. La idealidad se ha replegado
a la palabra y ha huido del pensamiento. Pero justo aquí tocamos
el aspecto brillante, y que salta a los ojos, de la innovación
euripidea: en él el pueblo ha aprendido a hablar: esto lo ensalza
él mismo, en el certamen con Esquilo: mediante él
ahora el pueblo sabe
el arte de servirse de reglas, de escuadras para medir los versos,
de observar, de pensar, de ver, de entender, de engañar,
e amar, de caminar, de revelar, de mentir, de sopesar.
Gracias a él se le ha soltado la lengua a la comedia nueva,
mientras que hasta Eurípides no se sabía hacer hablar
convenientemente a la vida cotidiana en el escenario. La clase media
burguesa, sobre la que Eurípides edificó todas sus esperanzas
políticas, tomó ahora la palabra después de que,
hasta ese momento, los maestros del lenguaje habían sido en la
tragedia el semidiós, en la vieja comedia el sátiro borracho
o semidiós.
Yo he representado la casa y el patio, donde nosotros vivimos y
tejemos,
y por ello me he entregado al juicio, pues cada uno, conocedor de
esto, ha juzgado de mi arte.
Más aún, Eurípides se jacta de lo siguiente:
Solo yo he inoculado a ésos que nos rodean
tal sabiduría, al prestarles
el pensamiento y el concepto del arte; de tal modo que aquí
ahora todo el mundo filosofa, y administra
la casa y di patio, el campo y los animales
con más inteligencia que nunca:
continuamente investiga y reflexiona
¿por qué?, ¿para qué?, ¿quién?,
¿dónde?, ¿cómo?, ¿qué?
¿A dónde ha llegado esto, quién me quitó
aquello?
De una masa preparada e ilustrada de ese modo nació la comedia
nueva, aquel ajedrez dramático con su luminosa alegría
por los golpes de astucia. Para esta comedia nueva Eurípides
se convirtió en cierto modo en el maestro de coro: sólo
que esta vez era el coro de los oyentes el que tenía que
ser instruido. Tan pronto como éstos supieron cantar a la manera
de Eurípides, comenzó el drama de los jóvenes señores
llenos de deudas, de los viejos bonachones y frívolos, de las
heteras a la manera de Kotzebue, de los esclavos domésticos prometeicos,
Pero Eurípides, en cuanto maestro de coro, fue alabado sin cesar;
la gente se habría incluso matado para aprender aún algo
más de él, si no hubiera sabido que los poetas trágicos
estaban tan muertos como la tragedia. Al abandonar ésta, sin
embargo, el heleno había abandonado la creencia en su propia
inmortalidad, no sólo la creencia en un pasado ideal, sino también
la creencia de un futuro ideal. La frase del conocido epitafio, «en
la ancianidad, voluble y estrafalario», se puede aplicar también
a la Grecia senil. El instante y el ingenio son sus divinidades supremas;
el quinto estado, el del esclavo, es el que ahora predomina, al menos
en cuanto a la mentalidad.
En una visión retrospectiva como ésta uno está
fácilmente tentado a formular contra Eurípides, como presunto
seductor del pueblo, inculpaciones injustas, pero acaloradas, y a sacar,
por ejemplo, con las palabras de Esquilo, esta conclusión:
«¿Qué mal no procede de él?»
Pero cualesquiera que sean los nefastos influjos que derivemos de él,
hay que tener siempre en cuenta que Eurípides actuó con
su mejor saber y entender, y que, a lo largo de su vida entera, ofreció
de manera grandiosa sacrificios a un ideal. En el modo como luchó
contra un mal enorme que él creía reconocer, en el modo
como es el único que se enfrenta a ese mal con el brío
de su talento y de su vida, revélase una vez más el espíritu
heroico de los viejos tiempos de Maratón. Más aún,
puede decirse que, en Eurípides, el poeta se ha convertido en
un semidiós, después de haber sido éste expulsado
por aquél de la tragedia. Pero el mal enorme que él creía
reconocer, contra el que luchó con tanto heroísmo, era
la decadencia del drama musical. ¿Dónde descubrió
Eurípides, sin embargo, la decadencia del drama musical? En la
tragedia de Esquilo y de Sófocles, sus contemporáneos
de mayor edad. Esto es una cosa muy extraña. ¿No se habrá
equivocado? ¿No habrá sido injusto con Esquilo
y con Sófocles? ¿Acaso su reacción contra la presunta
decadencia no fue precisamente el comienzo del fin? Todas estas preguntas
elevan su voz en este instante dentro de nosotros.
Eurípides fue un pensador solitario, en modo alguno del gusto
de la masa entonces dominante, en la que suscitaba reservas, como un
estrafalario gruñón. La suerte le fue tan poco propicia
como la masa: y como para un poeta trágico de aquel tiempo la
masa constituía precisamente la suerte, se comprende por qué
en vida alcanzó tan raras veces el honor de una victoria trágica.
¿Qué fue lo que empujó a aquel dotado poeta a ir
tanto contra la corriente general? ¿Qué fue lo que le
apartó de un camino que había sido recorrido por varones
como Esquilo y Sófocles y sobre el que resplandecía
el sol del favor popular? Una sola cosa, justo aquella creencia en la
decadencia del drama musical. Y esa creencia la había adquirido
en los asientos de los espectadores del teatro. Durante largo tiempo
estuvo observando con máxima agudeza qué abismo se abría
entre una tragedia y el público ateniense. Aquello que para el
poeta había sido lo más elevado y difícil no era
en modo alguno sentido como tal por el espectador, sino como algo indiferente.
Muchas cosas casuales, no subrayadas en absoluto por el poeta, producían
en la masa un efecto súbito. Al reflexionar sobre esta incongruencia
entre el propósito poético y el efecto causado, Eurípides
llegó poco a poco a una forma poética cuya ley capital
decía: «todo tiene que ser comprensible, para que todo
pueda ser comprendido». Ante el tribunal de esta estética
racionalista fue llevado ahora cada uno de los componentes, ante todo
el mito, los caracteres principales, la estructura dramatúrgica,
la música coral, y por fin, y con máxima decisión,
el lenguaje. Eso que nosotros tenemos que sentir tan frecuentemente
en Eurípides como un defecto y un retroceso poéticos,
en comparación con la tragedia sofoclea, es el resultado de aquel
enérgico proceso crítico, de aquella temeraria racionalidad.
Podría decirse que aquí tenemos un ejemplo de cómo
el recensionante puede convertirse en poeta. Sólo que, al oír
la palabra «recensionante», no es lícito dejarse
determinar por la impresión de esos seres débiles, impertinentes,
que no permiten ya en absoluto a nuestro público de hoy decir
su palabra en cuestiones de arte, Lo que Eurípides intentó
fue precisamente hacer las cosas mejor que los poetas enjuiciados por
él: y quien no puede poner, como lo puso él, el acto después
de la palabra, tiene poco derecho a dejar oír sus críticas
en público. Yo quiero o puedo aducir aquí un solo ejemplo
de esa crítica productiva, aun cuando propiamente sería
necesario demostrar ese punto de vista mencionando todas las diferencias
del drama euripideo..Nada puede ser más contrario a nuestra técnica
escénica que el prólogo que aparece en Eurípides.
El hecho de que un personaje individual, una divinidad o un héroe,
se presente al comienzo de la pieza y cuente quién es él,
qué es lo que antecede a la acción, qué es lo que
ha ocurrido hasta entonces, más aún, qué es lo
que ocurrirá en el transcurso de la pieza, eso un poeta teatral
moderno lo calificaría sin más de petulante renuncia al
efecto de la tensión. ¿Se sabe, en efecto, todo lo que
ha ocurrido, lo que ocurrirá? ¿Quién aguardará
hasta el final? Del todo distinta era la reflexión que Eurípides
se hacía. El efecto de la tragedia antigua no descansó
jamás en la tensión, en la atractiva incertidumbre acerca
de qué es lo que acontecerá ahora, antes bien en aquellas
grandes y amplias escenas de pathos en las que volvía
a resonar el carácter musical básico del ditirambo dionisíaco.
Pero lo que con mayor fuerza dificulta el goce de tales escenas es un
eslabón que falta, un agujero en el tejido de la historia anterior:
mientras el oyente tenga que seguir calculando cuál es el sentido
que tienen este y aquel personaje, esta y aquella acción, le
resultará imposible sumergirse del todo en la pasión y
en la actuación de los héroes principales, resultará
imposible la compasión trágica. En la tragedia esquileo-sofoclea
estaba casi siempre muy artísticamente arreglado que, en las
primeras escenas, de manera casual en cierto modo, se pusiesen en manos
del espectador todos aquellos hilos necesarios para la comprensión;
también en este rasgo se mostraba aquella noble maestría
artística que enmascara, por así decirlo, lo formal necesario.
De todos modos, Eurípides creía observar que, durante
aquellas primeras escenas, el espectador se hallaba en una inquietud
peculiar, queriendo resolver el problema matemático de cálculo
que era la historia anterior, y que para él se perdían
las bellezas poéticas de la exposición. Por eso él
escribía un prólogo como pro grama y lo hacía declamar
por un personaje digno de confianza, una divinidad. Ahora podía
él también configurar con mayor libertad el mito, puesto
que, gracias al prólogo, podía suprimir toda duda sobre
su configuración del mito. Con pleno sentimiento de esta ventaja
dramatúrgica suya, Eurípides reprocha a Esquilo
en Las ranas de Aristófanes:
¡Así, yo iré enseguida a tus prólogos,
para, de ese modo, empezar criticándole
la primera parte de la tragedia a este gran espíritu!
Es confuso cuando expone los hechos.
Pero lo que decimos del prólogo se puede decir también
del muy famoso deus ex machina: éste traza el programa
del futuro, como el prólogo el del pasado. Entre esa mirada épica
al pasado y esa mirada épica al futuro están la realidad
y el presente lírico-dramáticos.
Eurípides es el primer dramaturgo que sigue una estética
consciente. Intencionadamente busca lo más comprensible: sus
héroes son realmente tal como hablan. Pero dicen todo lo que
son, mientras que los caracteres esquileos y sofocleos son mucho más
profundos y enteros que sus palabras: propiamente sólo balbucean
acerca de sí. Eurípides crea los personajes mientras a
la vez los diseca: ante su anatomía no hay ya nada oculto en
ellos. Si Sófocles dijo de Esquilo que éste hace
lo correcto, pero inconscientemente, Eurípides habrá tenido
de él la opinión de que hace lo incorrecto, porque
lo hace conscientemente. Lo que sabía de más Sófocles,
en comparación con Esquilo, y de lo que se ufanaba, no
era nada que estuviese situado fuera del campo de los recursos técnicos;
hasta Eurípides, ningún poeta de la Antigüedad había
sido capaz de defender verdaderamente lo mejor suyo con razones estéticas.
Pues cabalmente lo milagroso de todo este desarrollo del arte griego
es que el concepto, la conciencia, la teoría no habían
toma, aún la palabra, y que todo lo que el discípulo podía
aprender del maestro se refería a la técnica. Y así,
también aquello que da, por ejemplo, ese brillo antiguo a Thorwaldsen
es que éste reflexionaba poco y hablaba y escribía mal,
en que la auténtica sabiduría artística no había
penetrado en su conciencia.
En torno a Eurípides hay, en cambio, un resplandor refractado,
peculiar de los artistas modernos: su carácter artístico
casi no-griego puede resumirse con toda brevedad en el concepto de socratismo.
«Todo tiene que ser consciente para ser bello», es la tesis
euripidea paralela de la socrática «todo tiene que ser
consciente para ser bueno». Eurípides es el poeta del racionalismo
socrático En la Antigüedad griega se tenía un sentimiento
de la unidad de ambos nombres, Sócrates y Eurípides. En
Atenas estaba muy difundida la opinión de que Sócrates
le ayudaba a Eurípides a escribir sus obras: de lo cual puede
inferirse cuán grande era la finura de oído con que la
gente percibía el socratismo en la tragedia euripidea. Los partidarios
de los «buenos tiempos viejos» solían pronunciar
juntos el nombre de Sócrates y el de Eurípides como los
que pervertían al pueblo. Existe también la tradición
de que Sócrates se abstenía de asistir a la tragedia,
y sólo tomaba asiento entre los espectadotes cuando se representaba
una nueva obra de Eurípides. Vecinos en un sentido más
profundo aparecen ambos nombres en la famosa sentencia del oráculo
délfico, que ejerció un influjo tan determinante sobre
la entera concepción vital de Sócrates. La frase del dios
délfico de que Sócrates es el más sabio de los hombres
contenía a la vez el juicio de que a Eurípides le correspondía
el segundo premio en el certamen de la sabiduría.
Es sabido que al principio Sócrates se mostró muy desconfiado
frente a la sentencia del dios. Para ver si es acertada, trata con hombres
de Estado, con oradores, con poetas y con artistas, tratando de descubrir
a alguien que sea más sabio que él. En todas partes encuentra
justificada la palabra del dios: ve que los varones más famosos
de su tiempo tienen una idea falsa acerca de sí mismos y encuentra
que ni siquiera poseen conciencia exacta de su profesión, sino
que la ejercen únicamente por instinto. «Únicamente
por instinto», ése es el lema del socratismo. El racionalismo
no se ha mostrado nunca tan ingenuo como en esta tendencia vital de
Sócrates. Nunca tuvo éste duda de la corrección
del planteamiento entero del problema. «La sabiduría consiste
en el saber», y «no se sabe nada que no se pueda expresar
y de lo que no se pueda convencer a otro». Esta es más
o menos la norma de aquella extraña actividad misionera de Sócrates,
la cual tuvo que congregar en torno a sí una nube de negrísimo
enojo, porque nadie era capaz de atacar la norma misma volviéndola
contra Sócrates: pues para esto se habría necesitado además
aquello que en modo alguno se poseía, aquella superioridad socrática
en el arte de la conversación, en la dialéctica. Visto
desde la conciencia germánica infinitamente profundizada, ese
socratismo aparece como un mundo totalmente al revés; pero es
de suponer que también a los poetas y artistas de aquel tiempo
tuvo Sócrates que parecerles ya, al menos, muy aburrido y ridículo,
en especial cuando, en su improductiva erística, seguía
haciendo valer la seriedad y la dignidad de una vocación divina.
Los fanáticos de la lógica son insoportables, cual las
avispas. Y ahora, imagínese una voluntad enorme detrás
de un entendimiento tan unilateral, la personalísima energía
primordial de un carácter firme, junto a una fealdad externa
fantásticamente atractiva: y se comprenderá que incluso
un talento tan grande como Eurípides, dadas precisamente la seriedad
y la profundidad de su pensar, tuvo que ser arrastrado de manera tanto
más inevitable a la escarpada vía de un crear artístico
consciente. La decadencia de la tragedia, tal como Eurípides
creyó verla, era una fantasmagoría socrática: como
nadie sabía convertir suficientemente en conceptos y palabras
la antigua técnica artística, Sócrates negó
aquella sabiduría, y con él la negó el seducido
Eurípides. A aquella «sabiduría» indemostrada
contrapuso ahora Eurípides la obra de arte socrática,
aunque bajo la envoltura de numerosas acomodaciones a la obra de arte
imperante. Una generación posterior se dio cuenta exacta de qué
era envoltura y qué era núcleo: quitó la primera,
y el fruto del socratismo artístico resultó ser el juego
de ajedrez como espectáculo, la pieza de intriga.
El socratismo desprecia el instinto y, con ello, el arte. Niega la
sabiduría cabalmente allí donde está el reino más
propio de ésta. En un único caso reconoció el mismo
Sócrates el poder de la sabiduría instintiva, y ello precisamente
de una manera muy característica. En situaciones especiales en
que su entendimiento dudaba, Sócrates encontraba un firme sostén
gracias a una voz demónica que milagrosamente se dejaba oír.
Cuando esa voz viene, siempre disuade. En este hombre del todo
anormal la sabiduría instintiva eleva su voz para enfrentarse
acá y allá a lo consciente, poniendo obstáculos.
También aquí se hace manifiesto que Sócrates pertenece
en realidad a un mundo al revés y puesto cabeza abajo. En todas
las naturalezas productivas lo inconsciente produce cabalmente un efecto
creador y afirmativo, mientras que la conciencia se comporta de un modo
crítico y disuasivo. En él, el instinto se convierte en
un crítico, la conciencia, en un creador.
¡Salud a aquel a quien no le gusta
sentarse junto a Sócrates y hablar con él,
a quien no condena el arte de las musas
y no mira desde arriba con desprecio
lo más elevado de la tragedia!
Pues vana necedad es
aplicar un celo ocioso
a discursos vacíos
y quimeras abstractas.
Pero lo más profundo que contra Sócrates se podía
decir se lo dijo una figura que se le aparecía en sueños.
Con mucha frecuencia, según cuenta Sócrates en la cárcel
a sus amigos, tenía uno y el mismo sueño, que le decía
siempre lo mismo: «¡Sócrates, cultiva la música!».
Pero hasta sus últimos días Sócrates se tranquilizó
con la opinión de que su filosofía era la música
suprema. Finalmente, en la cárcel, para descargar del todo su
conciencia decídese a cultivar también aquella música
«vulgar». Y realmente puso en verso algunas fábulas
en prosa que le eran conocidas, mas yo no creo que con esos ejercicios
métricos haya aplacado a las musas. En Sócrates se materializó
uno de los aspectos de lo helénico, aquella claridad
apolínea, sin mezcla de nada extraño: él aparece
cual un rayo de luz puro, transparente, como precursor y heraldo de
la ciencia, que asimismo debía nacer en Grecia. Pero la
ciencia y el arte se excluyen: desde este punto de vista resulta significativo
que sea Sócrates el primer gran heleno que fue feo; de igual
manera que en él propiamente todo es simbólico. El es
el padre de la lógica, la cual representa con máxima nitidez
el carácter de la ciencia pura: él es el aniquilador del
drama musical, que había concentrado en sí los rayos de
todo el arte antiguo.
Esto último lo es en un sentido mucho más profundo aún
de lo que hemos podido insinuar hasta ahora. El socratismo es más
antiguo que Sócrates; su influjo disolvente del arte se hace
notar ya mucho antes. El elemento de la dialéctica, peculiar
de él, se introdujo furtivamente en el drama musical ya mucho
tiempo antes de Sócrates, y produjo en su bello cuerpo un efecto
devastador. El mal tuvo su punto de partida en el diálogo. Como
es sabido, el diálogo no estaba originariamente en la tragedia;
el diálogo sólo se desarrolló a partir del momento
en que hubo dos actores, es decir, relativa mente tarde. Ya antes había
algo análogo, en el discurso alternante entre el héroe
y el corifeo: pero aquí, sin embargo, dada la subordinación
del uno al otro, la disputa dialéctica resultaba imposible.
Mas tan pronto como se encontraron frente a frente dos actores principales,
dotados de iguales derechos, surgió, de acuerdo con un instinto
profundamente helénico, la rivalidad, y, en verdad, la rivalidad
expresada con palabras y argumentos: mientras que el diálogo
enamorado permaneció siempre alejado de la tragedia griega. Con
aquella rivalidad se apeló a un elemento que existía en
el pecho del oyente y que hasta entonces, considerado como hostil al
arte y odiado por las musas, había estado desterrado de los solemnes
ámbitos de las artes dramáticas: la Éride «malvada».
La Éride buena imperaba, en efecto, desde antiguo en todas las
actuaciones de las musas, y en la tragedia llevaba a tres poetas rivales
ante el tribunal del pueblo congregado para juzgar. Pero cuando el remedo
de la querella verbal se hubo infiltrado también en la tragedia
desde la sala del juzgado, entonces surgió por vez primera un
dualismo en la esencia y en el efecto del drama musical. A partir de
ese momento hubo partes de la tragedia en que la compasión cedía
el paso a la luminosa alegría por el torneo chirriante de la
dialéctica. No era lícito que el héroe del drama
sucumbiese, y, por tanto, ahora se tenía que hacer de él
también un héroe de la palabra. El proceso, que
había tenido su comienzo en la denominada esticomitia, continuó
y se introdujo también en los discursos más largos de
los actores principales. Poco a poco todos los personajes hablan con
tal derroche de sagacidad, claridad y transparencia, que realmente al
leer una tragedia sofoclea obtenemos una impresión de conjunto
desconcertante. Para nosotros es como si todas esas figuras no pereciesen
a causa de lo trágico, sino a causa de una superfetación
de lo lógico. Basta con hacer una comparación con el modo
tan distinto como dialectizan los héroes de Shakespeare: todo
el pensar, suponer e inferir de éstos se halla envuelto en una
cierta belleza e interiorización musicales, mientras que en la
tragedia griega tardía domina un dualismo de estilo que da mucho
que pensar; por un lado, el poder de la música, por otro, el
de la dialéctica. Esta última va destacándose cada
vez más, hasta que es ella la que dice la palabra decisiva en
la estructura del drama entero. El proceso termina en la pieza de intriga:
sólo con ella queda completamente superado aquel dualismo, a
consecuencia de la aniquilación total de uno de los rivales,
la música.
En este punto es muy significativo que este proceso finalice en la
comedia, habiendo comenzado, sin embargo, en la tragedia. La tragedia,
surgida de la profunda fuente de la compasión, es pesimista
por esencia. La existencia es en ella algo muy horrible, el ser humano,
algo muy insensato. El héroe de la tragedia no se evidencia,
como cree la estética moderna, en la lucha con el destino, tampoco
sufre lo que merece. Antes bien, se precipita a su desgracia ciego y
con la cabeza tapada: y el desconsolado pero noble gesto con que se
detiene ante ese mundo de espanto que acaba de conocer, se clava como
una espina en nuestra alma. La dialéctica, por el contrario,
es optimista desde el fondo de su ser: cree en la causa y el
efecto y, por tanto, en una relación necesaria de culpa y castigo,
virtud y felicidad: sus ejemplos de cálculo matemático
tienen que no dejar resto: ella niega todo lo que no pueda analizar
de manera conceptual. La dialéctica alcanza continuamente su
meta: cada conclusión es una fiesta de júbilo para ella,
la claridad y la conciencia son el único aire en que puede respirar.
Cuando este elemento se infiltra en la tragedia surge un dualismo como
entre noche y día, música y matemática. El héroe
que tiene que defender sus acciones con argumentos y contraargumentos
corre peligro de perder nuestra compasión; pues la desgracia
que, a pesar de todo, le alcanza luego, lo único que demuestra
precisamente es que, en algún lugar, él se ha equivocado
en el cálculo. Pero una desgracia provocada por una falta de
cálculo es ya más bien un motivo de comedia. Cuando el
placer por la dialéctica hubo disuelto la tragedia, surgió
la comedia nueva con su triunfo constante de la astucia y del ardid.
La conciencia socrática y su optimista creencia en la unión
necesaria entre virtud y saber, entre felicidad y virtud, tuvo, en un
gran número de piezas euripideas, el efecto de que, en la conclusión,
se abra una perspectiva hacia una existencia ulterior muy agradable,
casi siempre con un matrimonio. Tan pronto como aparece el dios de la
máquina, advertimos que quien se esconde detrás de la
máscara es Sócrates, el cual intenta equilibrar en su
balanza la felicidad y la virtud. Todo el mundo conoce las tesis socráticas
«La virtud es el saber: se peca únicamente por ignorancia.
El virtuoso es el feliz». En estas tres formas básicas
del optimismo está la muerte de la tragedia, que es pesimista.
Mucho antes de Eurípides esas concepciones trabajaron ya en disolver
la tragedia. Si la virtud es el saber, entonces el héroe virtuoso
tiene que ser un dialéctico. Dada la extraordinaria superficialidad
e indigencia del pensamiento ético, que no está nada desarrollado,
con demasiada frecuencia el héroe que dialectiza éticamente
aparece como un heraldo de la trivialidad y del filisteísmo éticos.
Lo único que necesitamos es tener el valor de confesarnos esto,
necesitamos confesar, para no decir nada de Eurípides, que también
a las figuras más bellas de la tragedia sofoclea, una Antígona,
una Electra, un Edipo, se les ocurren a veces ideas triviales completamente
insoportables, que en general loa caracteres dramáticos son más
bellos y grandiosos que su manifestación en palabras. Desde este
punto de vista nuestro juicio sobre la tragedia esquilea temprana tiene
que ser mucho más favorable: pues Esquilo creó
sus mejores obras también de manera inconsciente. En el lenguaje
y en el dibujo de los caracteres de Shakespeare tenemos el inalterable
punto de apoyo para tales comparaciones. En Shakespeare se puede encontrar
una sabiduría ética tal que, frente a ella, el socratismo
aparece como algo impertinente y sabihondo.
Intencionadamente en mi última conferencia hablé muy
poco sobre los límites de la música en el drama musical
griego: en el contexto de estos análisis resultará comprensible
que yo haya dicho que los límites de la música en el drama
musical son los puntos de peligro en que comenzó su proceso de
disgregación. La tragedia pereció a causa de una dialéctica
y una ética optimistas: : esto equivale a decir: el drama musical
pereció a causa de una falta de música. El socratismo
infiltrado en la tragedia impidió que la música se fundiese
con el diálogo, o monólogo: aunque, en la tragedia esquilea,
aquélla había comenzado a hacerlo con el mayor éxito.
Otra consecuencia fue que la música, cada vez más restringida,
metida dentro de unas fronteras cada vez más estrechas, no se
sentía ya en la tragedia como en su casa, sino que, se desarrolló
de manera más libre y audaz fuera de la, misma, como arte absoluto.
Es ridículo hacer aparecer: un espíritu durante un almuerzo:
es ridículo pedir a una musa tan misteriosa, de un entusiasmo
tan serio, como es la musa de la música trágica, que cante
en una sala de juzgado, en las pausas intermedias entre las escaramuzas
dialécticas. Teniendo un sentimiento de esa ridiculez, la música
enmudeció en la tragedia, asustada, por así decirlo, de
su inaudita profanación; cada vez menos veces se atrevía
a alzar su voz, y finalmente se embarulla, canta cosas que no vienen
a cuento, se avergüenza y huye totalmente de los ámbitos
del teatro. Para decirlo con toda franqueza: la floración y el
punto culminante del drama musical griego es Esquilo en su primer
gran período, antes de haber sido influido por Sófocles:
con éste comienza la decadencia paulatina, hasta que por fin
Eurípides, con su reacción consciente contra la tragedia
esquilea, provoca el final con una rapidez tempestuosa.
Este juicio contradice tan sólo a una estética difundida
en la actualidad: en verdad, en favor de él se puede hacer valer
nada menos que el testimonio de Aristófanes, que tiene, como
ningún otro genio, una afinidad electiva con Esquilo.
Pero lo igual es conocido sólo por lo igual. Para concluir, una
sola pregunta. ¿Está realmente muerto el drama musical,
muerto para todos los tiempos? ¿No le será lícito
realmente al germano poner al lado de aquella obra artística
desaparecida del pasado, nada más que la «gran ópera»,
de manera parecida a como, junto a Hércules, suele aparecer el
mono? Esta es la, pregunta más seria de nuestro arte: y quien
no comprenda como germano la seriedad de esa pregunta, es víctima
del socratismo de nuestros días, el cual, desde luego, ni es
capaz de producir mártires, ni había el lenguaje de «el
más sabio de los helenos», quien, ciertamente no se jacta
de saber nada, pero en verdad no sabe nada. La prensa de hoy es ese
socratismo: no digo una palabra más.